Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
ENTREVISTA

Makaya McCraven: “Lo más interesante es lo que no se puede definir”

Batería, productor y “científico del ritmo”, es uno de los nombres más excitantes de la escena del nuevo jazz, gracias a su visión futurista de la tradición

Makaya McCraven, durante su actuación en el North Sea Jazz Festival, en Róterdam, en julio de 2017. Ampliar foto
Makaya McCraven, durante su actuación en el North Sea Jazz Festival, en Róterdam, en julio de 2017. Redferns

Makaya McCraven (París, 1983) no es el típico batería callado cuyas mayores virtudes son pegarle fuerte a la caja y no remolonear cuando toca cargar la furgoneta de la banda. Es más bien el líder del equipo, el elocuente contador de historias que se queda con todos. Y la suya es una de las más fascinantes de la escena global del nuevo jazz, que ha logrado en los últimos años rejuvenecer y expandir la audiencia de un género achacoso.

Su arte bebe de la colección de discos de su padre, batería como el muchacho, y del hip-hop de las primeras cintas que se pudo pagar con su dinero en los años noventa, década en la que uno de los mejores conjuntos de jazz resultó ser un grupo de rap llamado A Tribe Called Quest. Ambas fuerzas dominan su sorprendente discografía, que despuntó pronto, con la publicación en 2015 de In The Moment. Aunque tal vez sea Highly Rare (2017), su siguiente disco, el trabajo que más crudamente define la apuesta de este “batería, productor y científico del ritmo”. En él, parte de una ansiosa improvisación colectiva que fue grabada con un viejo cuatro pistas en un club de Chicago, ciudad en la que vive, a los pocos días de la elección de Donald Trump. Lo que suena en el elepé es una reinterpretación de lo sucedido aquella noche, que el músico perfeccionó en su estudio casero con la ayuda de un ordenador, un software llamado Ableton y técnicas propias de la música electrónica y el hip-hop. En su obra, McCraven corta y pega; añade ritmos, teclados y efectos, y altera el orden de los instrumentos, el sonido ambiente y los jaleos del público como parte de una misma narrativa. El resultado es una celebración de la emoción del momento, pero también un canto a la cultura del sampleo y del collage sonoro.

El martes por la tarde, el músico estaba sentado en la terraza de una cafetería de playa en Sète, ciudad francesa de vacaciones para la clase media. Lugar de origen y de último descanso de Paul Valéry y Georges Brassens, es también uno de esos sitios aún empeñados en la costumbre tan europea de programar jazz en verano. “No diría que lo que hago es del todo nuevo”, explicaba el batería, de 35 años. “Además de que Miles Davis y [el productor] Teo Macero ya lo probaron con [el disco] Bitches Brew, la idea del sampler no es nueva. No lo es en el hip-hop, desde luego, pero tampoco en el jazz. Hay partes de canciones que se repiten en muchas grabaciones. Los músicos siempre usamos ideas ajenas. Yo trato de adaptar el legado del jazz a mi contexto. No lo hago con fines comerciales, sino porque creo en ello. No le veo sentido a encerrarme con unos cuantos sabihondos a escuchar algo que solo nosotros entendamos. Con todo, me veo a mí mismo como un tradicionalista, más que como alguien que rompe moldes. Y me siento conectado a los maestros que supieron estar a la última. Como Charlie Parker, que logró juntar a públicos blancos y negros en la misma audiencia. O Coltrane, que introdujo sin complejos una cancioncilla popular como My Favorite Things en el repertorio. Ya lo decía Duke Elling­ton: ‘El jazz es como un árbol frondoso que se contamina de todo lo que tocan sus ramas, pero en el que siempre es posible seguir el camino de vuelta a las raíces”.

"La idea del sampler no es nueva. No lo es en el hip-hop, desde luego, pero tampoco en el jazz. Los músicos siempre usamos ideas ajenas. Yo trato de adaptar el legado del jazz a mi contexto"

Esa noche, en el anfiteatro al aire libre del festival de Sète, el batería cerró en cierto modo su círculo creativo con la interpretación en quinteto de una música que nació improvisada y, tras su procesamiento, forma un repertorio de composiciones cerradas. El espectáculo lo repetirá esta noche en la jornada de clausura del festival de Vitoria, en la que su banda actuará, como parte de un cartel excepcional, junto al exitoso saxofonista de Los Ángeles Kamasi Washington, algo así como un mesías de ese nuevo jazz.

El eureka le llegó a McCraven por azar. Scott McNiece, uno de los propietarios de International Anthem, sello en el que participa desde su fundación y que se define como “una compañía de Chicago consagrada a la producción y promoción de música progresiva”, le propuso tocar todos los miércoles en un club de la ciudad. Decidieron registrar los 28 recitales acordados sin saber aún muy bien cuál sería su destino. Un par de meses después, McCraven empezó a jugar con esas grabaciones, descargadas en su ordenador. “Y¡ding dong! Algo hizo clic”, recuerda. “Cuando apareció el disco que monté con ese material [In The Moment], el interés prendió de inmediato, y algunos empezaron a hablar de ‘álbum del año’. Y entonces apareció The Epic [debut de Washington] y… ¡bum!”. Seguramente solo las onomatopeyas alcancen a describir la onda expansiva que aquel disco triple provocó fuera de los ambientes jazzísticos; acabó, este sí, como disco del año… en las revistas de rock. Pero no hay rencores: “Su éxito contribuyó al mío propio”, considera McCraven.

A ambos músicos les une con otra de las nuevas estrellas del movimiento, el saxofonista Shabaka Hutchings, un fuerte sentido comunitario y un buen oído para el genius loci: si los sonidos urbanos y de la diáspora caribeña en Londres definen los contornos de la propuesta de Hutchings, el espíritu relajado de la ciudad de Los Ángeles domina la música expansiva de Washington. En McCraven es también esencial Chicago, lugar de larga tradición musical (cuna del blues eléctrico, el sweet soul o el house), en la que las fronteras entre las escenas de rock experimental, free jazz o hip-hop son porosas.

“No le veo sentido a encerrarme en un club de jazz con un montón de sabihondos a escuchar algo que solo nosotros entendamos”

Tanto eclecticismo atrajo a la gran ciudad al joven y ya experimentado batería, quien de adolescente había formado una banda famosa en el circuito universitario de Massachusetts. Nacido en París, se mudó a los tres años con sus padres, el batería Stephen McCraven y Agnes Zsigmondi, cantante húngara de folk, al Pioneer Valley, hogar del legendario saxofonista Archie Shepp, entre otros amigos y empleadores. Ahora, el padre vive en París y aún toca en la banda de Shepp. “Hace un par de años que no veo a Archie, pero siempre fue como un tío para mí”, explica Makaya. “Cuando era pequeño, era habitual que la casa se llenara de músicos y sus historias. Cuando volvían de gira, eran una fuente inagotable de anécdotas. Ahí aprendí que la vida en la carretera que ahora llevo consiste en acostumbrarte a lo inesperado. Mis recuerdos conforman una tradición oral, una conexión física con el pasado que yo trato de transmitir a la generación más joven”. Su padre, dice, siempre le inculcó la idea de que “para sobrevivir artísticamente en el largo plazo, lo mejor es evitar los atajos”.

Tal vez no por casualidad, la experiencia de Kamasi Washington es similar: su progenitor, Rickey, es un veterano saxofonista de segunda fila que ahora toca en la banda del hijo. “La diferencia”, opina McCraven, “es que hoy las audiencias están menos dispuestas a tragar música estandarizada que cuando ellos tenían nuestra edad. El clima político también empuja a los jóvenes hacia una experiencia más espiritual de la música”. El relato desjerarquizado que alientan las nuevas formas de consumo musical y la cultura de rescate del activo mercado de reediciones en vinilo también han favorecido la valoración de esas generaciones perdidas y sus epígonos: en 2019, un oyente inexperto puede fácilmente llegar al universo cósmico de Sun Ra o a las experiencias colectivistas de la Horace Tapscott and the Pan-Afrikan Peoples Arkestra sin necesidad de parar antes en músicos con entradas más extensas en las enciclopedias.

El nuevo disco de McCraven, Universal Beings (2018), comparte ese espíritu comunitario. En él, toca con músicos locales en las cuatro capitales oficiales de la última revolución del jazz, una por cada cara del álbum doble. “Estaba harto de escuchar cosas como que ‘de Chicago sale ahora mismo lo más interesante’, o ‘ni hablar, Los Ángeles es el lugar en el que hay que estar’, o ‘Londres es la que lo está petando’, o ‘por más que uno se ponga, Nueva York sigue siendo el centro’. Como considero que todo eso tiene su parte de verdad, pensé este proyecto para documentar cada escena en el contexto de un relato global”. Es su manera, afirma, de “fomentar un sentido de comunidad en un mundo individualista” y, de paso, aportar argumentos contra la plaga nacionalista. “Lo mejor es que el resultado desmiente los estereotipos de cada una de las ciudades. Lo más interesante es siempre lo que no se puede definir”.

Este sábado, en el festival de Vitoria

El Festival de Jazz de Vitoria ha programado para hoy, su jornada de clausura, un cartel triple que ofrece una panorámica del jazz estadounidense contemporáneo. Primero será el turno del trompetista de 37 años Ambrose Akinmusire, que acude junto a su banda a interpretar su último y aclamado disco, Origami Harvest (Blue Note), una mezcla de jazz cerebral y hip-hop que consagra a uno de los talentos más sólidos de la última década.

Por la noche llegarán las propuestas de Makaya McCraven y Kamasi Washington, una actuación doble que, según explica el primero, “solo se ha producido en un par de ocasiones antes”. La expectación crece si se tiene en cuenta que ambos músicos acaparan muchos de los titulares que últimamente especulan con el futuro del jazz. “Será un día interesante”, explica McCraven, “porque los tres operamos desde lugares muy diferentes y en cierto modo complementarios”.