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La leyenda del maillot amarillo

La mítica prenda cumple 100 años como el Grial del ciclismo. Mediado el Tour de 1919, su fundador, su fundador empezó a distinguir al líder con un jersey del color del papel en el que imprimía su periódico

Miguel Indurain posa con sus cinco maillots de ganador del Tour de Francia.
Miguel Indurain posa con sus cinco maillots de ganador del Tour de Francia. Valverdedelcamino

Sábado 19 de julio de 1919. Una nota de color se desliza en medio de los jerséis grises del pelotón que ataca los 325 kilómetros de la 11ª etapa del Tour de Francia, de Grenoble a Ginebra por el Galibier. Es el maillot amarillo. Se llama maillot porque Maillot se apellidaba el fabricante de bonetes parisino que inventó la camiseta en el siglo XVIII. Es amarillo porque amarillo es el papel en el que se imprime L’Auto, el periódico deportivo que inventó el Tour y lo organiza todos los veranos —la edición número 106 de la gran carrera comienza este sábado en Bruselas—. También es amarillo, dice Henri Desgrange, el patrón del diario y de la carrera, porque el amarillo es el color de la esperanza, del sol que ilumina pocos meses después de la gran guerra las ciudades destruidas y las carreteras infames que recorre el pelotón ya no tan gris.

Nadie puede entender cómo pudo haber Tours sin maillot amarillo, la prenda a la que los ingleses, con su magnífica puntería para dar con la fórmula exacta, llaman el Grial del ciclismo.

Solo 12 españoles al mando del pelotón

266 corredores. En las 94 ediciones del Tour disputadas en los últimos 100 años, 266 corredores han vestido al menos un día el maillot amarillo, según la guía histórica de la carrera. 

84 franceses. Los ciclistas franceses son la mayoría en la lista (84 corredores), los belgas son 54, los italianos, 27, y 16 son holandeses. 

12 españoles. Tan pocos como 12 son los españoles que han gozado, hasta ahora, del honor. 126 etapas de las casi 2.000 disputadas en el Tour desde 1919 se han corrido con un español de amarillo.

Siete ganadores. Bahamontes (1959), Ocaña (1973), Perico (1988), Indurain (1991 a 1995), Pereiro (2006), Contador (2007 y 2009) y Sastre (2008) son los españoles que han ganado el Tour.

12 días. Entre Poblet (un día) Errandonea (uno), San Miguel (uno), Igor Galdeano (siete) y Valverde (dos) estuvieron 12 días de amarillo.

El viejo galo Eugène Christophe es el primero que lo luce. Ya saben todos quién es el líder, dónde está. Lo anuncia una pequeña nota a pie de página de L’Auto, tan modesta como una disculpa: “He entregado esta mañana al valiente Christophe un soberbio Maillot Jaune. La lucha por su posesión será apasionante”.

El 18 de julio de 1959, Federico Martín Bahamontes llegó de amarillo al Parque de los Príncipes y dijo: “Federico ya no está loco. Federico ha ganado el Tour”.
Que Bahamontes estaba loco lo sabía todo el mundo desde cinco años antes, desde el día de 1954 en que llegó el primero con 14 minutos de ventaja a la cima de la Romeyère, y como no quería bajar solo esperó al pelotón tomándose un helado sentado en la cuneta. “No fue una locura. Yo solo quería entonces ganar la montaña, ¿para qué iba a seguir solo?”, dice Federico 65 años más tarde. “Pero cuando en 1959 volví a pasar en fuga por ese puerto ya no me paré a tomar el helado. Entonces ya quería ganar el Tour”.

Bahamontes corona acompañado de Charly Gaul, a quien le dice en el descenso hacia Grenoble: ‘Colabora conmigo, para ti la etapa, para mí el maillot’. “Fausto Coppi, el patrón de mi equipo, andaba tieso. Tenía que pagar a muchos gregarios, y no le daba lo que ganaba, así que un día, cazando en Toledo, me dice, ‘Federico, olvídate de la montaña. Ayúdame. Tienes que ganar el Tour’. Me retiré de la Vuelta con un ántrax de siete cabezas, pero me preparé bien en la Vuelta a Suiza”, dice Bahamontes, que recuerda que cuando logró el maillot amarillo en Grenoble, el 13 de julio, el único que se enfadó fue Langarica, el director del equipo español. “No le gustaba que yo corriera atacando y volviendo a atacar. ‘¿Y ahora, cómo lo vamos a defender?’, me gritó. Le respondí que luchando”.

Bahamontes tiene 90 años y, viudo de Fermina, sigue en Toledo. De vez en cuando baja hasta el almacén en el que tiene su oficina y sus recuerdos, la bici del Tour con el sillín Brooks siempre en buen estado, un maillot amarillo enmarcado, cientos de papeles y una máquina de escribir. “Aquí estoy, luchando, la vida se ha puesto cuesta arriba”, dice. “Era más empinado el Tourmalet, pero lo subía más fácil, no sufría. Los que sufrían eran los que intentaban cogerme… Ahora soy el más viejo ganador del Tour vivo. Todos se mueren. Todo llega en la vida, hasta la muerte”.

Los 60 días de Indurain

También llegó Miguel Indurain. En la historia del Tour, solo Merckx (111 veces), Armstrong, el proscrito de los siete Tours borrados (83), e Hinault (79) han estado más tiempo de amarillo que Indurain, quien lo vistió 60 días y ganó cinco Tours seguidos, de 1991 a 1995. Froome se ha quedado en 59; Anquetil llegó a 52.

A Indurain, navarro del 64, le dicen extraterrestre con admiración y con cierto punto de fastidio. Rompió el molde y acabó con los tópicos que querían que el ciclista español fuera escuálido, renegrido y escalador. Y el Indurain íntimo, tan silencioso sobre su vida, tan pudoroso con sus sentimientos, tampoco cuadra con lo que se espera de un deportista. Los que han vivido a su lado coinciden en que el día que más feliz le han visto ha sido el viernes 19 de julio de 1991, cuando subió al podio de Val Louron después de una etapa de 234 kilómetros en los Pirineos, un ataque en el Tourmalet y un descenso y una colaboración con Chiappucci —para ti, la etapa, le dijo al italiano como Bahamontes a Gaul, para mí el amarillo—, tiró la gorra de Banesto al aire y, para pasmo y consternación de José Miguel Echávarri, se caló una del Crédit Lyonnais, amarilla, a juego con el primer maillot amarillo de su vida. Y los ojos le chispeaban. Después, como líder que era, voló al hotel en helicóptero, sin los atascos que castigaron a los demás. Y él, años después, resume así, frío y funcionarial, ese momento: “Los 60 maillots tienen su valor porque significan que has estado siempre delante, has superado muchas adversidades y no has tenido mala suerte. Y eso es muy difícil conseguirlo. Guardo con especial recuerdo el de Val Louron porque fue el primero y porque significa que por fin consigues algo que llevas buscando mucho tiempo, y el de París del 91 porque ese día haces realidad un sueño que tienes desde niño al ganar el Tour”.

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