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SILLÓN DE OREJAS COLUMNA i

La “redondeza” del mundo

La narración de Pigafetta sobre la expedición de Magallanes supera la imaginación de los novelistas bizantinos: sufrimientos, rebeliones, combates, canibalismo, brujerías…

La nave 'Victoria', a su llegada a Sevilla tras dar la vuelta al mundo, en un grabado de 1807.
La nave 'Victoria', a su llegada a Sevilla tras dar la vuelta al mundo, en un grabado de 1807.

1. 10 de agosto

Tal día como hoy, hace 500 años, partía del sevillano muelle de las Mulas una escuadra de cinco naves y 239 tripulantes, comandada por Fernâo de Magalhâes y financiada por la Monarquía española, con el objetivo de explorar una ruta occidental que permitiera llegar a las islas de la Especiería. Tres años y un mes más tarde, y una vez cumplido con creces aquel encargo, lo que quedaba de la expedición —una nave deteriorada, la Victoria, y 18 espectros humanos— regresaba al puerto de Sevilla al mando del guipuzcoano Juan Sebastián Elcano, quien había sustituido a Magallanes tras su muerte en la batalla de Mactán, Filipinas, cuando unos 1.500 indígenas musulmanes al mando del “héroe nacional” Lapu-Lapu derrotaron a los 49 soldados españoles a los que se enfrentaron. Antonio Pigafetta, el veneciano que nos ha dejado la extraordinaria crónica de aquel viaje, describe la muerte de Magallanes con fervor religioso: “Entonces los indios se abalanzaron sobre él con espadas y cimitarras y cuanta arma tenían y acabaron con él, nuestro espejo, nuestra luz, nuestro consuelo, nuestro guía verdadero”. Lo que pasó en esos tres años, tal como lo cuenta Pigafetta (La primera vuelta al mundo, edición de Isabel de Riquer; Alianza), supera la imaginación de los novelistas bizantinos: sufrimientos, rebeliones, traiciones, combates, canibalismos, enfermedades, hambre, brujerías, pueblos desconocidos, faunas y floras extraordinarias. Y, por supuesto, tras franquear el buscado “paso” hacia el mar del Sur (o de Balboa: el Pacífico), aquellos esforzados aventureros que circunnavegaron el mundo y probaron su “redondeza” (Elcano) certificaron por mucho tiempo el dominio español de los mares. Si quieren saber más de aquella épica expedición que recorrió 14.460 leguas surcando tres océanos, y de sus increíbles protagonistas, les recomiendo también la biografía clásica Magallanes, el hombre y su gesta (1938), de Stefan Zweig, que acaba de reeditar Capitán Swing.

2. Revolucionaria

Emmy Hennings (1885-1948) es un ejemplo acabado de ese tipo de mujer revolucionaria, libre, fascinante que abundó en las vanguardias europeas del primer cuarto del siglo XX. Más conocida por haber fundado con uno de sus maridos, Hugo Ball, el Cabaret Voltaire en aquel Zúrich de entreguerras en el que coincidieron revolucionarios, espías, artistas y escritores en ruptura con todo, Emmy fue casi todo lo que podía escandalizar a la gente bien: poeta, performer, narradora, corista, artista de circo, vagabunda, prostituta, borracha, drogadicta, cleptómana, anarquista. Julio Álvarez del Vayo (1891-1975), el abogado y periodista socialista que llegaría a ser presidente del FRAP, la había conocido en el célebre café Westend de Múnich en aquellos años turbulentos, y dijo de ella en La senda roja (1928; inencontrable), su autobiografía de juventud: “Ninguna pasión le era desconocida y, sin embargo, en el ambiente más abyecto sabía conservar su pureza interior”. Y algo de esas pasiones y de su “desenfrenada actividad amorosa” debía de conocer el español, porque, en una carta que le remitió Hugo Ball en 1918 le decía: “La Sra. Hennings es el ser más importante que hemos conocido y por ello le ruego que comprenda y abandone el pensamiento en esa mujer que me pertenece” (cursiva de Ball). El meritorio sello Taller de Ediciones —Universidad de Castilla-La Mancha—, cuyo catálogo presta singular atención a dadá y otras vanguardias del XX (se nota la asesoría de José Antonio Sarmiento), ha publicado recientemente La última alegría, un volumen (traducido por José Luis Reina Palazón) que reúne varios libros de poemas y textos de Hennings, además de una interesante selección de la correspondencia de ella y otros dadaístas. Por lo demás, la editorial sevillana El Paseo ha publicado las dos primeras novelas de Hennings, Cárcel (1919) y El estigma (1920), ambas traducidas por Fernando Rodríguez Viñas. La última aún no he podido encontrarla.

3. Pollo frito

Enterarme con disgusto de que el abuelo de Rocío Monasterio, la amazona radical (“azote de feminazis”, la llaman sus admiradores) de la dirección de Vox, fue quien trajo a España la primera franquicia de Kentucky Fried Chicken, mi comida basura favorita, no va a impedir que siga frecuentando sus restaurantes: ya he renunciado a demasiadas cosas en mi vida como para reprimirme degustar el sabroso y grasiento pollo rebozado con la mezcla secreta de especias. Ya andan los de siempre agitando el mantra de que ir a un Kentucky es poco menos que financiar a los posfascistas rampantes y viva Cristo rey. Claro que ya me he enfrentado a inquisiciones semejantes: en mis años universitarios había algún camarada al que irritaba mi costumbre de beber coca-cola, “esa masturbación imperialista”, como la llamó mi amigo Benito Gómez el año de la ofensiva del Tet. En fin, que no pienso renunciar al invento del emprendedor “coronel” Sanders. Ya sé que algunos dietólogos sostienen que el producto es una bomba de grasas saturadas y colesterol, y que los animalistas denuncian (y con razón) la crueldad con que Pepsico (la compañía propietaria) trata a los pollos. Pero ¿acaso no tienen ustedes, mis improbables, ningún inconfesable vicio gastronómico?, ¿nunca han sentido la nostalgia del cieno, la inclinación a lo insano? Para lavar mi pecado, me sumerjo en la lectura ocasional de Cocina sana y sencilla (Alianza), de Inés Ortega (hija de la gran Simone), y su nuera Marina Rivas, un estupendo recetario de platos sanísimos de los que abominaría el coronel Sanders. Pero, qué quieren que les diga, prefiero las piezas rebozadas: esas que según reza el motto de Sanders están para chuparse los dedos (fingers linkin’ good). Cuando me ponga a dieta sana ya echaré mano del libro. Y a los fachas, que les den.

Pigafetta supera la imaginación de los novelistas bizantinos: sufrimientos, rebeliones, combates, canibalismo, brujerías…