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EL PULSO COLUMNA i

‘Marginalia’ libresca

Existe desde que los monjes medievales copiaban manuscritos a destajo

Anotaciones realizadas por David Foster Wallace en la novela Jugadores, de Don DeLillo.
Anotaciones realizadas por David Foster Wallace en la novela Jugadores, de Don DeLillo.

En El idioma materno (2014), el escritor Fabio Morábito nos regala un puñado de espléndidas prosas acerca del hábito de marcar o subrayar los libros. Morábito deplora esa costumbre, pero abrochó El subrayador con una reflexión que acaso describa los sentimientos encontrados de aquellos lectores que jamás se atrevieron a profanar ningún volumen de sus estanterías: “Ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y buscan en vano en los libros leídos una marca cualquiera hecha de pasada, al descuido, para intuir algo de lo que eran, algo de lo que han sido”.

Los subrayados, las dedicatorias, los comentarios y las llamadas de atención que muchos lectores estampamos sobre nuestros propios libros (porque garabatear un libro ajeno, más que una profanación, es una grosería) constituyen lo que los especialistas denominan marginalia, concepto acuñado por el poeta Samuel Coleridge, furioso subrayador y anotador en los márgenes de las páginas de los ejemplares de su biblioteca personal, y sobre todo en los que sus amigos le prestaban precisamente para que se los devolviera “enriquecidos”.

En realidad, los marginalia existen desde que los monjes medievales copiaban manuscritos a destajo, desahogándose muchas veces sobre los mismos pergaminos con expresiones como “Saint Patrick of Armagh, deliver me from writing” (San Patricio de Armagh, libérame de escribir) o “Now I have written the whole thing; for Christ’s sake give me a drink” (Ya lo he escrito todo; dame una copa por el amor de Dios). Los comentarios anónimos forman parte de los marginalia apocrypha, materia de divertidas exposiciones como la organizada por la New York Society Library –Readers Make their Mark– o de homenajes como Marginalia, poema de Billy Collins dedicado a las glosas anónimas en los libros y en especial a una que atribuyó a una chica que imaginó hermosa porque garrapateó así un ejemplar de El guardián entre el centeno, de Salinger: “Pardon the egg salad stains, but I’m in love” (Perdonad las manchas de ensalada de huevo, pero estoy enamorada).

Los comentarios que muchos lectores estampamos sobre libros constituyen lo que se denomina marginalia

Existen genuinos especialistas en marginalia, pues solamente la Universidad de Oxford cuenta con un equipo de 2.503 expertos dedicados a espigar los rastros de lectores singulares por bibliotecas públicas y privadas. En Argentina, Laura Rosato y Germán Álvarez exhumaron las anotaciones de Borges a través de 500 libros y organizaron en 2010 una exposición de marginalia borgeana en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Por otro lado, Anna Garner –responsable de la Berg Collection de la New York Public Library– reunió en una divertida exposición las notas más lapidarias que Mark Twain, Vladímir Nabokov, Ted ­Hughes y Jack Kerouac, entre otros, propinaron sobre ejemplares dedicados con “todo cariño” por otros colegas de fatigas literarias. En España, Francisca Moya ha identificado numerosas apostillas de Quevedo en los márgenes de diversos impresos de la biblioteca del convento de los Carmelitas Descalzos de Madrid, y Soledad González Ródenas ha rescatado ­anotaciones divertidísimas por los dispersos volúmenes que pertenecieron a Juan Ramón Jiménez.

Los marginalia se multiplican por la Red, y así los fetichistas podemos contemplar las austeras notas a lápiz de Herman Melville en el excelente portal Melville’s Marginalia o dejarnos abrumar por la fastuosa exuberancia de los marginalia del malogrado Foster Wallace. En 1844, Edgar Allan Poe estampó esta declaración de amor a los marginalia: “Siempre he apreciado un amplio margen; no porque le tenga una especial querencia, aunque me agrade, sino por la facilidad que me brinda de escribir a lápiz pensamientos, acuerdos y diferencias de opinión, o breves comentarios críticos en general”. Por eso me apresuro a recomendar Marginalia: Readers Writing in Books (2001), de Heather Jackson, porque los enamorados del papel somos los últimos degustadores de placeres inconfesables como acariciar lomos, desvirgar volúmenes intonsos o escribir desvariantes en los márgenes.

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