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‘Divino amor’, una alegoría de un Brasil futurista, conservador y evangélico

La nueva película de Gabriel Mascaro continúa su recorrido por distintos festivales internacionales

Fotograma de 'Divino amor'.

La nueva película del director brasileño Gabriel Mascaro se sitúa en su país en el año 2027, donde la mayoría de la población es evangélica, pero el Estado todavía dice ser secular. Dice que es un filme que especula sobre el futuro cercano a través de una alegoría, “a pesar de que en la actualidad [con el ascenso al poder del presidente ultraderechista, Jair Bolsonaro] muestra signos cada vez más fuertes de esta realidad”. El realizador oriundo de Recife pensó en una relectura del nacionalismo brasileño y su supuesta identidad nacionalista cristiana, actualizada en improbables apropiaciones culturales en una narrativa bíblica y erótica sobre la fe y el poder. Bajo esta idea de pensamiento nació Divino amor, filme recién presentado en el pasado Festival de Sundance y seleccionado en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín.

La cinta nos sitúa en un futuro cercano, el evangelizado Brasil de 2027, donde la devota burócrata Joana usa su posición como notaria para intentar que parejas al borde del divorcio reconsideren su decisión invitándolas a un grupo de terapia religiosa en la que explorar su sexualidad y acercarse a Dios de una manera inusual. Cuando Joana y su marido se vean obligados a afrontar la incapacidad de ella para quedar embarazada, un increíble evento trastornará su mundo. Preguntado sobre si la película es una metáfora, un reflejo o tal vez una lectura distópica del futuro de Brasil, Mascaro dijo que para la protagonista, interpretada por Dira Paes, este panorama es una utopía. “Más allá de la lógica binaria de utopía o distopía, ella se empodera en la burocracia kafkiana de la oficina del notario y en la fe pública de su profesión para poner en práctica un plan de fe con poder subversivo y radical”, explica el director en una entrevista realizada por correo electrónico.

El realizador se propuso un desafío con Divino amor. En lugar de contar la historia de un personaje que lucha contra este cambio, hizo lo contrario. Presentar el relato de una mujer consumida por el deseo de avanzar radicalmente la agenda religiosa conservadora de una manera muy personal. Es así que propone un filme en el que quiso alejarse de los estereotipos tradicionales de la iglesia: “como la presión para donar o el lavado de dinero, el filme se enfoca en el proyecto filosófico de poder”. “La manifestación del evangelismo en Brasil es diversa y compleja, pero el hecho es que la fe es ahora la principal mercancía brasileña”, afirma Mascaro.

Es consciente de que las generalizaciones son peligrosas y que el movimiento evangélico es muy heterogéneo, sin embargo dice que la línea más conservadora ha ganado mucho terreno en su país, la sociedad y sus instituciones políticas. “Hay un frente amplio en el Congreso compuesto por lo que en Brasil se llama la ‘camarilla GBB’ [haciendo referencia a Ganado, Biblia y Balas], que representa a los agronegocios, evangélicos y armamento. Bolsonaro acaba de crear el ‘Ministerio de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos’, poniendo a la familia en el corazón del Estado. Las señales son muy claras de que hay un nuevo plan para Brasil, que está siendo liderado por poderosas fuerzas conservadoras y religiosas. Aquí propongo una película que utiliza la alegoría de un futuro improbable”, explica el director.

Sus dos anteriores trabajos en ficción, Boi Neon (2015) —ganador del premio Horizonte en el Festival de Venecia— y Ventos de agosto (2014) —mención especial en el Festival de Locarno—, le permitieron hacer un tratado sobre el cuerpo y espacio en transformación, además de la muerte y la resiliencia, respectivamente. Divino amor es una investigación sobre el control biopolítico del cuerpo. “Mi estrategia fue pensar un nuevo estatuto para la sexualidad, imaginando una nueva disputa política del cuerpo en un nuevo contexto, con nuevos regímenes de placer y violencia, y así especular sobre cómo los cuerpos lidian diferentemente con esa nueva escala de significados”, precisa Mascaro.

Una pintura en acuarela

Su último largometraje marca la segunda vez que trabaja con el director de fotografía Diego García, reconocido en los Premios Fénix por su trabajo en Boi Neon, con quien, según Mascaro, tienen un intercambio creativo muy especial. Para esta película intentaron trabajar la escala monocromática de la burocracia en contrapunto con los tonos coloridos de la terapia religiosa. Buscaron un tono de color que recordara una pintura en acuarela.

“El esteticismo es un tema muy especial cuando se piensa en la cultura evangélica en Brasil, ya que su marca está rompiendo con la tradición del arte santo. Curiosamente, al negar la iconografía cristiana, otros elementos específicos se han integrado en las imágenes evangélicas en Brasil: cortinas entrelazadas, sillas de plástico, creyentes que usan ropa formal, pastores que hablan en voz alta. Pero para mí era muy importante no hacer una caricatura de la religión”, aclara Mascaro.

Brasil tiene una filmografía que, a lo largo de los años, ha sabido poner a ese país y a su gente frente a los problemas que lo aquejan. Si bien el sector cinematográfico no sufrirá ningún impacto en su producción, a pesar de la eliminación del Ministerio de Cultura por el nuevo Gobierno. Christian de Castro, presidente del organismo público que regula y promueve el cine, dijo que la libertad creativa es necesaria para hacer películas y venderlas. Mascaro opina que todavía es muy pronto para hablar de censura institucional debido a temáticas de diversidad ideológica o confrontativas.

“Por el hecho de que el presidente haya sido elegido sin un programa de gobierno claro y sin debate público para explicar sus ideas de forma práctica, la comunidad brasileña e internacional carece de informaciones prácticas sobre el nuevo proyecto de gobierno más allá de su retórica de campaña, en la que afirmó [Bolsonaro] que si era elegido ‘acabaría con el activismo’. Ante todo, es importante no caer en una auto censura, que es generalmente la primera y la peor de las censuras”, finaliza.

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