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Muere Felice Gimondi, el gran rival de Merckx

El exciclista italiano, ganador de un Tour, tres Giros y una Vuelta, sufrió un infarto mientras nadaba en el mar

felice gimondi
Felice Gimondi, en el Giro de 1978.

En Giardini Naxos, una playa de Sicilia se ha muerto, de un infarto, Felice Gimondi, el ciclista italiano que más hizo sufrir a Eddy Merckx. Tenía 76 años. Había comenzado a montar en bicicleta a los 10, con la bici de su madre, Angela Salvi, la cartera de Sedrina, el pueblo de la provincia de Bérgamo en el que había nacido el 29 de septiembre de 1942. Como los más grandes, como Merckx, como Coppi, como Anquetil, Gimondi ganó el Tour en su primera participación. Fue en 1965, a los 22 años, al año siguiente de ganar el Tour del Porvenir.

Después llegó Merckx.

Es uno de los siete ciclistas capaces de lucir las tres Grandes Vueltas en su palmarés

“Le he complicado la vida, lo sé”, escribió Merckx en el prólogo de una autobiografía de Gimondi. “Pero parece que ninguno tiene en cuenta cuánto me la ha complicado él a mí. Para derrotarlo muchas veces me he tenido que castigar el alma. Además, un joven que llega al profesionalismo y gana enseguida el Tour, y luego la París-Roubaix y la París-Bruselas, y luego el Giro y la Vuelta y Dios sabe cuántas carreras más, y el Giro de Lombardía y la Milán-San Remo, no puede ser considerado un campeón como tantos. Es un fenómeno”.

El Caníbal le ganó siempre, salvo en una ocasión. En agosto de 1973, Gimondi ganó en el circuito de Montjuïc, en Barcelona, el campeonato de mundo. Fue, sorprendentemente, el más rápido de un cuarteto que resumía toda una época del ciclismo: les ganó a Merckx, a Freddy Maertens y a Luis Ocaña.

Ganó tres Giros (1967, 1969 –aquel en el que Merckx fue descalificado por un control antidopaje positivo-- y 1976), y ganó la Vuelta de 1968. Solo otros seis ciclistas en la historia (Merckx, Anquetil, Nibali, Hinault, Contador y Froome) han ganado las tres grandes por estapas, y aquella victoria en la ronda española, por delante de Pérez Francés, le hizo tan popular que en los pueblos a los Félix los amigos empezaron a llamarles Feliche, tal como se pronuncia el feliz Felice del hijo de la cartera de Sedrina, una mujer inconformista, la única mujer que en su época se atrevía a andar en bicicleta por el pueblo, eran los años 20 y 30 del siglo pasado, y que murió a los 103 años. “Y lo veían tan escandaloso que el párroco del pueblo me dijo que si me hubiera visto montando en bicicleta me habría tirado”, contaba la madre de Felice, a quien obligó a montar en bici para que le echara una mano repartiendo el correo sobre todo por las calles más empinadas. “Y Felice terminó siendo también cartero efectivo y en bicicleta”.

Solo el día después de ganar el Tour, renunció Gimondi al puesto de cartero de Sedrina. Ya fue entonces plenamente ciclista profesional con el Salvarani, y marcó una época. “Fue mi rival más duro sencillamente porque era el que más se parecía a mí”, abunda Merckx en su prefacio. “No se contentaba nunca, no se rendía nunca”. Gimondi fue el prototipo del ciclista completo: excelente rodador, buen escalador y dotado de una buena punta de velocidad imbatible cuando la carrera había sido dura. Testarudo, aplicado y con un sentido innato de la carrera, las características ideales de los corredores por etapas. Fue profesional 15 años, y siempre estuvo en el mismo equipo, que en 1973 dejó de llamarse Salvarani para pasar a ser el Bianchi, y casi siempre con el mismo director, Giancarlo Ferretti.

Tiziana se llama su mujer y Federica y Norma, sus dos hijas.

Era de Bianchi, de la bici celeste, como de Bianchi fue Coppi y lo fue después Marco Pantani, que ganó el Tour de 1998 pedaleando sobre una Bianchi, y fue el primer italiano que ganaba el Tour después de Gimondi. Y Gimondi, ejecutivo y embajador de la Bianchi, estuvo en París felicitándole en el Arco del Triunfo, y unos meses más tarde, el primero de junio de 1999, estaba también en el hotel de Madonna di Campiglio del que salió Pantani escoltado por carabinieri después de haber sido expulsado de un Giro que tenía ganado. Con la mirada y los pasos perdidos Gimondi, como todos, andaba e iba y volvía por el pequeño vestíbulo, sin parar, desorientado pero elegantísimo, como siempre. Contemplaba el fin de una época del ciclismo, un deporte que no volvió a ser lo mismo por lo que él había luchado.

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