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Los bocadillos de Perico que envidiaba Indurain

Nacido como Reynolds y llamado ahora Movistar, el equipo ciclista navarro, el más antiguo del mundo, celebra sus 40 años ininterrumpidos

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Miguel Indurain y Pedro Delgado, en el Tour de 1989. Cordon Press

Federico, Perico, Indurain, Pereiro, Contador, Sastre.

De los 24 ganadores del Tour que siguen vivos, seis son españoles, tres son franceses y tres británicos, y luego hay un par de holandeses y otros tantos belgas. Los ocho restantes son, uno de cada, de Estados Unidos, Irlanda, Dinamarca, Alemania, Luxemburgo, Australia, Italia y Colombia.

Nadie en España hacía cuentas de este tipo en 1983, cuando, en su cuarto año de existencia, el Reynolds de Arroyo y Perico conoció el Tour, que era la obsesión imposible de un loco anquetilista afrancesado y su cabeza llena de pájaros, José Miguel Echávarri, el director e ideólogo del equipo.

Pedro Delgado, en el Alpe d´Huez en el Tour de 1988.
Pedro Delgado, en el Alpe d´Huez en el Tour de 1988. Reuters

Que Bahamontes, en el 59, y Ocaña, en el 73, hubieran ganado el Tour siendo españoles se consideraba por la gente normal una anomalía histórica, victorias de dos genios inclasificables, no un indicio de que quizás no fuera una tarea tan inalcanzable. Cuando regresaron de una carrera a la que habían ido tan asustados y desesperanzados como unos condenados a trabajos forzados. Perico, Arroyo, que ganó una etapa y terminó segundo, y sus compañeros eran otras personas, otros ciclistas, deportistas convencidos de que no solo era una carrera hermosísima el Tour, sino también de que algún día la ganarían una o más veces.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que al ciclismo español, tan dado, como el país, a pasar del pesimismo negro al optimismo luminoso en un pispás, le comenzara a parecer más difícil no ganar que ganar el Tour, y que el verdadero problema fuera la convivencia entre tantos ganadores.

Solo nueve años después de aquel debut del 83, Perico, que ya ha ganado un Tour y ha lamentado no ganar alguno más que tuvo a su alcance, comparte habitación con Indurain, que va camino de ganar el segundo de sus cinco Tours. Echávarri les ha juntado pensando que la experiencia de Perico, convertido en capitán de ruta o gregario de lujo, como se decía entonces, le vendría bien al silente y calmo Miguel, pero la unión no funciona. Una tarde, Indurain le deja caer a su masajista que no estaría mal cambiar de compañero de habitación y se va a dormir con Gorospe. “Es que yo no tenía problemas de peso y todos los días me comía un buen bocadillo con una cerveza, y él, un rodador pesado que tenía que estar fino en la montaña, se tenía que privar del placer y sufría viéndome”, cuenta Perico en la película que emite estos días Movistar + para conmemorar los 40 años que ha cumplido aquel Reynolds revolucionario suyo y de Arroyo, que, con las mudas de piel obligatorias por los cambios de patrocinio, se hizo luego el Banesto establecido de Indurain, el Illes Balears del joven Valverde, el Caisse d'Épargne del increíble Tour de Pereiro y, finalmente, el Movistar actual del Valverde campeón, Nairo y demás.

Ángel Arroyo, en el Tour del 1983.
Ángel Arroyo, en el Tour del 1983. afp

Es el equipo ciclista más antiguo del pelotón mundial. También es uno de los que más triunfos ha conseguido. El equipo más identificado con el Tour, con sus siete victorias, pese a que dos españoles triunfadores en París, Contador y Sastre, nunca llevaron su maillot. Contador estuvo a punto de hacerlo en 2011, y Sastre, después de crecer en su cantera amateur, se pasó a la ONCE, a la competencia. Y una Vuelta cada década: Perico en los 80, Olano en los 90, Valverde en los años 2000 y Nairo en los 2010.

Si le preguntan a Arroyo, él también añadiría su Vuelta, la del 82, de la que le despojaron por un positivo que aún rechaza unos días después de que José Barrionuevo, teniente de alcalde de Enrique Tierno en Madrid, le impusiera el último maillot amarillo en la Castellana. Y ese mismo maillot amarillo lo enseña Arroyo en un desayuno organizado por Europa Press el miércoles pasado en Madrid en el que junto a Perico, Valverde, Lastras y Unzue cuenta las batallas de los 40 años de su equipo que se engrandecen y se hacen hasta tiernas por su forma de contarlas. “La historia es una mentira”, llega a decir Arroyo, que entiende que muchas de las anécdotas que surgen se cuentan sin respetar la verdad exacta de lo que ocurrió. “Pero esto sí que fue verdad”, dice, y muestra un maillot amarillo de lana fina en el que está cosido, en el pecho y en la espalda, el emblema de Reynolds. “Este es el maillot que llevé en las últimas etapas de la Vuelta del 82. El emblema lo recortamos de una bolsa de avituallamiento y lo cosió la madre de José Miguel Echávarri”.

Cuando se presentó, en enero de 1980, con un maillot rosa, del ciclismo español ya había desaparecido el Kas y la Vuelta estaba a punto de desaparecer. Estaban el Colchón CR, el Flavia, el Zor, el Henninger, el Kelme, el Teka y la Peña Manzaneque.

Valverde, en el Tour de 2014.
Valverde, en el Tour de 2014. AFP

En el mundo mandaban el Splendor, el Ti Raleigh, el Bianchi, el Gis, el Inoxpran, el Renault y el Peugeot. Patrick Lefévère, el mánager del Deceuninck, daba sus primeros pasos de director deportivo en el equipo belga Marc, que corría con bicicletas Carlos, y Eusebio Unzue ya circulaba por allí aquel 1979 en el que Juan García Barberena, patrón de Inasa, la empresa navarra que fabricaba el papel de aluminio Reynolds que dio el OK a la propuesta de José Miguel Echávarri de hacer profesional un equipo que llevaba varios años de amateur, y se compadecía del mínimo presupuesto que le presentaron (15 millones de pesetas). Unzue quería ser ciclista, pero a los 18 años los hermanos Legarra, los primeros impulsores del grupo, le dijeron que mejor que fuera director. Comenzó llevando a los juveniles, luego a los aficionados y en 1984 pasó con los mayores, con los que aún sigue. Y se ríe con las historias que cuentan sus chicos.

Indurain no está para desmentir a nadie, y tampoco lo haría el navarro, tan calmado. En la película de Movistar da por buena la historia del bocadillo que el mismo Perico que la cuenta a veces la trastoca, y dice que en realidad Indurain pidió otra habitación porque a él le gustaba leer hasta tarde, y Miguel era de dormir pronto. Da la razón a la desconfianza de Arroyo, pero así es Perico, que trastoca cada vez que la cuenta la razón por la que llegó tarde al prólogo de Luxemburgo del Tour de 1989. Y todos son así, y todos engrandecen así los recuerdos.

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