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El hilo ganador del Madrid que va de Di Stéfano a Ramos

Amancio, Del Bosque, Mijatovic y Cañizares analizan el gen que hace imbatible a los blancos en las finales

Sergio Ramos celebra su gol en el penalti decisivo de la tanda contra el Atlético.
Sergio Ramos celebra su gol en el penalti decisivo de la tanda contra el Atlético. REUTERS

Cuando en la marcha de Cristiano Ronaldo a la Juventus aún cabía la marcha atrás, el portugués mantuvo una conversación con un directivo del Real Madrid en Abu Dabi. Eran los primeros días de diciembre de 2017 y el equipo blanco se encontraba en el emirato para disputar el que terminó siendo su quinto Mundial de Clubes. El portugués tenía entonces ya muy decidido que al final de esa temporada abandonaría el Bernabéu rumbo a Turín. Según una fuente conocedora de esa reunión, para persuadirle de que se quedara, el ejecutivo del Madrid no le habló de dinero, sino que recurrió al cobijo ganador que podía procurarle el club blanco. Le auguró que le resultaría mucho más difícil sumar otra Champions u otro Balón de Oro lejos de Chamartín.

Entre los escasísimos clubes en condiciones de usar este argumento para negociar un fichaje, el caso del Madrid resulta especialmente único. Desde hace décadas, cuando pisa las finales, las atraviesa con una seguridad insólita. Las 13 Copas de Europa que acumula desde 1956 las ha obtenido en 16 finales. Solo tres derrotas: las mismas que el Barcelona para cinco títulos o que el último campeón, el Liverpool, para seis. Lejos de las siete finales perdidas de la Juventus, que tiene dos Orejonas.

Este rasgo ganador se ha extremado bajo el mando de Zinedine Zidane: nueve victorias en nueve finales, la última el domingo en la Supercopa de España contra el Atlético en Arabia Saudí (0-0 y 4-1 en los penaltis). Por el camino, victorias con todos los registros y sin un sello definible más allá de la propia victoria: con remontada, con dominio, con empate agónico, en los penaltis, con juego y sin juego.

Amancio Amaro, goleador en la final de la Copa de Europa de 1966, la sexta de los blancos, atribuye el origen de este desempeño que desafía los cálculos de probabilidades más optimistas al futbolista que cambió la historia del club: “Viene arrastrado por el sentir de Alfredo di Stéfano, que se ha transferido de generación en generación. Él nunca se veía perdido”, dice. “Con él se trataba de exprimirte al máximo, de que al acabar no te quedara energía”.

Su influjo lo encuentra ya determinante en ese triunfo de 1966, tras las finales perdidas en 1962 y 1964. “Con un equipo casero, de la cantera, y después de eliminar a los favoritos, el Inter de Helenio Herrera, Luis Suárez y Peiró, queríamos emular la historia del equipo de las cinco Copas de Europa”, cuenta. Al retirarse, Amancio se dedicó a alargar el hilo de esos rasgos en la cantera, donde acunó a la Quinta del Buitre antes de que precisamente Di Stéfano les diera la alternativa en el primer equipo. “Yo siempre les decía que para llegar al primer equipo había que llamar a la puerta pidiendo paso, que a uno no tenían que llamarlo”, recuerda.

Hay también una voz importante de la historia del Madrid que discrepa de la teoría de la transmisión. Vicente del Bosque, dos Champions como entrenador, una final perdida como jugador, en 1981 contra el Liverpool, la última derrota en un partido así del Madrid, cree que “no hay algo que se transmita de generación en generación”. En su lectura no cabe lo “místico”, sino que es todo más terrenal: “El Madrid gana más porque tiene mejores jugadores. Hasta para ganar por penaltis hay que tirarlos bien. El Madrid llega a más finales y es normal que gane más. Todo el que está en el Madrid diez años al final acaba ganando títulos”, dice.

Amancio: "Viene arrastrado por el sentir de Alfredo di Stéfano, que se ha transferido de generación en generación. Él nunca se veía perdido"

Desde el club coinciden en subrayar la importancia de los jugadores: “Este Madrid invierte más, mejor y es más certero que los pasados”, sostienen. Y apuntan además al impacto de la propia historia del club en los contrarios: “Llegados a una final, el peso competitivo del escudo es enorme, y eso se cuela por las rendijas de los vestuarios rivales”, dicen. También percibía eso Del Bosque: “Siempre puede ser que el Real Madrid cree un respeto en los contrarios”, dice.

No solo en ellos. Cuando Pedja Mijatovic llegó a La Castellana en 1996, sufrió un impacto inmediato: “Nada más aterrizar te meten este virus ganador. Escuchas constantemente: ‘Esto es el Madrid, aquí solo vale ganar, esto es el Madrid”, recuerda. “Sentía el peso de haber sido el mayor traspaso de la historia, 1.250 millones de pesetas al Valencia. Yo no dormía”.

Mijatovic marcó en 1998 en Ámsterdam un gol que supuso uno de los puntos de giro de la historia del Real Madrid. Su tanto a la Juventus dio al club su séptima Copa de Europa, la primera después de aquella de Amancio: 32 años de sequía. “Nadie nos daba como favoritos y eso nos motivó. Yo sabía que era la primera y la última vez que iba a jugar una final. Y así fue. Lo hablábamos, vivíamos con eso”, revive. “Además, si no ganábamos, a ver quién tenía pelotas de volver a Madrid”.

Aquel equipo de Ámsterdam también alistaba a Santiago Cañizares, que después probó esa rara pócima de la victoria desde el lado de la víctima, como portero del Valencia derrotado en la final de 2000 en París, la octava, con Del Bosque en el banquillo blanco. “En el Madrid se vive la necesidad de ganar, desde muy pequeño se está obligado a ganar. Allí, no ganar es sinónimo de problema grave, y eso, que se aprende desde muy joven, es un gen que viene muy bien también a los que luego dejan el club”, dice el exportero.

Mijatovic: "Nada más aterrizar te meten este virus ganador. Escuchas constantemente: ‘Esto es el Madrid, aquí solo vale ganar, esto es el Madrid"

Cañizares recuerda la gravedad con la que se les presentó la final de Ámsterdam, que se canalizó en una reunión más o menos espontánea la noche anterior en torno a las camillas de los fisios: “Fuimos tomando conciencia de lo importante que era ganar, romper con la historia, que es una cosa muy seria”, recuerda, y atribuye a los líderes de la caseta como portadores de esa idea de responsabilidad con el legado: Chendo, Hierro, Sanchís, Raúl, Redondo y Mijatovic. “Mucho carácter, pero no mucho ego”, resume el montenegrino.

A la calidad de la plantilla y el empuje mental de los caudillos, hoy concentrado en Sergio Ramos, autor del cabezazo de Lisboa, Mijatovic añade a Zidane para explicar la época actual: “Los que eran ganadores cuando jugaban transmiten seguridad. Pensar que llegan los penaltis y los vas a ganar tú otra vez. Algunos lo llaman suerte, pero es seguridad, y eso es lo importante. No es solo suerte”, dice.

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