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Adiós a Valcárcel

Se decía en tiempos que todo español tenía escrita una obra de teatro que llevaba siempre bajo el brazo

Se decía en tiempos que todo español tenía escrita una obra de teatro que llevaba siempre bajo el brazo; más tarde se cambió por lo de un guion de cine y no es difícil oír aún pregonar a alguien que su vida sería una buena película, como si lo de escribir un guion fuera algo de coser y cantar. Lo malo es que los propios productores han debido de creerlo así, al menos hasta que Rafael Azcona fue introducido en los altares. Lo comentaba un guionista famoso pero sin gloria, Pedro Beltrán, cuando protestaba por el mal trato que los de su oficio recibían: “nuestro tiempo no se valora y solo costamos lo que valgan unas cuartillas de papel”.

Ha ido cambiando esa valoración aunque solo hasta cierto punto. Tenemos un ejemplo con el reciente fallecimiento de Horacio Valcárcel, solo con un día de diferencia del llorado Antonio Mercero. Sobre este han recaído merecidos elogios por su obra, fresca y popular, pero pocos de ellos han recordado la figura del guionista de las series Verano azul, Turno de oficio, Farmacia de guardia y de los largometrajes La guerra de papá, Espérame en el cielo, Tobi, El tesoro, La próxima estación o La hora de los valientes, que le dieron a Antonio Mercero buena parte de su gloria como autor.

Como igualmente Valcárcel fue responsable de muchos éxitos de José Luis Garci para quien escribió la mayoría de los guiones de sus películas, siendo nominado al Goya por cuatro de ellas: Ninette, El abuelo, You're the one (una historia de entonces) y Canción de cuna. Murió a los 86 años… toda una vida dedicada al cine, que poco reconocimiento ha tenido salvo por la vía indirecta de los elogios lanzados al entrañable Antonio Mercero, que en 2010 recibió el Goya de Honor que le entregó en su casa el entonces presidente de la Academia Alex de la Iglesia. En el escenario, en su nombre, dos de los hijos de Mercero recibieron los aplausos que les dedicó la audiencia, recordando el Alzheimer que su padre sufría. Lo que, sin embargo, precisaron, no le impedía disfrutar cada día de Cantando bajo la lluvia, la película que más le gustaba, y que la enfermedad le permitía ver cada vez como si fuera la primera