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Homenaje al lobo aullador

El 10 de enero se cumplió el 40º aniversario de la muerte de Howlin’ Wolf, uno de los músicos de blues más influyentes de la historia. Una exposición de retratos en Lavapiés recuerda su figura

Uno de los retratos de Howlin’ Wolf incluidos en la exposición.
Uno de los retratos de Howlin’ Wolf incluidos en la exposición.

Ya su presencia física imponía: medía 1,98 metros y pesaba más de 130 kilos, la armónica se perdía en la palma de su enorme mano. Hijo de unos plantadores de algodón, había sido granjero en los años treinta antes de ser uno de los primeros negros en emigrar a Chicago. Le llamaban Howlin’ Wolf (Lobo Aullador) porque su abuelo le decía que si se portaba mal vendrían unos lobos aullando para buscarlo. Rival de Muddy Waters, se convirtió en uno de los bluesman clásicos de los años cincuenta y fue posteriormente versionado por Jimi Hendrix, Rolling Stones, The Doors o la Creedence Clearwater Revival. Aunque su madre le rechazó, pensando que su música era la música del diablo.

Chester Arthur Burnett, como se llamaba en realidad el gigantesco (en todos los sentidos) músico, falleció en 1976, un 10 de enero, como David Bowie, pero todavía hay muchos que, en el 40º aniversario de su muerte, se acuerdan de sus aullidos. Entre ellos está el artista estadounidense afincado en España desde hace 30 años Mark Howie, que ha realizado una serie de retratos que le homenajean al bluesman y que están expuestos en el centro de literatura aplicada Función Lenguaje (Doctor Fourquet, 18) hasta finales de febrero.

“Cuando Wolf cantaba la gente no sabía si era un animal o qué demonios era eso”, cuenta Howie, que recibe ataviado con un sombrero de cowboy y un pañuelo de calaveras al cuello, “era una bestia escénica y su forma de moverse influyó en artistas posteriores como Mick Jagger o Iggy Pop”. Los estadounidenses blancos de clase media conocieron el blues mediante bandas como los Rolling o Led Zeppelin y tiraron de ese hilo hacia atrás hasta descubrir a los blueseros negros, según relata Howie.

La exposición recoge retratos al óleo de Wolf (tomados, por ejemplo, de conciertos como del American Folk Blues Festival de 1964), pero también escenas de la vida de los bluesmen de la época, como los destartalados clubes de Chicago o las fiestas campestres del delta del Misisipi, lugar del que huían, víctimas de un régimen de semiesclavitud. Uno de ellos recrea esa leyenda rural que conocemos por otro artista, Robert Johnson: la imagen del guitarrista que se cruza con el diablo en un cruce de caminos y este le revela sus secretos guitarrísticos. “Era un mito común, porque los músicos se iban durante largas temporadas a tocar y volvían conociendo nuevos trucos”, explica el pintor. “Decían que les había enseñado el mismísimo demonio”. El próximo día 5 de febrero se celebrará una jam session de blues en la sala, para añadir ambiente musical a lo pintado. ¿Es el blues el equivalente al flamenco en Estados Unidos? “Sí”, responde Howie, “Muddy Waters sería algo así como Antonio Mairena y Howlin’ Wolf como el Terremoto de Jerez, con esa voz que salía de la entraña y parecía removerlo todo”.

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