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CRÍTICA | CALYPSO

Cenit de la obsolescencia programada

La compañía Voadora satiriza la idea de que todo es reemplazable y clonable, en una función de factura contemporánea y raigambre clásica

Hasta mediados del siglo XX, las cosas se hacían para durar: las navajas de afeitar, las botellas de gaseosa, la ropa de cama bordada por las hermanas de la moza casadera, eran para toda la vida. Con sus inventos, William Painter (la chapa), y King Gillette (la maquinilla desechable), reorientaron la mentalidad empresarial y abrieron paso a la economía del usar y tirar: casi todo comenzó a diseñarse con fecha de caducidad. Mientras, se jibarizaban las redes de reparación. De ahí quizá, la leyenda urbana de que el mundo entero se desmonta cuando nos vamos a dormir y se crea de nuevo, calles incluidas, para estar listo en cuanto volvemos a la vigilia.

CALYPSO

Texto: Fernando Epelde. Intérpretes: Hugo Torres, Marta Pazos, José Díaz. Música: Díaz y Torres. Dirección: M. Pazos. Valencia. Carme Teatre, del 8 al 11 de septiembre. Tenerife: Teatro Victoria, 15 y 16 de octubre. Bilbao: La Fundición, 19 y 20 de noviembre. Sevilla: La Fundición, del 16 al 18 de diciembre.

Calypso, último espectáculo de la muy productiva, bienhumorada y musical compañía Voadora, pone frente a frente el mundo antiguo, inmutable, encarnado por un murallón sobre el que se proyectan las palabras: "Cuarta pared", y el universo fungible, de caducidad diaria, que "el equipo del statu quo" crea cada mañana, esquilmando los recursos naturales, después de haber hecho picadillo todo lo que construyó el día anterior.

Los jóvenes actores de la compañía compostelana y el dramaturgo Fernando Epelde satirizan la idea de que todo es reemplazable, duplicable, clonable y en absoluto imprescindible, de que el ser humano es regrabable, cual CD. En lo formal, Calypso sigue la estela del primer acto de Waltz, espectáculo anterior de Voadora, que renuncia aquí a hablar, tañer y cantar en vivo. Las canciones grabadas, creadas ex profeso por José Díaz y Hugo Torres, se dan un aire a las de Aviador Dro y sus Obreros Especializados, especialmente Bailar Calypso (donde cada verso se remata con una esdrújula, como la Canción-Consumo, de Aute); la que ilustra la pantomima de la caducidad, parece fruto del cruce entre Pegamoides y Siniestro Total.

La función, es de factura contemporánea y raigambre clásica: en la primera escena, asomados sobre el muro, los actores parecen títeres en un retablo; la pantomima del durmiente evoca el universo onírico de James Thiérrée, nieto de Chaplin; los muros que se entreabren para dejar ver un fragmento pequeño de realidad, recuerdan el procedimiento escenográfico utilizado por Andréi Zholdak en el primer acto de Hamlet. Calypso está en sintonía con el teatro de la compañía británica 1927, con la que comparte querencia por el cine mudo (y el de Tati en particular); con el de El Conde de Torrefiel (por reemplazar los diálogos por texto proyectado o en off) y hasta con el de Catellucci, por crear atmósferas inquietantes sin palabras.