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Laia Sanz: “No nos quedan muchas ganas de dar gas”

Tras el accidente fatal que terminó con la vida de Paulo Gonçalves, los pilotos, testigos casi todos del suceso, se preparan para volver a la competición

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Toby Price, durante la etapa siete en la que falleció Gonçalves. En vídeo, los detalles del accidente del portugués. AFP

Venía de surcar unas dunas y justo asomaba la cabeza a una llanura cuando vio a lo lejos una moto que volaba por los aires. Toby Price, 32 años, piloto de KTM y ganador del Rally Dakar en dos ocasiones, se paró sin dudarlo un segundo junto al cuerpo de Paulo Gonçalves, 40 años, decimotercer Dakar, que acababa de tener una caída fatal. “Supe al momento que estaba muy grave”, explica un día después. Intentó salvarle la vida. Adecuó su cuerpo, avisó a las asistencias y solicitó el helicóptero de emergencia.

Al cabo de unos minutos llegó Stefan Svitko. “Hicimos todo lo que pudimos, intentamos que respondiera de alguna manera”, cuenta. Pero la respuesta no llegó. Tampoco la obtuvieron los doctores, que trataron de reanimarlo, lo intubaron y finalmente lo trasladaron en helicóptero hasta el hospital más cercano. “Me costó casi 20 minutos recuperarme y volver a subirme a la moto. Las asistencias tuvieron también que consolarnos a Svitko y a mí”, sigue Price, a quien se le amontonan los recuerdos amargos. Ambos estaban destruidos.

En estado de shock se quedó Kevin Benavides, excompañero de Paulo en el equipo Honda y muy amigo del portugués. Cuando llegó al lugar del accidente unos minutos más tarde también se detuvo. Quería ayudar. Pero como ya lo estaban asistiendo los doctores se quedó junto a Price, que lloraba desconsolado mientras Svitko permanecía junto al cuerpo de Gonçalves. Benavides vio una moto Hero y pensó que el piloto a quien trataban de salvarle la vida era Joaquim Rodrigues, cuñado de Paulo. Se marchó cuando le aseguraron que no podía hacer nada más. E hizo 200 kilómetros hasta el siguiente repostaje sin quitarse de la cabeza lo que acababa de vivir. “Pensando en cómo le iba a decir a Paulo que era su cuñado”, explica 24 horas después.

Benavides se enteró de la confusión al encontrarse con el resto de competidores en aquel repostaje, una parada angustiosa para todos, como lo fue la etapa, pues la mayoría pasó por aquel fatídico punto y vio el despliegue, ya que Gonçalves había sido de los primeros en tomar la salida en la especial. “Me puse muy mal. Me sentí mal por haberme ido, por no haber pensado que fuera él, por no haber prestado más atención. Me quedé tirado en el piso. Me tuvieron que ayudar a levantarme”, recuerda Benavides. Tras el impacto de la noticia todavía le quedaban unos 60 kilómetros por recorrer. “Estuve llorando hasta el final. No podía creer que fuera él. Aceleré solo por él”.

Completar la especial fue un martirio para la mayoría de participantes. “Los últimos 260 kilómetros fueron muy difíciles, era complicado asimilar el roadbook e intentar concentrarse en lo que tenías delante”, cuenta Price. A los tres les fue devuelto el tiempo perdido en el lugar del accidente. De hecho Benavides sería, reajustados los cronos, el ganador de la etapa.

El accidente que acabó con la vida de Gonçalves, ocurrió “en una zona muy rápida y abierta, la llamamos plato, la haces a todo gas”, explica Price. La etapa del domingo era “exageradamente rápida, todo planos a fondo, cruzabas un cordón de dunas de 500 metros, luego otra vez a fondo; y así todo el rato”, apuntaba Benavides. Se corrió a 125 km/h de media. “Lo que pasó fue una desgracia. Es cierto que la etapa era peligrosa, porque cuando una etapa es rápida pero vas por pistas el libro de ruta continuamente te marca los peligros, pero en una zona fuera de pistas no se marcan los peligros. Era, además, una etapa que no dependía de la técnica sino de quién le metía más narices”, añade Sanz.

El domingo atropelló a los pilotos con la peor noticia. La quietud se apoderó del vivac desde media mañana, los pilotos se asomaron más que nunca a las zonas comunes, al comedor, a la plaza, en busca de refugio y calor, de charla y desahogo. Y para cuando se celebró la reunión habitual de las ocho con el director de la carrera ya habían decidido que no correrían este lunes. Por respeto a Paulo y a su familia. En homenaje al equipo Hero, que abandonó la prueba. “Sería como continuar el Dakar como si no hubiera pasado nada”, señala Laia Sanz. Y, tras un minuto de silencio, comieron y cenaron en el comedor, en compañía de otros pilotos.

Este lunes fue un día extraño en el vivac. La etapa discurría en torno a Wadi Al Dawasir, de modo que las motos, al no competir, tampoco tenían que desplazarse a ningún otro lugar. La mayoría de los pilotos se recluyeron en sus autocaravanas o con sus compañeros. Trataban de asumir las cosas, de pasar un duelo corto y necesario. De prepararse para volver a correr. Trabajaron especialmente en ello quienes trataron de salvarle la vida a Gonçalves. Como Price, que tuvo el apoyo psicológico de los médicos del equipo y hacía una lectura positiva: “Me reconforta el saber que estuvimos allí e hicimos todo lo que pudimos”.

“Un día así sí te preguntas qué haces aquí y si vale la pena. Más si vienes con alguien tan cercano como es mi caso”, indica Sanz, que corre por primera vez el Dakar con su pareja, Jaume Betriu (FN Speed). “No nos quedan muchas ganas de coger la moto y dar gas”, añade. “Cada día que nos subimos a la moto nos jugamos la vida, pero seguro que si preguntas a cualquiera en el vivac te dirá que no quiere dejar de correr. Es nuestra pasión. También lo era para Paulo. Amaba el Dakar y el deporte. Siempre se estaba riendo. Solo confiamos con no encontrarnos con muchos días como estos, pero sabemos que en este deporte pasan estas cosas”, concede Price. “Somos pilotos y afrontamos todos estos riesgos. No estamos acostumbrados a que pasen estas cosas, pero sabemos que pueden pasar. Ahora vamos a valorar mucho más otras cosas. Yo seguiré haciendo lo que me gusta. Seguiré por Paulo y por mí”, cierra Benavides.

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