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EL PULSO COLUMNA i

En España sí hubo ‘hippies’ (pregunten a Ordovás)

El hippismo nacional no tuvo medios escritos: no existió nada parecido al fenómeno de la prensa underground

Ordovás en los 70 en California.
Ordovás en los 70 en California.

Parafraseando el título de Jardiel Poncela, habría que preguntar: “pero… ¿hubo alguna vez 11.000 ­hippies?”. Puntualicemos: hippies locales y en la España franquista. Y sí, los hubo, aunque se hizo lo imposible por ocultarlo. De hecho, resultaría más fácil rastrearlos a través de atestados policiales y sumarios judiciales.

¿Cómo es que nadie lo ha historiado? Apenas dejaron testimonios, aparte de un puñado de discos. El hippismo nacional no tuvo medios escritos: no existió nada parecido al fenómeno de la prensa underground. Fue imposible responder, por ejemplo, a la campaña de demonización del hippismo que, tras los crímenes de Charles Manson, inició el Abc. O denunciar los no menos despistados reportajes de las figuras de la gauche divine, que volaron a California en viaje organizado por el Bocaccio de Oriol Regàs.

Cuando aparecieron medios contraculturales, como Ajoblanco y Star, ya estábamos en 1974. Al año siguiente, con Franco residiendo todavía en El Pardo, se celebraron festivales de rock –Burgos, Canet– que supusieron la salida a la superficie de aquellas tribus dispersas: los de ciudad, los del campo, los que se concentraban en Ibiza y Formentera…

Es una epopeya que rara vez se ha contado. Quedan como referencia las crónicas retrospectivas de Pau Malvido, el hermano Ernest y Pasqual Maragall, recopiladas en libro por Anagrama como Nosotros los malditos. Y puede sorprender que el reciente El futuro ya está aquí (Huerga y Fierro Editores) venga firmado por Jesús Ordovás, un periodista identificado con la movida o el indie pop. Ferrolano de 1947, Ordovás era un habitual de la plaza de Santa Ana madrileña, punto de encuentro para nativos inquietos y hippies foráneos de paso. El futuro ya está aquí es el relato de sus viajes. La Guardia Civil espantaba de Baleares a los hippies pobres e incluso dificultaba que se organizaran comunas, invocando la Ley de Salubridad e Higiene. En el puerto de Valencia, a Ordovás un quinqui nervioso le clavó la navaja cerca del corazón. Urgía irse a Europa.

Nada que ver con On the road, el libro fundacional de Jack Kerouac. Con un par de direcciones, uno llegaba a una ciudad e intentaba buscar alojamiento y un trabajo que le permitiera cubrir las necesidades básicas, incluyendo discos y conciertos. Y no todo el monte era orégano: París o Estocolmo fueron poco acogedoras. Róterdam y Londres mostraron caras más amables. En esas temporadas, Ordovás recopiló material para su libro sobre Bob Dylan, que resultaría un best seller. Pudo independizarse e incluso peregrinar a la patria de la contracultura: California.

Allí comprobó que el sueño hippy se había agriado hacía años. Con todo, es posible que Ordovás hubiera seguido rebotando por el planeta. Pero, en su vuelta a Madrid, descubrió a una ciudad en transformación: sus compañeros underground se habían puesto en marcha. Pedro Almodóvar, el de Telefónica, rosaba su primer largo. Herminio Molero había diseñado Radio Futura. Jesús Ordovás decidió que este Madrid era bien interesante. Y necesitaba un cronista apasionado.

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