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Tribuna:DEBATES

Europa en una encrucijada

¿HACIA UNA EUROPA SIN FRONTERAS? España acaba de asumir la presidencia de la Unión Europea, a los tres meses de la puesta en práctica del Convenio de Schengen, por el que 10 países comunitarios (España, Portugal, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, Italia, Grecia y Austria) acordaron la eliminación de fronteras y la libre circulación de personas. Pero su funcionamiento ya está siendo cuestionado. Uno de los principios del acuerdo está en el endurecimiento del control de las fronteras externas. En estas páginas se analizan las luces y sombras de un modelo en el que subyace una forma de entender la Europa del futuro, en un mundo de migraciones masivas y economía globalizada.

Concidiendo con la puesta en práctica del Convenio de Schengen hemos asistido a un despliegue de información relativa a las ventajas derivadas del mismo. Se nos ha explicado cómo podemos llegar de Valencia a Berlín, de Madrid a París sin atravesar aduana alguna, circulando al fin como ciudadanos de un único territorio. Se han modificado aeropuertos y estaciones marítimas, y todo es mucho más cómodo para los poseedores del pasaporte granate de la Unión Europea (UE). Efectivamente, la libertad de circulación, la supresión de las fronteras, no puede ser vista sino como un éxito en el difícil camino de la UE. Se trata de un hito, un progreso que anuncia el camino a seguir. Sin embargo, al mismo tiempo aparecen sus sombras como una manifestación más de ese toma y daca que parece el destino mismo del proceso de construcción de Europa. En realidad, se trata de advertir que, todo y con ser positivo, ése no es el único ni el más positivo de los caminos a recorrer por el proyecto europeo. No podemos contentarnos con la autosatisfacción que producen logros incontestables, sino que debemos preguntarnos por su significado en relación con el objetivo de construcción de Europa.En ese sentido, la lógica de Schengen es una lógica anterior a la Europa de la Unión, a la Europa de Maastricht. Ésa debería ser sólo una estación de paso, y no el destino. Porque puede aprovecharse el éxito de Schengen para reforzar la idea (que conviene sobre todo a intereses no europeos: desde el otro lado del Atlántico y más allá) de que Europa debe ser, sobre todo, una creación cerrada sobre sí misma, satisfecha en su propio bienestar y en su riqueza, recreada en la contemplación de su magnífica historia y de su seguridad presente. En esa Europa, España -la Europa del Sur- tiene un papel ambiguo de guardián de seguridad, de albergue del ocio y el descanso de los europeos (más) ricos.

Dorada 'vía muerta'

Si nos instalamos en esa vía de la lógica de Schengen, pese a las innegables ventajas señaladas, nos arriesgamos a una dorada vía muerta, un refugio para nuestra decadencia, una renuncia a contribuir a guiar posibles progresos en la historia de la humanidad. Frente a ello, es necesario subrayar la oportunidad que se vislumbra, aunque sea muy tímidamente, de' proyectar otra Europa, otra Unión, más acorde con la concepción universalista, abierta al mundo, de los padres fundadores de todo el proceso. Una Europa que, consciente de la globalización, de la mundialización, encuentre su papel en el desarrollo de lo que ha sido su gran aportación en los dos últimos siglos: los ideales que dan pie a la lucha por el reconocimiento de los derechos para todos los seres humanos, por su igualdad, por su emancipación. Son los ideales que cristalizaron en una noción de ciudadanía que, sin embargo, hoy es ya insuficiente. Europa debe ser digna del desafío histórico que puede emprender: arriesgarse a superar lo que es una herencia gloriosa, pero que no puede constituir sólo un espejo para la añoranza de momentos en que tuvimos energía creadora. Se trata de crear un proyecto para el próximo siglo: una nueva noción de ciudadanía y de derechos que no gire únicamente sobre el eje del Estado nacional, que se abra realmente a todos, no sólo para nosotros los europeos, pues en caso contrario fracasará, y nosotros seremos los primeros en perder. Un proyecto basado en el encuentro de pueblos -de gentes, culturas, potencialidades de riqueza social, económica, demográfica- como el que se intuye puede constituir el sentido de la apuesta que conduce ahora España en la actual presidencia de la UE: la apertura en serio a los países del Mediterráneo no europeo, un encuentro en el que, por cierto, España sí puede desempeñar un papel de motor, de dinamizador de propuestas concretas, de agente del cambio.Al principio decíamos que hemos pagado un precio por ese avance indiscutible. Y decimos bien: hemos pagado nosotros, y no sólo los ciudadanos de países terceros. Con esto no sólo arrojamos la carga sobre otros, sino que nos hemos marcado a nosotros mismos. Porque el precio es arriesgarnos a la pérdida de nuestra conciencia como civilización, de nuestras señas de identidad: es el camino hacia la renuncia a la idea de cultura como encuentro, de las libertades como clave de la democracia, de la humanidad como universalidad de los derechos, de lo que. tenemos en común con los que no son tan afortunados como nosotros. Ya ni siquiera tenemos que responder como Caín: ¿acaso somos el guardián de nuestro hermano? Hemos trazado una línea divisoria que separa radicalmente a los europeos de los demás, especialmente de aquellos que nos molestan en la pesada tarea de nuestro proyecto común, es decir, de los que buscan refugio, de quienes tratan de emigrar para mejorar su situación económica, pero también de todos aquellos cuyo contacto nos enriquece.Al principio fue la coartada de la bar ca llena frente al fantasma de una invasión (las masas de refugiados y de emigrantes económicos) que se suponía iba a sepultarnos. Ahora, simplemente un pro fesor que quiera visitarnos para impartir unas clases, un profesional que trate de abrir nuevas relaciones, un empresario que intente encontrar otros mercados, verán incrementarse las dificultades (a fortiori, obviamente, todo aquel que no sea mano de obra "necesaria"). ¿Y aún seguimos preguntándonos por las condiciones para el diálogo intercultural? El modelo que hemos emprendido supone que hay, de un lado, personas que tienen mejor garantizado el libre tránsito -un derecho fundamental- y, de otro, sospechosos que deben someterse a penalidades sin cuento para trasladarse a Europa, aunque sea con el propósito de beneficiarla. Quizá es la hora de que renuncie mos a simulaciones y reconozcamos que hemos asumido que el fin justifica los me dios y que preferimos la comodidad de los europeos que el respeto a los derechos de quienes son ciudadanos de segunda: los extranjeros pobres, es decir, los extra comunitarios pobres.

Valdría la pena tomar la medida exacta de este giro histórico. Se trata de una apertura exclusiva, por no decir simplemente la exclusión. No era ése precisa mente el mensaje de los fundadores de una Europa universalista. Se dirá que hay que proteger los mercados de trabajo de Europa como se deben proteger los flujos de capitales europeos frente a los del resto del mundo, pero esto es una utopía negativa, pues la economía de Euro pa está ya mundializada, como lo están cada vez más las poblaciones. Se habla ahora de la construcción en los próximos anos de un espacio de libre cambio entre las dos orillas del Mediterráneo. Perfecto. Pero ¿qué pasará con la gente? ¿Se podrá invertir, sacar provecho y dejar fuera al mismo tiempo a los ciudadanos del Sur? ¡Funesta ilusión! Los flujos migratorios seguirán desarrollándose cualquiera que sea la política de fronteras. Pero en lugar de que esos flujos constituyan una oportunidad para el codesarrollo, serán ilegales, indocumentados, y provocarán, por supuesto, cada vez más la xenofobia, el racismo, la etnicización de Europa. No decimos que se trate de abolir desde ya las fronteras externas, sino que se deben plantear concretamente políticas comunes de gestión de los flujos migratorios. Entonces Schengen será un paso positivo para las libertades y los derechos humanos. En caso contrario, cualesquiera que sean los subterfugios utilizados, la política de Schengen quedará como un cierre basado en el temor, el recelo y la indiferencia hacia los mal nacidos del mundo.

Sami Naïr es catedrático de Ciencia Política de la Université Paris VIII y Javier de Lucas es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de julio de 1995