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Susana Solano: “Escultura es una palabra caduca”

Hacía 20 años que ningún museo dedicaba una exposición retrospectiva al trabajo de Susana Solano. Ahora el IVAM rompe el silencio con un diálogo de sus obras recientes

Susana Solano junto a la obra 'A Philip Guston III' (2010-2011) Ampliar foto
Susana Solano junto a la obra 'A Philip Guston III' (2010-2011)

Apocos metros de la entrada a la exposición de Susana Solano (Barcelona, 1946) en el IVAM hay un pequeño trozo de madera con un asa en una de sus caras y que cojea en su revés. Parece una maleta llena de tiempo encogido, un bulto a priori llevadero aunque pesado por la tensión. Una carga emocional equívocamente monumental. Dice que fue la primera obra que hizo como artista, cuando tenía 31 años y aterrizó en la Facultad de Bellas Artes. Por aquel entonces, ya trabajaba con esa dualidad contradictoria que se ha convertido en su gran compañera de viaje, maderas rectangulares y lonas blandas que cosía o fruncía modificando los límites de los espacios para imponer nuevas dinámicas que derivaron en pequeños contenedores sólidos, evocadores paisajes de interior donde la luz, el espacio y los materiales descubren en la gravedad y el hermetismo de sus volúmenes una nostalgia melancólica. Con ella hizo su primera individual en 1980, en la Fundación Joan Miró. Ocho años después llegó su primera Bienal de Venecia, que repetiría en 1993, cuando ganó el Premio Nacional y su obra llegó al Palacio de Velázquez del Museo Reina Sofía tras pasar por la Documenta de Kassel y por Münster. Un reconocimiento internacional que coincidió con el movimiento de renovación de la escultura española del que fue principal protagonista.

Se lo digo y me mira encogiendo la mirada, fiel a su personalidad guerrera. Caminando por las salas del museo, Susana Solano invita a la desmemoria. Las palabras, confiesa, le dan vértigo y es su silencio quien habla. Si pudiera borrar algo, dice, posiblemente serían sus propias huellas. De sus trabajos de escayola también lo hizo pronto, dejando al material sin memoria, sin lenguaje plástico. Seguramente por eso utiliza imágenes que son metáforas de su sentido intuido, para asomarse o hundirse en la complejidad de las preguntas que aparecen cada dos pasos.

PREGUNTA. La naturaleza de su escultura parece igual de esquiva. ¿Realmente lo es?

RESPUESTA. Las obras nacen de un pensamiento no definido, de la necesidad de encontrar significados a aquello que a menudo yace sin lógica y que, de pronto, quiere desplazarse hacia otro lugar, fruto de un pensamiento cuestionado. Es una escultura que reclama una lectura simbólica hasta en su propia definición. Escultura es una palabra caduca en tanto que cerrada y concreta. Aunque más allá de los límites de la escultura hablaría de límites del pensamiento.

P. Se la intuye una persona exigente con su trabajo…

R. Soy crítica con él aunque tolerante. En mis obras, todo tiene una medida concreta. En ocasiones, la obra es la que me mide a mí. A veces no tengo muy claro cuándo acaba una obra o cuándo la empiezo. Aunque siempre empiezo directamente con el material, de ahí las maquetas. Es un trabajo bastante compulsivo. Llego a pensar las cosas con relax, pero con el intelecto atento.

“Tras mi resistencia al lenguaje hay relatos de fugas, de incapacidad, de conflictos, de articu­laciones y de gentes”

P. ¿Y esa resistencia al lenguaje?

R. No me gusta hacer literatura de mi trabajo, ni me gusta explicar dónde empiezan y dónde acaban las obras. No quiero expresarlas como algo cerrado y prefiero la ambigüedad. De ahí esta resistencia, porque en realidad la historia es el entrecruzamiento de experiencias y sueños. Relatos de fugas, de incapacidad, de conflictos, de articulaciones y de gentes. El discurso como interferencia.

P. ¿Qué es lo que está siempre en el centro de ese discurso?

R. La idea de viaje, de estar en contacto con otros territorios y otro tipo de gente. En mi caso, me ha hecho más respetuosa y humana. Me desplaza por la pregunta de no saber cuál es mi relación con el lugar habitual y el del viaje. En África poseo más capacidad de sorpresa ante la gente y el paisaje. El viaje me permite abrirme hacia el mundo y reafirmar la conciencia. A mi vuelta parece cerrarse.

P. Algo parecido ocurre con sus obras, que nos hacen conscientes del lugar que ocupamos en relación con ellas. Dicen algo así como que estamos aquí.

R. Sí, algo así como puntualizar espacios.

P. ¿Cuáles serían los más primarios a los que siempre vuelve?

R. Uno reconstruye su identidad mirando al pasado. Debería comenzar por remontarme hacia algunos lugares de andaduras, posiblemente deformados por el tiempo, aunque no así sus aromas y atmósferas. Todo ha sido significativo en el amor, en la comprensión, en la belleza, en la experiencia… y en sus contrarios. Curiosamente, siempre asociados con la tierra, el espacio y el agua. La relación con ella siempre ha sido muy importante. Mis padres son agua. Mi padre pescaba y mi madre era hija de un marinero. Hasta hoy, la naturaleza está presente.

P. Muchas de las obras traducen esa complejidad de saber cuáles son los lugares a los que uno corresponde y pertenece. Lugares atados a la infancia como bloque existencial.

R. Muchas veces creo que todo parte de ahí, de cuando siendo niña tenía que quedarme en casa sin ir al colegio por mis problemas con el asma. De estar sola observándolo todo. Desarrollas una mirada sobre el mundo muy concreta que te hace tocar y sentir lo que tienes a tu alrededor de manera muy especial. Cuando sales fuera de casa o te relaciones con otros, el contacto es mucho más potente.

P. ¿Sigue necesitando el arte?

R. El arte es una actitud vital. Una manera de vivir. Yo la he defendido siempre desde una postura concreta, con cierta dureza. Ha sido muy positivo, pero cada vez lo es menos porque no me interesan los grupos de poder que lo dirigen. Estoy cansada y podría estar resentida, pero no quiero envejecer con malestar. Más que pensar en la falta de nuevas oportunidades, hay que mirar atrás y ver también las que uno ha rechazado.

Acta. Susana Solano. IVAM. Valencia. Hasta el 13 de octubre.