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¿Qué dice Teresa Pàmies?

El primer encuentro académico sobre la popular escritora apunta inéditas miradas a su vida y obra

Teresa Pàmies en la publicación de 'Destino' de enero de 1971.
Teresa Pàmies en la publicación de 'Destino' de enero de 1971.

Con las manos en el abrigo de cuadros, las piernas cruzadas, apoyada en la fuente, y el rostro seguro y franco, quizá un punto altivo, de los que van siempre de frente, la mirada de Teresa Pàmies en la fotografía no parece la de una mujer que ha pasado más de 30 duros años en el exilio entre América y Europa. Pero hace apenas tres semanas que ha ganado el premio Josep Pla de 1970 con Testament a Praga, a partir de las memorias de su padre que ella pespuntea. A las puertas de los 52 años, le va a cambiar la vida. “Es un estímulo para seguir trabajando y mi definitivo regreso a este país”, le confiesa a Josep Maria Espinàs, miembro del jurado del galardón que hace las veces de entrevistador para la revista Destino del 31 de enero de 1971. “Es su primera presentación pública en Cataluña y el escenario elegido no es baladí”, destaca la estudiosa Lluïsa Julià. Cierto: tras la fuente está la imborrable fachada de la iglesia de Sant Felip Neri de Barcelona, su piedra aún con las huellas de la viruela del bombardeo fascista que el 30 de enero de 1938 mató a 42 personas, mayormente niños. “Ese escenario dice mucho de ella”, señala con tino Julià.

¿Qué dice de Teresa Pàmies? Todavía hay que estudiarlo porque “era extraordinariamente popular, pero la academia siempre tuvo cierta reserva con ella”, asegura su hijo pequeño, el escritor Sergi Pàmies. Y hay mucho que hacer porque, por no saber, hay “contorsiones identitarias” hasta en el día de su nacimiento: el certificado oficial fija el 18 de octubre de 1919, pero ella decía, y así ha quedado, que era el 8. De ahí que ese fuera el día elegido para la primera jornada académica dedicada a la autora de Quan érem capitans, organizada por la Institució de les Lletres Catalanes en el Institut d’Estudis Catalans.

Tomàs Pàmies con sus nietos, entre ellos, el pequeño Sergi.
Tomàs Pàmies con sus nietos, entre ellos, el pequeño Sergi.

Hay tanto a estudiar que hay que empezar por el principio: por la persona, la mujer “de risa franca, ruidosa, vital”, “letra grande, redonda, psicodélica”, tan seducida por el tipo de belleza de Marcello Mastroianni, Alain Delon, Lino Ventura y Paco Rabal” como “obsesionada por Santa Teresa de Jesús”. Escucha, ensimismada, “discos de boleros sentada en un balancín” y le encantan, entre otros modestos manjares, “las berenjenas, l’escalivada, las judías verdes y las torrijas de Santa Teresa”. Es la misma a la que le costó admitir una profunda depresión de meses porque “era una enfermedad de ricos”, la que arrastraba a su hijo Sergi a recitales de J.V. Foix o Vicent Andrés Estellés cuando no sabía dónde dejarlo, la que reaccionó al serle concedido en 1981 el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes asegurando que era “porque no tenían mujeres” (fue la segunda, tras Mercè Rodoreda) y la que invitaba en su casa a otros exiliados para la cena de Navidad porque “no hay nada más triste en el mundo que ser exiliado ese día y los domingos”.

Lo perfiló, bajo el formato del I remember de Joe Brainard, su hijo Sergi, abriendo así el simposio Teresa Pàmies, política, memoria y literatura, trazando una senda entre lo vital y lo intelectual al que Montserrat Barderi, comisaria del año Teresa Pàmies, añadió el “autodidactismo sin victimismo” que practicó una mujer “de clase baja, payesa sin estudios, de comarcas”, pero de “un romanticismo militante y cierto afán utópico”. Ahí retomó el hilo de su jovencísimo compromiso político que atravesó el siglo XX la historiadora Paola lo Cascio: también dice muchas cosas de Teresa Pàmies (1919-2012) su militancia en las Joventuts Socialistes Unificades de Catalunya, donde ocuparía cargo. “Es un sello de calidad, son militantes especiales, lo serán para siempre, comprometidos como pocos con la victoria militar ante el fascismo”. Luego, cierto, no siendo ella nunca “ni rígida ni dogmática”, vendría la crítica: a un Mayo del 68 que protagonizan “unos mocosos” y donde cree ver hasta la mano de la CIA (“es una revolución más en la superestructura que en la infraestructura”) y, antes, a un determinado comunismo, el que se refleja en los tiempos de Testament a Praga, donde rezuma su oposición a la intervención militar soviética.

Teresa Pàmies en un mitin en la plaza de toros Monumental de Barcelona, en marzo de 1937.
Teresa Pàmies en un mitin en la plaza de toros Monumental de Barcelona, en marzo de 1937.

Tomàs Pàmies, el progenitor fallecido cuatro años antes del premio Pla, líder comunista, ya algo se olió porque en los preámbulos de Testament a Praga ya avisa a su hija que añada todas las comas y puntos que considere, pero que “dada como es a las fantasías, no quiero que arregle a su padre , sino que lo deje tal como es, que ni en la tierra ni en el cielo hay ángeles, y el hombre no es otra cosa que hijo de las circunstancias”, como recoge Espinàs en el reportaje, donde también hay una imagen del abuelo con los cuatro nietos: entre sus brazos, el pequeño, Sergi.

“Creo que Teresa Pàmies llega a la literatura cuando se desestaliniza, como para sacarse de encima fantasmas y contradicciones”, apunta la proteica Julià. La que en los años de los 60 va agotando la cuarentena comenta en una carta al crítico Rafael Tasis, su confesor y enlace literario con Cataluña: “Me gusta escribir rabiosamente”. En mayo de 1963 le dice: “Escribo mientras se cuecen las judías”. Ese año acabará su primera novela, La xiqueta de Balaguer. Remarca también Julià que la autora está escribiendo entonces indistintamente en catalán y castellano: en 1965, por ejemplo, se ha presentado al premio Nadal con Nadie me esperaba, continuación de aquella primera en catalán.

“Sus libros de crónicas son como las novelas de voces de la Nobel Svetlana Alexiévich”, apunta el profesor de la Universidad de Alicante Enric Balaguer, sobre libros como Gent del meu exili (reeditado por Empúries), mientras su colega Anna Esteve se maravilla de que en sus híbridos dietarios (como Si vas a Paris, papà… ) “nunca se autoprotege ni autocensura: hay una gran intimidad, un desnudarse insólito en el diarismo catalán”, a lo que añade que le sorprende “una polifonía que rehúye la tendencia al exceso de yo ahora tan habitual”, la “estructura fragmentaria”, sus inicios y finales in media res… “Y luego está que decía que quería escribir como Carson McCullers, ¿no?”, lanza Julià, interrogando a un Sergi Pàmies que sólo puede atestiguar que “diarios personales sólo llevaba cuando viajaba”, pero que aún hay papeles por mirar. Queda mucho por saber todo lo que dijo Teresa Pàmies.

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