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¿Qué habríamos hecho sin Ursula K. Le Guin?

La escritora que cambió para siempre la concepción que se tenía de la fantasía y la ciencia ficción, creció preguntándose si otro tipo de ser humano era posible y transformó su propia y masculina literatura, transformando a su vez, la de los demás

Ursula K. Le Guin, en su despacho, en la década de los 70.
Ursula K. Le Guin, en su despacho, en la década de los 70.

Ursula K. Le Guin nunca quiso ser escritora. Lo fue, sin más. “No recuerdo hacer otra cosa que escribir”, respondía a todo aquel que se interesaba por el momento en que dio el paso definitivo. Desde niña, escribía. Envió su primer relato a una revista al cumplir los 11 años. Recibió una carta de rechazo. Tardó otros diez años en volver a enviar cualquier otra cosa a cualquier parte. ¿Y qué recibió? Otra carta de rechazo. “Escribe usted bien”, decía la carta, “pero no sabemos exactamente qué es lo que hace”. ¿La época? Mediados de los 50, cuando no existía aún una literatura de ciencia ficción y fantasía que se considerase como tal. En la ciencia ficción, reinaba la llamada hard sci-fi, esto es, aquella que tendía a dar detalles técnicos, a justificar, en algún sentido, el papel de la ciencia en un momento en el que nadie aún se fiaba en exceso de ella, popularmente hablando. En lo que a la Literatura con mayúsculas se refería, lo hacían “el realismo y los hombres”.

La cita es de la propia Le Guin (1929-2018), que aborrecía soberanamente a Ernest Hemingway y a todos los que pretendían ser como él porque creían que ser escritor era eso. Cuando, a casi finales de los 60, su literatura empezó a resultar comprensible para el mundo, a encajar en un nuevo nicho, el de la llamada literatura especulativa, no se cortaba un pelo y tendía a cargar contra ello, o más bien, a dejar claro lo mucho que le traía sin cuidado lo que ese otro mundo pensara del suyo, en cualquier charla en la que participaba. Casi siempre, dando caladas a su pipa, divertida. El mundo de la ficción había sufrido un terremoto y ella, en buena parte, era la culpable. Había dado a luz el eslabón perdido entre aquel denostado pulp que puso los cimientos a la existencia de mundos alternativos y la Literatura con mayúsculas. Y era una, por fin, no necesariamente realista. Una que no se limitaba a reflejar, que lo ponía, desde fuera, todo en cuestión.

Su empuje y su poderosa y honestísima ambición, pues todo lo que hizo todo el tiempo fue intentar buscarse a sí misma, darse una explicación a por qué hacíamos lo que hacíamos y a si existía otra manera de ser humanos, obligaron a la crítica puritana, tan a salvo de todo aquello que no hablaba del mundo tal y como era, el mundo en el que todos ellos vivían, cómodamente, a reconocer que aquello tenía un valor inconmensurable. Primero lo hicieron tímidamente. Luego, con el paso del tiempo, y la imparable y siempre en ascenso, trayectoria de Le Guin, no tuvieron más remedio que abrir compuertas y dejar que todo lo que había crecido a su alrededor, se colase en un canon que está hoy, por fortuna, y gracias también a ella, más abierto que nunca. Y esa victoria está en el centro de su obra, en la que luz y oscuridad no se contraponen, forman parte de un todo.

“Si decidimos que una historia se tiene que basar en el conflicto, limitamos enormemente nuestra visión del mundo. Y sin querer, hacemos una declaración política: todo en la vida es conflicto, por lo que el conflicto en una narración es lo que realmente importa. Y, francamente, eso no es verdad. Ver la vida como una batalla es tener una visión del mundo muy limitada, social-darwinista y muy masculina, y las historias pueden tratar de un sinfín de cosas diferentes”, sentenció la escritora, en una de las conversaciones en torno a su obra, pero sobre todo, a los mimbres de la escritura, que mantuvo con David Naimon, escritor al frente del podcast literario Between the Covers. El resultado de esas charlas acaba de editarlo Alpha Decay bajo el título Conversaciones sobre la escritura, y aunque permiten conocer a la Le Guin amante del lenguaje – “las palabras crean cosas” –, dejan fuera su génesis y sus contradicciones.

En ese sentido es fascinantemente ilustrativo el documental producido por la BBC y dirigido por Arwen Curry titulado Worlds of Ursula K. Le Guin (Filmin). En él, además de ver el día a día de la escritora en el rancho de Napa Valley en el que pasaba los veranos de su infancia, su paraíso en la Tierra, al que se mudó en 1980 cuando murió su madre “y mis hijos ya se habían ido de casa”, se asiste a una reconstrucción de su vida que no solo evidencia por qué su obra nunca pudo ser otra sino también cómo crece un autor cuando se detiene a pensar en lo que podría haber hecho mejor, cuando, en definitiva, no se cierra a seguir aprendiendo. Empecemos por el principio. ¿Qué podía hacer la única hija – tenía tres hermanos – de un famoso antropólogo que había viajado por toda California recogiendo los testimonios de las comunidades que la América blanca estaba destruyendo sino crear mundos en los que aún todos éramos, o podíamos ser, distintos? “Me costó ver la injusticia y la crueldad de todo aquello. Cuando la vi, me causó un fuerte impacto. Mi forma de lidiar con ello fue meterlo en una novela”, dijo.

Una novela que fueron en realidad muchas de sus novelas. La posibilidad de que el humano se relacione con la naturaleza de una manera distinta a cómo lo hace el ser humano de Occidente está en el ADN de su obra, y en particular, la figura de su padre y la de Ishi, el último miembro conocido de la tribu yahi, que convivió con ellos durante años, aparecen en algunas de sus obras – Planeta de exilio, El nombre del mundo es Bosque – y en momentos como el que relata David Mitchell de La mano izquierda de la oscuridad, en la que el protagonista, el intelectual de la federación galáctica Ekumen, tiene que hacer un viaje en un terreno frío y hostil, con uno de los habitantes andróginos del planeta al que ha sido enviado y, poco a poco, a medida que se alejan de cualquier civilización, “más se parecen” porque no hay en ellos rasgos de ningún colectivo. “Es un viaje al corazón de la cooperación humana”, dice el escritor en el documental.

Publicada en 1971 – apenas seis años después de que el mundo de la literatura le abriera sus puertas; su primera novela salió en 1966 –, La mano izquierda de la oscuridad es, en palabras de Neil Gaiman, “algo nunca visto antes”. Aquel año, se hizo con el Nebula y el Hugo, y llevó a la literatura el feminismo que ya estaba en la calle. Aunque criticada por el uso del masculino cuando se hacía referencia al género neutro de los seres andróginos de la novela – que no eran ni hombres ni mujeres, que lo eran aleatoriamente y solo durante un tiempo determinado – por las propias feministas – “no podía hacerle eso al lenguaje, y no había forma de nombrarlo de una manera que fuese comprensible”, dijo Le Guin –, la novela marcó un antes y un después en lo que a la literatura de género fluido se refiere, y también, en la obra de Le Guin, siempre en busca de alternativas a nuestra opresiva y en apariencia única civilización.

“Se aproximan tiempos difíciles y vamos a necesitar las voces de aquellos que ven alternativas a la forma en que vivimos. A los realistas de una realidad más amplia

Ursula K. Le Guin

Puso de manifiesto, sin embargo, lo masculina que había sido hasta entonces su literatura, y la reacción de la escritora fue encomiable. “Los héroes de la fantasía que yo quería escribir habían sido siempre hombres, y no sentí la necesidad de que fuesen otra cosa, hasta que me di cuenta de que incluso en la saga de Terramar, dirigida a un público juvenil, no había mujeres, y las que aparecían, la civilización que vive en el desierto en la segunda parte, dependían de los hombres. Tardé 17 años en poder darle un final en el que la protagonista femenina no se casara. Estaban pasando cosas en los 70, pero yo no era una feminista ideal. Se hablaba de liberarnos de los hombres y los niños, y yo tenía un marido y tres hijos. Me puse a la defensiva”, recuerda, en un momento dado del documental. El empujón del Nebula y el Hugo, y su creciente popularidad y, sobre todo, respeto, hizo que se diera cuenta de que nada de todo eso era incompatible.

El respeto que La mano izquierda de la oscuridad empezó a granjearle se disparó con la publicación de Los desposeídos (1974), la utopía más ambiciosa jamás escrita, casi un texto filosófico con aspecto de novela espacial, en la que el anarquismo se abre camino para dejar claro, una vez más, “que la viga torcida de la humanidad” no va a dejar de estarlo por más que nos empeñemos. “Fue mi manera de decirle al mundo que ninguna sociedad humana puede alcanzar la perfección y quedarse así”, sentenció la propia Le Guin al respecto, y sonaba a máxima que, pese a todo, trató, como una científica, de probar una y otra vez, esperando que alguna de esas veces no se cumpliera.

La autora de la primera escuela de magos de la historia de la literatura – las novelas y los cuentos ambientados en Terramar son mucho más que el más claro antecesor de Harry Potter, para empezar, son una carta de amor al lenguaje y al oficio del escritor mago – se despidió del mundo literario compartiendo la Medalla de la National Book Foundation – algo así como el Nobel de lo literario norteamericano – con “todos aquellos escritores que fueron excluidos de la literatura durante tanto tiempo; con mis compañeros, los autores de fantasía y ciencia ficción, que en los últimos 50 años han visto recaer este premio en manos de los llamados realistas”, y al hacerlo estaba poniendo de manifiesto que su victoria era la de todos, y a la vez, lanzando un mensaje de advertencia a aquellos que les habían infravalorado y que estaban a punto de necesitarlos más que nunca. “Se aproximan tiempos difíciles”, dijo, “y vamos a necesitar las voces de aquellos que ven alternativas a la forma en que vivimos”. "A los realistas" concluyó, “de una realidad más amplia”.