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EN PORTADA

Jaime Salinas, testigo implacable de la cultura española

Las cartas privadas de Jaime Salinas a su pareja son una crónica descarnada del editor que se inventó el libro de bolsillo y marcó época desde Seix Barral, Alianza y Alfaguara

De izquierda a derecha: Javier Solana (ministro de Cultura), el Rey Juan Carlos I, Rafael Alberti, Jaime Salinas, Dámaso Alonso y Luis Rosales, la Reina Sofía, Pedro Lain Entralgo y Manuel Gala (rector de la Universidad de Alcalá), en la entrega del Premio Cervantes a Alberti en 1984. Ampliar foto
De izquierda a derecha: Javier Solana (ministro de Cultura), el Rey Juan Carlos I, Rafael Alberti, Jaime Salinas, Dámaso Alonso y Luis Rosales, la Reina Sofía, Pedro Lain Entralgo y Manuel Gala (rector de la Universidad de Alcalá), en la entrega del Premio Cervantes a Alberti en 1984.

Jaime Salinas, nacido, como Albert Camus, en Argel, fue uno de los grandes editores modernos en la España de la posguerra. Introdujo aquí El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. Puso orden cosmopolita en la Seix Barral de Carlos Barral. Impuso en Alfaguara una apuesta internacional basada en la calidad. Y fue director general del Libro en la época de Felipe González. Hijo del poeta Pedro Salinas, tuvo con su padre (reticente a la homosexualidad declarada del hijo) una relación muy difícil. Pero antes de abandonar el mundo editorial, dedicó una atención especial a las obras completas del poeta exiliado.

Salinas volvió a España del exilio americano en 1955, precisamente cuando acaba Travesías. Regresó al país de sus padres después de una peripecia que lo llevó a ser camillero voluntario norteamericano en la Segunda Guerra. Como explica su amigo y colaborador Luis Suñén, regresó a España “a ver cómo estaba la cosa cuando la cosa seguía estando difícil”, y se integró en la vida editorial de manera casual. Esa peripecia lo condujo a las imprentas de la familia Seix y Barral, y a aquellas aventuras editoriales en las que fue decisivo.

Después de Travesías, Salinas esquivó la demanda de sus memorias editoriales. Pero las fue escribiendo en cartas sobre todo a su íntimo amigo Gudbergur Bergsson, escritor, traductor islandés de Cervantes, por ejemplo, a quien conoció en Barcelona y con quien convivió en España o en Islandia, la patria de Bergsson. Esas cartas, de manera especial, son ahora la materia que prolonga Travesías. Cuando editar era una fiesta (Tusquets, como Travesías) es, muy especialmente, un retrato de la sociedad y de los personajes que convivieron con él en las distintas fases de una vida que él describe como si se la estuviera contando al oído de su amigo, el principal de sus corresponsales.

Hay en el libro, que aparece este 18 de febrero, otras cartas y muchos documentos que completan la autobiografía que constituye el libro, compilado y conducido por Enric Bou. Dice Bou que Cuando editar era una fiesta es la versión de Salinas, “como protagonista inesperado, de la profunda transformación del mundo editorial español entre 1955 y 1990, treinta y cinco años en los que él vivió en primera persona los grandes cambios que se produjeron”.

Travesías acabó en la frontera española. Ahí anunciaba Salinas que “daba los primeros pasos de lo que sería mi larga trayectoria profesional en el mundo editorial” y lo hacía “¡precisamente en España, país del que siempre había querido huir!”. Puesto en tierra, le escribió a su familia quizá en 1954: “Qué difícil es el analizar mi reacción a todo esto, algo completamente inesperado; nada de lo que creía que iba a sentir he sentido. (...) Hay, claro, mucho, muchísimo malo, pero fundamentalmente lo que se ve es que esto es de uno y que por las buenas o por las malas es donde deberíamos acabar todos”. Su destino iba a ser, de inmediato, la imprenta de Seix y Barral. Él lo cuenta como algo inesperado (“Yo no había pensado en mi vida en el mundo editorial, me metí en eso como podía haberme metido en otra cosa, para ganarme el pan”). En un almuerzo de la empresa, en el que estaba su jefe, Víctor Seix, éste le preguntó si era hijo de Pedro Salinas, “cosa que, como es natural, no negué. Una de las personas que estaba en almuerzo”, sigue Salinas, “era Carlos Barral, y en ese momento Carlos, que hasta entonces se había creído que yo era un repugnante ingeniero a sueldo (...), se hizo inmediatamente amigo mío”.

“Barral”, dice Bou, “reconoció el papel de Salinas”, que tendría “un influjo decisivo en introducir un elemento de cosmopolitismo en Seix Barral”. En realidad, Salinas creyó que había aprendido “más acerca de las cosas que no se deben hacer” y que hacía Barral, “lo que no quiere decir que olvide mi enorme deuda con él”. En Seix Barral había aprendido “la alegría de la profesión”.

De izquierda a derecha: José García- Velasco, Carmen Romero, Jaime Gil de Biedma y Jaime Salinas en la Residencia de Estudiantes en 1988.
De izquierda a derecha: José García- Velasco, Carmen Romero, Jaime Gil de Biedma y Jaime Salinas en la Residencia de Estudiantes en 1988.

Desde allí contó con alborozo cómo era su nueva casa, de qué modo Carmen Balcells (“Ya conoces a Carmen, su eficacia y sus dotes de mando. Me dio cuarenta gritos…”) le ayudó en sus traslados, sus desvelos familiares con su hermana Solita y el marido de ésta, Juan Marichal, hasta que se produce la fiesta propiamente dicha, protagonizada por los amigos que acuden (y acudirían frecuentemente). Le cuenta a Gudbergur el 22 de abril de 1962: “Esa misma tarde me habían anunciado una visita oficial, la primera, Jaime [Gil de Biedma] y Luis [Goytisolo] que llegaron con Ángel González. Me vi obligado a invitar también a los Barral, pero su presencia rápidamente redujo a Jaime y a Luis a un silencio y a un malhumor visible y violento”. La atmósfera también se había roto con Barral, como ocurrió sucesivamente con Carmen Balcells y otros. En las confidencias que hizo a Bergsson esa progresiva separación del mundo de Barcelona se alternaba con declaraciones de amor que iluminan las cartas a su íntimo amigo.

Con Barral la crisis desembocó en 1963 en su despedida de la editorial. Habían pasado épocas fructíferas (el premio Formentor, que relacionó a Carlos y a Salinas con lo más importante de la edición europea), pero Salinas sintió desde el principio que el trabajo parecía estar “tan indefinido como siempre” y a Víctor Seix sólo le interesaba “lo comercial”. Añade en esta carta a Bergsson (15 de abril de 1962): “Soy posiblemente un hombre de acción, pero sin partido; soy un ambicioso pero sin meta. Comprende, pues, y perdona la nota sentimental, el que tú seas para mi tan importante. Tú y mi relación contigo es la única cosa que veo con claridad y certeza”.

El premio Biblioteca Breve lo pone en contacto (9 de diciembre de 1962) con Mario Vargas Llosa, “persona muy civilizada, mucho más civilizada y culta que los de aquí aunque sólo tenga veintiséis años”, que es de los pocos escritores, amigos o conocidos, que se salvan de la crítica implacable, que merece la larga lista de los mencionado. Una “penosa cena” en Mallorca con Camilo José Cela, “que duró desde las diez de la noche hasta las cuatro de la madrugada”, le urge esta descripción (8 de julio de 1962): “Su inmensa vanidad le lleva a decir las cosas más estúpidas, a contar las mentiras más transparentes y pueriles. Me divertí cogiéndole en sus trampas, dilatando sus mentiras; probaba a escabullirse como un ratón arrinconado”.

Jaime Salinas y Gudbergur Bergsson en la casa de la calle Felipe Gil (Barcelona), hacia 1957. ampliar foto
Jaime Salinas y Gudbergur Bergsson en la casa de la calle Felipe Gil (Barcelona), hacia 1957.

El descenso a los infiernos de su relación con Carlos Barral tiene un prolegómeno que le cuenta a Bergsson el 18 de octubre de 1962: “Carlos me pidió que le esperase y que le subiera a casa en coche. Me quería contar sus preocupaciones, incluso me estuvo hablando de suicidio […], ¡se identificó con Pavese! Estuvo como ese Carlitos que conocí hace muchos años, con la diferencia de que han pasado muchos años y cosas y no me lo escuchaba yo de la misma manera esta tarde mientras me hablaba. Mañana volveremos a la grandeur”. Más aún (1 de noviembre de 1962): “Creo que si, por las razones que fueran, a Carlos y a mí, o a cualquier conocido suyo, nos pusieran contra una pared para fusilarnos, Carlos se levantaría de la tumba para contar al mundo que a él le habían matado con más balas que a los demás. ¡Oh, qué inmensa vanidad la del joven barbudo!”. Las intrigas de Monique Lange, que representa a Gallimard en el premio Formentor, y los graves vaivenes de su relación con Seix y Barral irrumpen en su progresivo desencanto, que le llevarán a la dimisión como parte del equipo de Barral. Mientras, le surge la posibilidad de colaborar con José Ortega Spottorno (Alianza Editorial) en el lanzamiento de una idea que cambiaría el panorama editorial y cultural español: el Libro de Bolsillo, en cuyo lanzamiento estaría implicado al principio Galimard.

Esas novedades marcan su despedida de Barral, y en cartas sucesivas va preparando a Bergsson para esa decisión, que se producirá el 22 de abril de 1964. Le había dicho a su compañero: “No me hago muchas ilusiones, primero porque las dificultades a sobremontar son muchas desde un punto de vista económico, y luego porque sé que soy como soy, que mis resoluciones son frágiles, mi pesimismo nato, mi falta de confianza en mí mismo gigantesca. Pero aún así probaré. No te pido que me animes, sólo que en silencio tengas un poco de esperanza y confianza en mi”. Y llegó la decisión. “Con gran pesar”, le explicó a Carlos el 22 de abril de 1964, “me veo obligado a rogarte que aceptes mi dimisión, efectiva 1 de mayo 1964, como colaborador de editorial Seix Barral”. A Barral le dedicaba “simpatía y apoyo” por lo que constituía “la contribución más importante que en el terreno editorial se lleva a cabo en la cultura española desde 1939”. Subyacía en su despedida el hecho de que Carlos no había confiado en la iniciativa El Libro de Bolsillo que iba a lanzar luego Ortega Spottorno con Salinas. También esta vez descubre que en la casa de la calle Don Pedro habría felicidad para él y para Gudbergur. Y habría sol, además.

María Zambrano regresa a España de su exilio en Estados Unidos y es recibida por Jaime Salinas en 1984. ampliar foto
María Zambrano regresa a España de su exilio en Estados Unidos y es recibida por Jaime Salinas en 1984.

Fueron días históricos para su carrera de editor, que propiciaron el encuentro con Javier Pradera, incorporado por Ortega su equipo directivo. “Javier es una de las personas más brillantes que hay en España, pero una persona sumamente compleja”. Era, comentaba Salinas, “una persona mucho más pragmática y realista que yo”, y “apoyaba poco mis planteamientos”. Se fueron distanciando, “pero aprendí muchísimo de él”.

Pero Salinas había vuelto “a la oficina”; con el concurso de Daniel Gil, el portadista, consiguió una colección de bolsillo fundamental en la historia cultural española. “Los diez primeros títulos de mi sección de clásicos”, le dice a Bergsson, “ya están encargados”, aunque a Ortega “le ha entrado la histeria por producir libros”, y a él le parece que debe darle “un ultimátum” al director de la editorial, porque no quiere que su presencia “y actuación en Alianza esté montada sobre ambigüedades, concesiones y falsas esperanzas en el futuro. ¡Eso se ha terminado!”, le dice a su compañero el 5 de diciembre del mismo año. 

Mientras, a su vida han llegado amigos como Juan García Hortelano, Juan Benet, y los jóvenes Javier Marías, Félix de Azúa, Vicente Molina-Foix y Antonio Martínez Sarrión, que suben y bajan en su consideración, según los humores del tiempo. De todos tiene algo que decir en sus cartas. Relaciones familiares tempestuosas, con su hermana Solita y con el marido de ésta; noticias sentimentales graves para ellos, derivadas de las revelaciones sobre una antigua amante de su padre, se mezclan con su despedida de Alianza y con la amistad cada vez más decisiva con Juan Benet o Juan García Hortelano. “Me he puesto a leer una extraña novela que ha dado mucho que hablar entre los 'jóvenes': Volverás a región, de Juan Benet”, le escribe a Bergsson el 9 de febrero de 1969,  “un 'viejo' de cuarenta y dos años; es su primera novela”. Ya la pandilla está hecha. 11 de diciembre de 1972: “Una cena multitudinaria anoche en casa de Alberto Oliart en la que Ángel González tocó la guitarra, los dos Juanes, Benet y Hortelano, representaron teatro, se cantaron cuplés (...) Llegué a sentir que éramos una pequeña colonia de españoles que buscaban el calor de la 'patria' en medio de Kuwait”.

Javier Solana, ministro de Cultura (en primer término), Dámaso Alonso y Jaime Salinas, en el entierro de Vicente Aleixandre, en 1984. ampliar foto
Javier Solana, ministro de Cultura (en primer término), Dámaso Alonso y Jaime Salinas, en el entierro de Vicente Aleixandre, en 1984.

En 1976 entró en contacto con los sucesivos propietarios de Alfaguara, hasta que en 1980 la adquirió Santillana. No aguantaba Alianza, y el cambio de editorial que iba a ser relanzada rehízo su alma de editor. Le dice a Bergsson (8 de febrero, 1976): “Para tu tranquilidad te adelanto que no me siento predispuesto a un sí de entrada. 'Putearé', me haré el estrecho, hasta ver todo muy claro. Me siento animado pero no entusiasmado”. Finalmente aceptó, tuvo a su lado a Eduardo naval, a Michi Strausfeld (para la colección infantil y juvenil), a Enric Satué, su diseñador emblemático. La editorial había pasado de los Cela a los Huarte y de esta empresa familiar a la Santillana de Polanco. Benet inauguraría con En el estado la etapa de Salinas, a cuyo catálogo (la obsesión suya como editor) se incorporaría Julio Cortázar, Clarice Lispector, Marguerite Yourcenar, Juan José Millás, Javier Marías o Günter Grass… Un comité de lectura  en el que estaban los citados Benet y Hortelano, Javier Marías o Miguel Sáenz, terminó conformando un equipo que produjo la editorial que él soñó como propia y finalmente lo fue. 

La convivencia Alianza/Alfaguara, de todos modos, había durado, a trancas y barrancas, y tuvo altibajos que alteraron el ánimo de Salinas, como le cuenta el 8 de julio de 1975 al amor de su vida: “Ayer larga y penosa reunión de la comisión Alianza/Alfaguara; Pradera no pudo disimular su odio por un concepto más universal de la cultura. Los clásicos clásicos, lo que se vende es lo que pide y necesita el público, etcétera, etcétera. Claudio [Guillén] se aguantó y yo también gracias a las pildoritas de la doctora”. Mientras, avanza su proyecto para que Alfaguara tenga una colección juvenil cuyo sueño comparte con Michi Strausfeld. Su idea es que “los niños son los lectores de mañana”, y será La historia interminable de Michael Ende, el mayor éxito de la colección, el que les dará a los dos la razón a sus desvelos y a los cuatrocientos libros que publicaron en esa colección que fue uno de los grandes emblemas de su principal proyecto editorial en solitario pero muy bien acompañado. 

De izquierda a derecha: Soledad (Solita) Salinas, Jaime Salinas, Juan Marichal y José García- Velasco en 2001.
De izquierda a derecha: Soledad (Solita) Salinas, Jaime Salinas, Juan Marichal y José García- Velasco en 2001.

Su relación de actividades (traducción de libros, reunión con su comité de clásicos, cena con Benet, teatro con Vicente [Molina-Foix], reuniones empresariales y de todo tipo) muestran a un editor sin descanso, entusiasta, que observa satisfactoria la relación Alfaguara-Bruguera. El catálogo primavera-verano de 1978 es, en todas las colecciones, Infantil y Juvenil, Bolsillo, Tesis, Alfaguara-Nostromo, Álbumes especiales, una fiesta que incluye estos nombres propios: Lewis Carroll, Judith Kerr, Faustino Cordón, Carmen Martín Gaite y José Bergamín, José Moreno Villa… En esas fechas (mayo, 1978) se aprestaba a recibir a Günter Grass, contratado gracias a Strausfeld, y el primer año de su Alfaguara. Le dice a Bergsson: “Hortelano, Benet y la [Natalia] Seseña harán el ganso, pasaremos unas películas infantiles de Ungerer y Sendak, se leerán, en chino, textos de Lao-Tse (acabamos de poner a la venta la edición bilingüe) y al final hará su entrada el super-showman Grass. El 1 rueda de prensa; el 2 conferencia en el Instituto Alemán; el 3 me lo llevo a Cuenca para que vea el museo y el 4 vuelve a Berlín”. El tambor de hojalata es un acontecimiento; En TVE, cuenta Salinas, se creen que Grass es el actor Günter Sachs, “¡y sólo les interesaba conocer los pormenores de sus relaciones con Brigitte Bardot!”. A la fiesta, en el Bocaccio de Madrid, asistieron seiscientas personas, el doble de las esperadas. “El show lo cerraron Juan Benet y García Hortelano, que haciendo de Pompoff y Thedy a costa de lo mal que yo los trataba, hicieron grandes alabanzas de Alfaguara”. De vuelta a su “trabajo alfaguaresco”, afronta libros que no le convencen (de jóvenes amigos suyos) y con la crisis de liquidez de la editorial, algunas buenas noticias (le llega el manuscrito de Un tal Lucas, de Cortázar; Hortelano le hace llegar Los vaqueros en el pozo)…, y, de nuevo, “las cosas van de mal en peor en Alfaguara”, así que la fiesta disminuye en su corazón y en los números. “He cometido el error de creer que mi país era, podía llegar a ser, civilizado en un plazo relativamente corto. No creo que me toque verlo”. Y lo que pasa en Alfaguara “no es más ni menos lo que está ocurriendo en el país en general”, así que “de la oficina nada bueno que contarte”.

El 24 de noviembre de 1979 expresa a Bergsson su estado de ánimo: “Nunca he sentido tan agudamente la soledad como en estas últimas semanas. Uno, a partir de cierta edad, espera poco de todo y menos de los demás”. Ruptura con Bruguera, chasco con la Balcells, “que ha enloquecido” y ha anulado “unilateralmente” todos los contratos de [Henry] Miller…, hasta que en septiembre de 1980 entra finalmente la Santillana de Jesús Polanco en la propiedad; no le gustan las rutinas (ni las actitudes) del trabajo en la oficina o la actitud de los vendedores. Julio Cortázar le visita, él publica sus libros. “Habría mucho bueno que decir de Julio”, le dice a Bergsson (29 de marzo de 1981), “humildad, timidez, generosidad, lo que en el fondo no sé si es bueno. Pero la prefiero a las payasadas de 'tu' García Márquez, que hace unos días, en Bogotá, pidió asilo político en la embajada mexicana sin que hubiera ninguna razón para ello. Por lo menos así ha conseguido que la embajadora mexicana le metiera en un avión y ahora, por narices, puede sacarse el carnet de exiliado, prerrequisito para una carrera literaria exitosa. La Balcells estará feliz, aumentarán los adelantos y los derechos de autor”.

Eso no quita para que, cuando llega el Nobel de Gabo, él disponga de todos los instrumentos publicitarios para que los libros que ha editado en Alfaguara del autor de Cien años de soledad se beneficien de la repercusión del galardón más famoso. Le dice el 24 de octubre de 1982 a su amigo íntimo: “Por esas casualidades de la vida en estos momentos el único editor que tenía a G. M. casi completo en su catálogo era Alfaguara (…) Un poco dentro del absurdo de todas estas circunstancias me han llovido felicitaciones. Polanco, en persona, se presentó en mi despacho y ainsi de suite. Inútil probar a recordarles que el protagonista no era yo… En fin, esperemos que cuando toque el momento de aumentarme el sueldo sigan en la misma tesitura…, pero me conozco a estos viejos zorros”.

Escéptico ante el porvenir del PSOE en el Gobierno, al que accede a finales de ese mes de octubre, es nombrado Salinas director general del Libro y Bibliotecas. Abandona, pues, Alfaguara. En el ministerio trabaja junto a Juby Bustamante y Luis Suñén, “persona indispensable” que le puso en contacto “con Luis Revenga, un ser entrañable, polifacético”… Revenga fue quien se reunió con Bou y Bergsson en un restaurante chino muy querido por éste en el almuerzo que decidió que toda esta inmensa correspondencia que se incluye en este libro viera ahora la luz. 

Jaime Salinas entre Luis García Montero y Claudio Guillén en 2001.
Jaime Salinas entre Luis García Montero y Claudio Guillén en 2001.

Desde el ministerio Salinas ve con preocupación la situación de Alfaguara, que “empieza a hacer aguas” (5 de marzo de 1983), aunque en su dirección general (24 de abril de 1983) reflexiona sobre el presente (“No acabo de creérmelo, pues esta vivencia sí que me está enseñando algo y es que este país sólo es capaz de reducir a cenizas la gente de 'buena voluntad') y alimenta la idea de dimitir de su cargo, abrumado por las carencias que afronta su proyecto de impulsar una gran renovación bibliotecaria en España. La dimisión llega, pero antes trabaja a favor de los que pudieran ser sus ancestros, desde María Zambrano (“Jaimito, llego dentro de una semana. Lo único que quiero es que vayas a buscarme al aeropuerto. El hijo de Pedro Salinas, no el director general”) y José Bergamín a Jorge Guillén y Rosa Chacel, hasta Rafael Alberti… Y en las cartas de la primavera de 1985 ya empieza a fraguarse la dimisión, que se formaliza el 30 de abril. “Me voy”, le dice a Bergsson, “con la conciencia más que tranquila, pero lo que me parecía absurdo era seguir, más batallas cuyos resultados ya no dependían de mi”.

De regreso a Alfaguara, “la soledad”, según le dice a Rosa Montero en una entrevista en este periódico; él pensaba que recuperaría su puesto de director, así que “paso un par de semanas un poco perdido”, hasta que fue nombrado director de Aguilar (ya en Santillana), donde contó con Luis Suñén y Esperanza Morais y se inventó la colección El Libro Aguilar, “esos libritos blancos”, le dice a Bergsson, “de tapa dura a un precio que podía competir con el libro de bolsillo y que se alimentaba sobre todo del viejo fondo de Aguilar. (…) Juan Benet estaba encantado con esos libritos blancos. Recuerdo que me decía: 'Tienes la culpa de que vuelva a leer una serie de autores que tenía olvidados”. Siguió “tristón por el proceso de reincorporación a Alfaguara”, y el descontento con sus antiguos compañeros de editorial y compañía se hace evidente en las cartas de esa época, aliviado sólo por una perspectiva que le causa esta reflexión (13 de septiembre de 1986): “Lo de Aguilar está hecho un lío y cualquier hilo que tires es un enredo de nudos; pero estoy tomándole gusto. (…) Cuando lo pienso, ésta será la cuarta editorial que me toca relanzar. ¡No sabía que era especialista en algo!”. Terminaría aburriéndose, pero hace una enorme labor, que incluye la atención a las obras completas de su padre, y recibe el elogio público del patrón, Polanco, que lo califica como “Uno de los viejos editores, posiblemente el último que quede en España”, “seguido” este elogio, recoge Salinas en carta a Bergsson, “para atenuar lo de viejo, 'de cuya juventud y vitalidad'...”.

Había empezado en esa tarea de los relanzamientos en 1955, al volver a España, dispuesto a vivir aquí y no en el exilio. Sus últimos años en Aguilar están marcados por la melancolía de lo que no pudo hacer en Alfaguara. Sufre un infarto en 1990, después de un viaje a Barcelona que lo sume en ciertas melancolías, abriga la esperanza de ocuparse del archivo de la generación del 27 en la Residencia de Estudiantes, y languidece el proyecto Obra Completa así como su relación con la editorial que de manera más personal tuvo a su cargo. Dice Bou: “Desde las Travesías que habían caracterizado su vida juvenil había llegado a una etapa de descubrimientos que cambiaron radicalmente el panorama editorial de la segunda mitad del siglo XX”.

Es probable que hoy haya quienes se pregunten quién es Jaime Salinas. Está, de cuerpo entero, en este libro. Fue un hombre discreto y decisivo que en estas cartas se muestra con el corazón y la lengua desatados y a flor de piel. Resumir el libro es traicionarlo. Leerlo es hacerle justicia. Al libro (a los libros) y a Jaime Salinas.

Jaime Salinas con Laura García Lorca y Vicente Molina Foix en la Residencia de Estudiantes en 1999.
Jaime Salinas con Laura García Lorca y Vicente Molina Foix en la Residencia de Estudiantes en 1999.

El archivo eran las cartas

Muchos querían que Salinas publicara la continuación de Travesías, sus memorias de antes de volver del exilio americano. Pero él se escudaba en que las editoriales para las que trabajó no habían cuidado sus archivos, así que no había manera de rastrear esa historia.

Eso le decía también a Bou. Hasta que éste se reunió con Bergsson y con otro gran amigo de Salinas, Luis Revenga, cineasta, inquieto seguidor de todo lo que Jaime hizo por la cultura editorial española. Los tres coincidieron en que esa larga correspondencia que habían tenido los dos amantes, uno en Islandia, otro en España, podría ser la base de una historia que es ahora la que, fundamentalmente, contiene Cuando editar era una fiesta.

La idea cobró cuerpo “hace tres años”, cuenta Bou, “cuando nos reunimos Bergsson, Revenga y yo en un restaurante chino con menú de tres euros, de los favoritos de nuestro amigo islandés”. No iba a ser una biografía de Salinas, “me interesaba más su voz memorialística”.

Están, pues, esas cartas, “algunas que nos ha pasado su sobrino Carlos Marichal, y un año sabático dedicado enteramente a la memoria de Jaime”. Además, un libro que le ha servido a Bou para saber qué fue del mundo al que Salinas se adentró cuando, en 1955, cambió el exilio por España. Ese libro es La historia de la edición en España, que le evitó huecos que ahora ya no hay en la propia historia editorial de Salinas.