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Momentazo Shakespeare en Girona

La RSC alzó el telón de Temporada Alta con un impecable montaje de ‘Measure for measure’

Una escena de 'Measure for measure', de la Royal Shakesperare Company.
Una escena de 'Measure for measure', de la Royal Shakesperare Company.

Hubo un momento en la representación el viernes por la noche de Measure for measure de la Royal Shakespeare Company (RSC) en el que todos nos sentimos transportados a una esfera superior. Un momentazo Shakespeare de los que no se olvidan y te hacen entender bien el porqué de la fama del viejo bardo.

Empezaba la segunda parte del espectáculo (dirigido por Gregory Doran), la primera había pasado con intensidad isabelina, una sobriedad digna de la decoración de la Torre de Londres y un calor insufrible —se estropeó el aire acondicionado del Teatre Municipal de Girona—, lo que produucía la impresión de que más que estar en el Globe o en Stradford upon Avon te encontrabas en la ópera de Manos. Era el inicio del cuarto acto; en el escenario estaban dos actrices ante un sencillo decorado pintado de flores. Y entonces una de ellas (Hannah Azvonye) rompió a cantar. “Take, O, take those lips away / That so sweetly were forsworn;/ And those eyes, the break of day/ Lights that do mislead the morn:/ But my kisses bring again, bring again;< Seals of love, but sealed in vain, sealed in vain”. ("Llévate esos labios lejos/ que tan dulces perjuraron/ y esos ojos, luz del alba/ que hasta el alba engañaron/ pero devuélveme mis besos/ sellos del amor/ aunque sellaron/ tan en vano, tan en vano").

El tiempo pareció suspenderse mientras las notas de la melodía y las palabras de la canción se disolvían en el aire repentinamente inundado de un sentimiento frágil como un aletear de pajarillos o un puñado de pétalos de violeta empujados por el viento. Algunos nos miramos sin dar crédito. Una emoción indefinible y profunda llenaba el teatro desde el patio de butacas al techo. Hasta Josep Maria Flotats, en un palco, parecía transportado como un Cyrano pensando en su Roxana. Era como contemplar un cuadro de Millais (no en balde estaba Mariana en escena), como oír un madrigal de Monteverdi, como recibir una caricia o un beso, todo a la vez.

Solo por ese maravilloso instante valió ya la pena acudir a ver a la Royal Shakespare

El momento pasó, largo como un suspiro, breve como una vida, entró el duque Vincentio disfrazado de monje, y continuó la representación. Quienes recuerden aquella preciosa canción, Sigh no more ladies, del inicio de Mucho ruido y pocas nueces, la versión filmada de Kenneth Branagh de otra de las comedias de Shakespeare, sabrán de qué hablo. Cómo a veces Shakespeare nos eleva hasta un firmamento rutilante de estrellas en cuyas puntas de diamantino cristal se prenden con placer y dolor nuestros corazones —por ponernos isabelinos—. Solo por ese instante de melancólica felicidad del viernes, melancólica porque como todo lo humano estaba condenado a pasar, valió ya la pena acudir a ver a la Royal Shakespare.

Hubo más, claro, muchísimo más.

Measure for measure es una obra extraña: ni leyendo lo que dice sobre ella Harold Bloom (Shakespeare, la invención de lo humano, Anagrama, 2002) acabas de entender del todo de qué va (para mí que el propio Bloom se hace un lío). Hay un duque de Viena que hace como que se marcha de viaje pero en realidad se queda disfrazado de monje para ver cómo se desenvuelve el tipo al que deja a cargo del gobierno, Angelo, que lanza una cruzada de mortal moralidad que sacude la licenciosa ciudad. Hay una novicia, Isabella, a la que Angelo, un sepulcro blanqueado, quiere desvirgar a cambio de no decapitar a su hermano. Hay un chulo, putas, un verdugo, y un condenado al que le importa todo un carajo. La trasposición de la obra que hace la RSC a la Viena de inicios del XX, la de Freud (ya apuntada por Bloom), carga ese cosmos de vicio, deseo, sexo y muerte de significados añadidos.

Comedia problemática y oscura, “nihilista” y “blasfema” (Bloom dixit), Measure for measure, te deja perplejo. Si es que hasta el duque, capaz de hablar como Hamlet, es un sádico mentiroso y le tira la caña (con altar) a Isabella, que, rarilla también, prefiere que decapiten a su hermano que pegar un polvo.

La novicia Isabella prefiere que decapiten a su hermano  antes que pegar un polvo

Lo extraño de la obra no impide disfrutarla como un camello y alucinar con la interpretación de la RSC (algo contenida, según el maestro Ordóñez) y la avalancha de maravilllosas palabras de Shakespeare. Entre lo mejor, la escena surrealista de la cárcel en la que los secundarios se dan una gran fiesta, con el resabiado chulo Pompey (David Ajoo) obligado en plan Berlanga a hacer de ayudante del verdugo Abhorson, cabezas cortadas que escupen y el extraordinario preso Bernardino (Graeme Brookes), tan feliz borracho en el corredor de la muerte y que considera que no está en forma para morir. De quitarse el sombrero también la larga escena final que sobre el papel parece imposible de montar (Shakespeare deja inexplicablemente sin líneas a Isabella) y que la RSC resuelve ejemplarmente. Grandes aplausos para los actores y actrices de la compañía, que, sin embargo, no salieron a saludar sino una vez, dejándonos sin poder dar medida por medida a su talento.

En una Girona zona cero del lazo amarillo, con las conciencias y las conversaciones centradas en la sentencia del procés, Measure for measure, con sus muchas líneas sobre la justicia (Isabella: Yet show some pity; Angelo: I show it most of all when I show justice), sonó especialmente pertinente, como sin duda pretendía el director de Temporada Alta, Salvador Sunyer.

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