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PURO TEATRO CRÍTICA i

Llamando a los gigantes

'Jerusalem', la ambiciosa tragicomedia de Jez Butterworth, se ha presentado en el Festival Grec con Pere Arquillué al frente de un amplio reparto dirigido por Julio Manrique

Una escena de 'Jerusalem', en el Festival Grec de Barcelona. Ampliar foto
Una escena de 'Jerusalem', en el Festival Grec de Barcelona.

Pere Arquillué, uno de nuestros grandes, parece atraído por personajes al límite: tras Blasted de Sarah Kane y la cima de Roy Cohn en Àngels a Amèrica habrá que añadir su Johnny, El Gallo, Byron, el anarquista caído de Jerusalem, de Jez Butterworth, presentada (fugazmente: tres noches) en el Festival Grec de Barcelona, pero que volverá en temporada. Me quedo corto con “anarquista caído”, porque hay muchos Johnnys. Este truhan de sangre gitana hace pensar, de entrada, en un Falstaff contemporáneo: rebelde, fantasioso, truhan, tripón, dionisiaco, rebosante de carisma. Lo mejor son sus historias desaforadas. Como la de su nacimiento. O la de cómo conoció al gigante de Stonehenge. Pero Butterworth deja muy claro que El Gallo es también un peligroso flautista de Hamelin, que vende drogas a la muchachada y los lleva por caminos oscuros. Y será traicionado como mandan las leyendas.

No me explayo sobre la riqueza y las contradicciones de su dibujo, porque para dar todos los matices de la bestia está Arquillué en uno de sus mayores y mejores trabajos. Durante un ultrasimbólico Día de San Jorge, Butterworth abre el enfoque del marco (una desastrada roulotte en un bosque norteño) para ofrecernos a su manera el retrato de una colectividad que se cae a cachos: jóvenes con escasa esperanza de futuro, adultos que la olvidaron tiempo atrás. En cuanto a la trama, diré tan solo que es un mal día para El Gallo: las amenazas contra él se multiplican, empezando por las de los amos de una futura urbanización que quieren echarle.

¿Qué le falta a Jerusalem (himno de una Britania imposible) para ser una gran obra? Más bien qué le sobra: a ratos da la impresión de que Butterworth no quiere echar el freno. Tiene ferocidad, humor, lirismo, retrato social, energía idiomática e historias en cascada, pero para mi gusto los personajes hablan demasiado y demasiado aprisa: a riesgo de rozar un poco el cliché, diría que parecen irlandeses. Por otra parte, hay que aplaudir la catedralicia traducción catalana de Cristina Genebat. Y si digo que tres horas me parecen excesivas, es obligado señalar que ha tenido grandes éxitos en Londres (2009) y Broadway (2011), y que Mark Rylance se llevó el Tony al mejor actor. Y se sigue montando por medio mundo.

Arquillué, insisto, está que se sale, y siempre ha repartido juego con generosidad, y Julio Manrique, como es su costumbre (ejemplos más recientes: La reina de la bellesa de Leenane, L’habitació del costat), sabe armar elencos tan poderosos como equilibrados, sin caer en la tentación de los “nombres populares”. Excelente reparto, pues, muy bien dirigido, aunque se oirá mejor en un teatro cerrado, y ganará ritmo con más representaciones.

De los 12 intérpretes que rodean a Arquillué quiero echar sobre el tapete este repóquer: 1) Ginger, el escudero pirado que quiere ser disc jockey (una de las mejores composiciones de Marc Rodríguez); 2) el feliz retorno de Chantal Aimée (ya iba siendo hora) por partida doble: breve papel de la policía Fawcett, y el rol mucho más extenso y agradecido de Dawn: ya se enterarán de quién es; 3) Wesley, el amigo entre turbio y raisonneur que avisa del peligro (Albert Ribalta); 4) El Profesor, un personaje a lo David Warner (y perfecto para Victor Pi): ojo con él; 5) Fedra, la Reina de Mayo (Elena Tarrats, tan buena actriz como cantante), quinceañera con mucho que decir y que escuchar. Puesto a quejarme por el otro lado, diré que Guillem Balart (Davey) y Adrian Grösser (Lee) tienen más desarrollo que las chicas de la banda: Pea (Anna Castells) y Tanya (Clara de Ramon). Y en el tercer acto hay sobredosis: de dolor, de humillaciones, de ajustes de cuentas (David Olivares se pone las botas como el brutal Troy Whitworth), de oscuridad.

Voy a contradecirme de nuevo: casi todo lo que dice El Gallo en la última parte es tan excesivo como bello. Me parece escrito con el alma, de lo mejor que ha parido But­terworth (y mira que hay pasajes estupendos en The Ferryman, por ejemplo). Con el tiempo, el monólogo de “He visto muchas cosas extrañas en este bosque” y el diálogo entre Fedra y el Gallo se estudiarán en las escuelas de teatro. Otro gran diálogo: la escena del reencuentro entre El Gallo y Dawn, con su hijo Marky (Jan Gavilan/Max Sampietro) de la mano. Larga, de acuerdo, pero ahí sí que no me quejo del papel que le ha repartido a Dawn. Y no olvidaré la llamada a los gigantes, soberbia imagen de la ansiedad extrema, que es pura esencia de teatralidad: un final como ese no se cocina todos los días.

¿Cuándo se va a ver de nuevo Jerusalem? Me cuentan que hará gira por Cataluña en otoño, irá al Romea del 14 de noviembre al 6 de enero de 2019, y luego estreno castellano y un mes en el Valle-Inclán de Madrid.

Jerusalem Texto: Jez Butterworth Dirección: Julio Manrique Estreno el 1 de julio en el Festival Grec de Barcelona. Gira a partir de otoño