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Landa quiere soñar

Llegan los Pirineos y el alavés habla de “atacar, atacar y poner todo patas arriba”

Landa, durante una etapa del Tour.
Landa, durante una etapa del Tour. EFE

Cae la canícula que aplana el Midi y en el Tour es más ligera porque en medio del aire tórrido se cuela la brisa alegre que anuncia que las montañas ya están ahí, esperando. Cuando en el Tour huele a Pirineos los escaladores se exaltan e imaginan imposibles, condenados, ya lo saben, por lo inevitable.

Les jalea Christian Prudhomme, el jefe de todo esto, que condecora por cumplir 20 Tours a un par de periodistas españoles, Carlos de Torres y Jesús Gómez Peña, y les habla de Federico Bahamontes y de Luis Ocaña, apóstoles de lo imposible, y anuncia que le ha pedido al Águila de Toledo, el decano de los ganadores del Tour aún vivos, 91 años, que se pase por los Campos Elíseos para recibir un homenaje. “Ese día”, dice Prudhomme, feliz, viendo volar en su imaginación infantil su Tour soñado, e imposible, “quizás tengamos que festejar a otro español, a Enric Mas, o, como digo yo, Plus”.

Pero no es Mas, sino Landa, quien intenta seguir la idea trazada por Prudhomme y dice, exaltado: “Quiero atacar y atacar y poner todo patas arriba”. Casi sin terminar de acabar la frase, sin embargo, Landa recuerda que, aunque la visita de su padre, que le conforta siempre tras su caída, haya hecho brillar una brizna de ánimo en sus ojos, sigue estando negativo (o realista) y añade: “Pero todo habrá que hacerlo con cabeza, que esto es el Tour”.

Pensar en revolucionar las montañas del Tour con cabeza es rendirse, desesperarse, y ni el mapa del primer día de Pirineos, este jueves, ni la incrustación el viernes de una contrarreloj, la prueba de la cordura, animan a perder la cabeza.

El Peyresourde —desde Luchon, como hace 109 años a las cuatro de la mañana, cuando se convirtió en el primer gran puerto de los Pirineos con el que se atrevía el Tour— no llega hasta el kilómetro 130, lo que regala al perfil de la etapa un páramo larguísimo que los directores ya han comenzado a rellenar con corredores en fuga de todo pelaje: tácticos, aventureros, oportunistas. Después del Peyresourde no llega como en las etapas clásicas el Aspin, sino su hermano gemelo, la Hourquette d’Ancizan, y al final de su descenso la meta en Bagnères de Bigorre.

Lo inevitable, dicen y al aceptarlo bajan la cabeza, es que el Ineos del líder virtual, Thomas (a 1m 12s de Alaphilippe, el líder real), comience su tarea de control defensivo, su hábito desalentador, sumando ya a sus cuentas el rédito que calculan extraerán de la contrarreloj.

“Y esa es justo la esperanza”, dice Txente García Acosta, el director del Movistar, que encarna la voz de la única aspiración. “Habrá equipos que querrán que sus líderes gasten poco pensando en la contrarreloj. Pero otros intentaremos que la montaña les empiece a cobrar al menos un poco de sudor”.

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