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Barça, yo soy tu padre

Este viernes se cumplen 50 años de la publicación del artículo ‘Barça!, Barça!, Barça!’ de Manuel Vázquez Montalbán en la revista 'Triunfo'

Manuel Vázquez Montalbán, en 1998.
Manuel Vázquez Montalbán, en 1998. Getty

Solo una vez han tumbado al FC Barcelona en el diván del psiquiatra. Y quien le desveló todos sus traumas freudianos le podía haber dicho, a lo Darth Vader con Luke Skywalker: “Yo soy tu padre”. Era un joven de 30 años recién cumplidos, patillas un poco largas y anchas, gafas oscuras de pasta negra en rostro redondo, el recién 3.432 en el Registro Oficial de Periodistas franquista. La consulta tuvo lugar en esa excepcional universidad de papel de los años sesenta y setenta que fue la revista Triunfo, en su número 386, el del 25 de octubre de 1969. En la cabecera por antonomasia de la Transición española, se dieron cuenta enseguida: “Un reportaje excepcional de Manuel Vázquez Montalbán (autor de Crónica Sentimental de España) sobre el Barcelona C.F. (…) que da todas las claves de un problema con una lucidez y un estilo no vistos hasta ahora”, rezaba la nota introductoria del artículo Barça!, Barça!, Barça! [puede consultarse en www.triunfodigital.com]. Sí, anunciado como si fuera una atracción de circo.

Sabían lo que decían porque estaban atisbando, desde sus páginas, el nacimiento de una estrella periodística. Tras dos años de tenerlo hibernando en un cajón, la cabecera había dado salida al fin, pocas semanas antes en cinco entregas, al reportaje-análisis Crónica sentimental de España, retrato inaudito, sin parangón, de la sociedad española. No se había visto nada igual hasta entonces. Vázquez Montalbán llevaba entrenándose para un texto así desde hacía ya un tiempo, en lo que podría llamarse su etapa de escritura subnormal: precoz en todo, ahí estaban sus libros Una educación sentimental (1967), Reflexiones ante el neocapitalismo (1968) y, tras el artículo, Manifiesto subnormal (1970), por no hablar de sus psicodélicos e hilarantes textos alimenticios en la revista de decoración Hogares modernos. En la estela de una improbable lectura de Ponche de ácido lisérgico, de Tom Wolfe (1968).

En modo iconoclasta, el deporte no se le escapaba como herramienta de análisis social: despreciado por los intelectuales, especialmente marxistas, que lo consideraban puro cloroformo social en manos del poder para desmovilizar a las masas, Vázquez Montalbán (1939-2003) había iniciado su cruzada para mutar el deporte, y el fútbol en concreto, de opio del pueblo a caro y deseado perfume intelectual. Bajo el seudónimo de Luis Dávila (que usaba para esa materia y los temas musicales y de televisión; la baja cultura, vaya) estrenaría en 1961 un ámbito en el gris periodismo de la época, como haría con la comunicación social, la gastronomía la poesía, la decoración o el eurocomunismo.

Qué y cómo lo dijo lo venía apuntando desde que era becario meritorio en el falangista diario Solidaridad Nacional y en la segunda y tercera entrega de la propia Crónica sentimental de España. La tesis del artículo deportivo era mostrar qué había detrás del famoso triple grito “Barça, Barça, Barça” del himno y que coreaba el estadio, analizar el club como “médium que establece contacto nada más y nada menos que con la propia historia del pueblo catalán (…) la única institución legal que une al hombre de la calle con la Cataluña que pudo haber sido y no fue”, escribe; y lo mejor: que el público era consciente de lo que representaba la institución, de la necesidad de “salvar los restos del naufragio” tras la Guerra Civil, antes de que lo verbalizara Narcís de Carreras, el presidente inventor en aquellas fechas de la frase “El Barça es más que un club”.

Portada del artículo publicado en la revista Triunfo hace 50 años.
Portada del artículo publicado en la revista Triunfo hace 50 años.

La forma de decirlo era todo un festival, un catálogo de la inteligencia: había cultura popular a partir de fragmentos de coplas o punzantes referencias a locutores de televisión (Miguel Ors) junto a referentes de la alta cultura como el simbólico poeta Salvador Espriu, el épico (y republicano) Alberti de Oda a Platko o el historiador Ferran Soldevila; la habilidad para diseccionar sociológicamente el aficionado culé, de la tribuna a la gradería general; el buscar el símil velado con la realidad sociopolítica del momento; la fina ironía para desmontar a los intelectuales o a la gauche divine barcelonesa, o para caricaturizar a jugadores como Reina, Marcial o Rexach, contraponiéndolos y sabiendo descifrar el porqué de las simpatías del respetable hacia el Lluís Pujol “trabajador, sencillo, modesto e inspirado”. También estaba la capacidad de encarar memoria histórica (del club, de la Cataluña republicana) con la realidad, y, claro, no podían faltar unas costillitas de cordero a la brasa con bolets. Todo formaba parte del sustrato sentimental de la sociedad catalana y española.

El fondo de armario de MVM venía de la tradición de lo que había escuchado en su barrio de perdedores de la Guerra Civil del humilde Raval barcelonés, la transmisión de una serie de valores (ciudadanía, catalanidad, republicanismo) a través del vehículo del deporte que había promovido, precisamente, bajo el lema Esport i ciutadania, el presidente del Barça Josep Sunyol i Garriga, que los fascistas fusilaron en agosto de 1936. Espíritu que reflejaban periodistas de la época como Josep Maria de Sagarra, Josep Maria Planes, Carles Soldevila, Carles Sindreu, a los que había leído… Política y deporte, pues, un dúo que convertirá en divisa y que acabará proporcionándole el título de uno de sus libros, publicado en 1972, como Dávila…, pero con prólogo de un tal MVM.

La única institución legal que une al hombre de la calle con la Cataluña que pudo haber sido y no fue (El Barça)

Medio siglo después, de ese artículo queda absolutamente todo: era la primera vez que el Barça se explicaba a España y en Cataluña se asentaba la tesis que el propio Vázquez Montalbán formularía aún más icónicamente después hablando del equipo azulgrana como “ejército simbólico de una idea de catalanidad popular, laica, sin necesidad de peregrinar a otra montaña sagrada que no sea la grada del Camp de les Corts o del Camp Nou”. Ha sido tan seminal que aún hoy todas las lecturas sobre el club parten de él y ninguna la ha superado todavía. Las nuevas generaciones de periodistas digitales a las que se les obliga a comentarlo lo encuentran plúmbeo, desconocedores también de un posible parentesco con un A. J. Liebling en el boxeo o como casi coetáneo de un Norman Mailer de El combate del siglo entre Alí y Foreman. El periodismo profesional, deportivo o no, debería leerlo, o releerlo, para evitar epítetos y prosas poéticas y contextualizar más y entender mejor cómo o por qué lanzar cargas de profundidad. Y el Barça, también debería repasarlo: vincula el periodista los politizados y convulsos años entre 1931 y 1939 y el descenso de socios en ese periodo, algo sobre lo que podrían hacerse extrapolaciones entre la entidad y su masa social en estos tiempos de procés independentista. Bien le iría al Barça poder hablar con su padre.

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