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Reportaje:

Destino: Barça o Barçakh

Miles de jóvenes huyen de Senegal con un lema común: Barcelona o el infierno

Yay Boya Diouf despidió a su hijo el 8 de marzo en su casa de Senegal. Aounne, de 21 años, partía rumbo a Canarias, pero su rastro se perdió días después cuando la patera ya avistaba la tierra prometida. Un sueño truncado en el mismo Atlántico que atrae a miles de jóvenes con un lema: "Barça o Barçakh", Barcelona o el infierno. Huyen de un país pobre, corrupto y donde la pesca se acabó. Como cuenta un joven, "se van tantos que nos hemos quedado sin jugadores para la liga".

No es una playa como las demás. Nadie se baña ni toma el sol. Una mezquita se alza sobre la arena. Las olas bañan, agrietan y destiñen los vivos colores de las maderas de los cayucos, que se alinean a orillas del mar y que ya sólo sirven como divertimento para los niños. Huele a podredumbre y a pescado seco. Una hilera de desperdicios de todo tipo marca el nivel del agua, mientras las cabras hacen intentos vanos por encontrar algo comestible entre tanta basura. Centenares de personas se mueven taciturnas en medio de ese paisaje tan desolador y decadente como bello. Hombres que arreglan redes, mujeres que parecen querer arreglar el mundo en sus acaloradas conversaciones, niños que gritan y corren... En Thiaroye (46.000 habitantes), una población pesquera cercana a Dakar, la capital de Senegal, hay poco o nada que hacer. Pero su imagen esconde todas las claves. Tras esa instantánea están las razones de la estampida de los miles de personas que hoy abarrotan las comisarías y los centros de internamiento de extranjeros de las islas Canarias.

"Que levante la mano el que no tenga trabajo", pidió el presidente. Y miles de jóvenes senegaleses sin futuro alzaron sus brazos

La respuesta de los jóvenes es la huida. Así que se encomiendan a Dios y pagan dinero a su marabú para que rece por ellos

La pesca se ha acabado. "Las concesiones a los grandes barcos extranjeros han terminado por saquear los caladeros y ahora hay que pagar por una licencia de pesca", dice Tamsir Ndioye, de 37 años, recientemente repatriado por las autoridades marroquíes tras su primer intento fallido. Los cayucos se quedan en tierra o son adaptados para hacer "la travesía de la fortuna". Los jóvenes no tienen empleo, y los pocos que quedan -se han marchado al menos 500 de aquí hacia Canarias- pasan los días en la playa o viendo la televisión en sus humildes viviendas. Sólo piensan en cómo salir. En cuándo llegará su momento. "Él se fue y le devolvieron. En el próximo viaje voy yo también", comenta un chico mientras cose con su amigo una red de pesca. "Nos hemos quedado sin gente para la liga de fútbol del verano", dice otro con sarcasmo. Y lo cierto es que cada vez quedan más mujeres con sus bebés, y más viejos... y más familias arruinadas por esa travesía suicida que cuesta unos 500 euros.

¿De qué huyen?

"Que levante la mano el que no tenga trabajo", dijo el presidente. Y miles de jóvenes alzaron sus brazos en este país africano localizado en la punta oeste del continente: Senegal. El mismo que, bajo la hegemonía francesa, fue enclave del comercio de esclavos con América en los siglos XVIII y XIX. Corría el año 2000, y Abdoulaye Wade, un prestigioso abogado de Dakar con varias licenciaturas obtenidas en Francia y ex primer ministro de Estado -como se conoce aquí a los ministros sin cartera-, ganaba las elecciones contra todo pronóstico con un 54% de los votos.

Eran los comicios más participativos (más del 50% de la población ejerció su derecho al voto) desde que Senegal obtuvo la independencia de Francia en 1960 y se proclamó una república democrática multipartidista. Esto último se lo tomaron muy en serio: hay unos 70 partidos. Los jóvenes (cerca del 50% de sus 11,9 millones de habitantes) habían votado masivamente por el cambio, hastiados de no encontrar trabajo y de una clase política inoperante. Pero lo que ignoraban es que el ansiado cambio sería a peor.

Wade, a sus 74 años líder del Partido Democrático de Senegal (PDS), ganó las elecciones con una campaña ideada por el que después sería su primer ministro, Idri Saseck, en la que prometía trabajo para todos.

Aquellas promesas se le han vuelto en contra en los últimos meses. Todos aquellos ingenuos que levantaron la mano, hoy están dispuestos a montarse en un cayuco y cruzar 1.200 kilómetros de mar hasta Canarias, la puerta trasera de Barcelona o Madrid, en busca de ese trabajo inexistente aquí. "Barça ou Barçakh", repiten los jóvenes de Thiaroye. Barça (por Barcelona, más conocida aquí por el fútbol) o "Barçakh", el término en wolof (la lengua autóctona) para designar al infierno. "Barcelona o el infierno", ésa es ahora la idea detrás de cada una de las manos alzadas entonces.

La situación del empleo no sólo no ha mejorado, sino que ha ido a peor si cabe en este país en el que la mayor parte de la gente vive de la venta callejera de cualquier tipo de cosa de primera, de segunda o de tercera mano. Y los privilegiados que consiguen un trabajo oficial cobran sueldos míseros. Un profesor gana 300 euros al mes mientras que el alquiler de una casa normal, en cánones senegaleses, cuesta 250.

El resultado es un país destartalado con núcleos urbanos de calles polvorientas, construidos a base de infraviviendas en las que se hacinan familias de hasta 20 y 30 miembros. Eso sí, como en casa de Tamsir, pueden seguir las noticias de los desembarcos de sus compatriotas en Canarias, el Festival de Cine de Cannes y el Roland Garros. En las zonas rurales es diferente: no tienen ni agua potable.

A pesar de la miseria que envuelve a este país productor de cacahuetes, algodón, pescado y petróleo, los que se van no son los que peor están. Huyen los que han superado ese eslabón básico y ponen sus ojos en el siguiente."Aquí no hay horizonte. Los chicos tienen formación, pero no tienen dinero y en su medio familiar no les valoran. El camino deja de ser el del título universitario y pasa a ser el del dinero", comenta Tapsir Ba, profesor del Departamento de Español en la Universidad de Dakar, con 10.000 plazas en las que se hacinan cerca de 50.000 estudiantes.

"Los que pueden se compran un visado en el mercado negro. Los que no, piden una beca para el extranjero. Y los que no la consiguen, optan por la solución más arriesgada: el cayuco. Muchos de mis alumnos ya están en Madrid o Barcelona vendiendo CD en las calles. Estamos perdiendo a los mejores", agrega Tapsir Ba.

Ahondar las diferencias

En los últimos cinco años se ha hecho más profundo el abismo que divide a la población senegalesa. Apenas hay clase media. Hay ricos cada vez más ricos, y pobres cada vez más pobres. Los casos de corrupción sacuden a la clase política del país, que, sin embargo, recibe más ayudas de la comunidad internacional que ningún otro Estado africano (200 dólares por habitante frente a los 25 del resto) y que maneja un presupuesto anual que se ha duplicado (de 900 millones de euros a 1.800) en ese mismo periodo de tiempo por los impuestos que cobran a las empresas inversoras, que suele ascender hasta el 35% de sus beneficios. También en el caso de las 10 empresas con capital español que hay en el país en sectores como pesca, automoción o alimentación y que dan empleo a senegaleses.

El despliegue diplomático español también ha llegado aquí, aunque los 11 delegados en la zona todavía están poniendo a punto ordenadores y teléfonos. Y aunque empieza a haber devoluciones de quienes han podido llegar a Canarias (aunque sea sin acuerdo de repatriación), los cayucos siguen saliendo cada noche. "Hay delegados en la zona creando las condiciones que posibiliten firmar acuerdos políticos que permitan controlar las fronteras", explica el coordinador de la delegación, Miguel Ángel Fernández de Mazarambroz.

Entretanto, el presidente Wa-de, que el miércoles se reunió con el secretario de Estado español de Exteriores, Bernardino León, para negociar una colaboración en el control de los flujos migratorios con contrapartidas económicas, se dedica a proyectar obras faraónicas al más puro estilo Ruiz-Gallardón en una ciudad como Dakar, donde las cabras pastan por las calles en medio de un gentío y un tráfico incesantemente atascado. Y la lista de escándalos financieros de sus ministros y asesores aseguran que crece y crece.

Karim Wade, el joven hijo primogénito del presidente, posible candidato a sustituir a su padre y responsable de la organización de la Conferencia Islámica de 2007, es un personaje muy controvertido al que la oposición le acusa de manejar ingentes cantidades de dinero de los países árabes y de ahuyentar a las empresas extranjeras por sus intentos de cobrarles enormes comisiones.

El ex primer ministro Saseck, destituido y encarcelado siete meses, acusado de un presunto "atentado contra la seguridad del Estado" por haber gastado teóricamente más dinero del que disponía (o haber mirado demasiado el sillón presidencial), ha sido puesto en libertad por falta de pruebas. Su nombre suena como candidato a la presidencia por la oposición.

Cuarenta ministros y otros tantos asesores, entre los que se encuentra casi a modo de chiste una cartera de Ocio y Calidad de Vida, se han multiplicado los sueldos: unos 15.000 euros mensuales, mucho más de lo que cobra un ministro en España (unos 6.400).

También se ha duplicado el presupuesto de los fondos reservados, ese dinero del que la prensa, bastante combativa, no cesa de informar en relación con pagos ilegales a magistrados y otros cargos públicos.

Mientras el dinero vuela no se sabe muy bien adónde, la población soporta continuos cortes de electricidad porque el Estado no paga los servicios de la principal empresa eléctrica.

Y, por si fuera poco, el presidente Wade, ante las protestas de la ciudadanía y en un ataque de "generosidad", regala 25 millones de euros al Estado a la par que retrasa unas elecciones legislativas que estaban previstas para este mes de junio, con la excusa de que no hay dinero para la campaña.

Amenazas de muerte

"Se están dando cuenta de que perderían las elecciones y tratan de aplazar lo inevitable", asegura Amath Dansokho, vicepresidente de la Asamblea Nacional, en el salón de su casa. Dansokho fue el político que gestó el triunfo de Wade en 2000 y posteriormente se convirtió en ministro de Vivienda durante un año. Hoy, fuera del Gobierno y tras denunciar públicamente los mecanismos de corrupción de la Administración, ha estado a punto de ser encarcelado por injurias y está amenazado de muerte.

Blanqueo de dinero

"La pobreza ha crecido desde un 57% hasta un 87%, según datos del Ministerio de Finanzas. Han dejado que se blanquee aquí todo el dinero del mundo en forma de ladrillos y han acabado con las principales fuentes de ingresos del país: la pesca, al otorgar concesiones a otros países que esquilman nuestros caladeros y obligan a nuestros pescadores a pagarse licencias, y el turismo, al cobrar comisiones a las empresas. El país está hecho un desastre, y lo siguiente a la estampida de la emigración es una guerra civil. Estamos ante una cuestión de seguridad nacional", afirma. Pese al apoyo de Wade a la guerra de Irak, nadie se explica cómo la comunidad internacional sigue dando dinero.

Los jóvenes senegaleses se han cansado de ver tanto despotismo y derroche. Se han hartado de ver cómo el Fondo Nacional para la Promoción de los Jóvenes o la Agencia Nacional para el Empleo de los Jóvenes no son más que proyectos que sólo han cristalizado en acusaciones de mala gestión del dinero entre sus responsables.

La respuesta juvenil es la huida. Así que se encomiendan a su dios, pagan dinero a su marabú (protector espiritual local) para que rece por ellos y se van como sea. "La llave de las fronteras las tienen los marabús. Los jóvenes sólo creen en ellos. Mientras estos líderes locales se sigan lucrando a su costa, les seguirán animando a irse", dice el profesor Tapsir Ba.

Descubierta la posibilidad de llegar hasta Canarias en un cayuco después de que las fuerzas de seguridad de Marruecos y Mauritania sellaran otros puntos de partida, una única y arriesgada posibilidad ocupa sus mentes: "Barça ou Barçakh". Y se van por centenares, desde Thiaroye, Yoff, Hann, Rufisque, Mbour, Ngaparou, Point Serene, Bargny, Yenne... Y unos llegan y otros no.

Las tres caras de la suerte

1 Un viaje de ida y vuelta y...

En la casa de Tamsir Ndiaye vuelven a pasarse las horas muertas, que son casi todas, mirando la televisión. Siguen con minucioso interés todas las noticias relativas a los cayucos y su llegada a Canarias. Él, de 37 años, y sus dos primos, Khalil y Marocan, de 33 y 38, respectivamente, saben bien de qué va eso porque ya lo han vivido. Se subieron en un cayuco los tres, junto con otras 78 personas, y ya están de vuelta, preparando de nuevo la travesía suicida. "Nos hemos dado una tregua porque están las cosas feas por allí. Hay más vigilancia. Pero pronto saldremos", comenta Tamsir desde un inmenso salón lleno de sofás y sillones en la vivienda que comparte con 30 familiares en Thiaroye, un pueblecito pesquero a las afueras de Dakar.

Tamsir ha hecho de todo. No terminó el bachillerato, pero habla francés y algo de español. "La pesca hace tiempo que dejó de ser rentable. Hay que comprar licencias. No tenemos sistemas de refrigeración ni de transporte y a veces tenemos que tirar el pescado. Todo lo que aprendimos en alta mar nos sirve sólo para viajar a Canarias", dice.

Salieron el 5 de abril, tras pagar 400 euros al pasador. Y les pilló una tempestad que les obligó a alertar a la Marina marroquí. Los rescataron y pasaron tres semanas en Dakhla. "Nos trataron muy bien", asegura Tamsir. Y después fletaron un avión y los devolvieron a Dakar. Y así terminó el primer intento, además de con un terrible sentimiento de frustración y de vergüenza con sus familias, que habían invertido mucho en el empeño.

"El viaje no es más peligroso que cuando salimos a pescar. Es una aventura apasionante", dice. "Si pidiera un visado y me lo dieran, ni me plantearía esta opción, pero conseguir un visado es imposible. Por eso, Barça ou Barçakh".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de junio de 2006

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