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Malnutrición y malaria, sinergia devastadora

El hospital del distrito de Dioïla, en Mali, es uno de los símbolos de la lucha contra la malaria en el país, donde el acceso a los cuidados de salud sigue siendo un reto

Una madre desansa junto a sus dos hijss aquejados de malnutrición en la Unidad Nutricional Intensiva del hospital Dioila el 7 de noviembre de 2016 en Dioila, Malí. Ver fotogalería
Una madre desansa junto a sus dos hijss aquejados de malnutrición en la Unidad Nutricional Intensiva del hospital Dioila el 7 de noviembre de 2016 en Dioila, Malí.

Los caminos polvorientos y plagados de baches en la región de Kulikoro, en el sur de Mali, hacen que los viajes sean largos y tediosos. El hospital del distrito de Dioïla, a unos 160 kilómetros al este de la capital, Bamako, es uno de los símbolos de la lucha contra la malaria en este despoblado rincón del país. El distrito, relativamente grande, cubre alrededor de 210 pueblos con una población estimada de 335.000 habitantes. El hospital colabora con 22 centros de salud comunitaria en la periferia. La malnutrición y la malaria son las patologías más tratadas en estos centros.

Cuando al pequeño Oumar, de tres años, empezó a subirle la temperatura corporal, sus padres decidieron llevarle al centro de salud comunitario del pueblo. Pero ante a la rápida degradación de su estado, el personal médico del centro aconsejó a los padres llevarlo al hospital de Dioïla. Oumar moría apenas 30 minutos después de su admisión. “Empezó a tener fiebres altas hace unos tres días, pero en realidad debía tener los síntomas desde hace más tiempo. La malnutrición que sufría no había hecho más que empeorar su estado. Llegó muy tarde y no pudimos salvarle la vida” cuenta el doctor Moussa Bagayoko, médico jefe del distrito de Dioïla y responsable del hospital.

Desafortunadamente, el caso del pequeño Oumar no es algo aislado e ilustra de manera muy real la virulencia de la malaria y la malnutrición en las regiones pobres, donde los servicios sanitarios suelen presentar deficiencias. “Encontramos frecuentemente casos así, cuenta la doctora Traoré. "Son cuadros de paludismo grave complicados por anemia; perdemos a los pacientes muy a menudo porque vienen muy tarde. El caso de hoy ha llegado con una tasa de hemoglobina de un gramo, cuando lo normal son 12. Oumar ha llegado tarde. No hemos podido hacer nada”.

Comunmente asociado a la malnutrición, el paludismo es la patología que mata más niños, sobre todo durante la época de lluvias, de junio a octubre. Durante este período, el clima favorece la formación de aguas estancadas y, a su vez, la proliferación de mosquitos, vectores de transmisión de la enfermedad. Además, la época coincide con la fase de transición de cosechas, lo que implica la mayor exposición de la población a la falta de alimento.

Mali, como muchos de los países del Sahel, posee una alta tasa de malnutrición. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la de tipo agudo afecta a más del 13% de los niños entre cero y cinco años, mientras que el nivel de alerta internacional está situado en el 10%. Respecto a la crónica, el umbral de alerta internacional está situado en el 20%. Ahora bien, en Mali alcanza más del 28% en menores de cinco años. Esto marca un problema de salud pública de grandes dimensiones que acrecienta la vulnerabilidad de los niños frente a la malaria.

Es complicado saber cuántos menores de cinco años mueren cada año de malnutrición y paludismo en el distrito de Dioïla. Aún así, según la OMS, la enfermedad es la primera causa de mortalidad en este segmento de menores en el África subsahariana. Se estima que en 2015 causó más de 429.000 muertes en el mundo, de las cuales más del 90% se dieron en África subsahariana, en regiones de parecidas características a las de Dioïla.

La malaria es la primera causa de mortalidad en este segmento de menores en el África subsahariana

Para hacer frente a esta amenaza, la población el distrito de Dioïla se beneficia a priori de un acceso relativamente cómodo y extendido a servicios de salud para la región, ya que el 87% de la población vive a menos de 15 kilómetros de un centro de salud. Sin embargo, a todas luces el sistema no parece todo lo efectivo que cabría esperar. Muchas de las estructuras médicas no funcionan de manera eficaz sin el soporte de ONG internacionales. “La falta de recursos humanos, materiales y financieros destapan las carencias de los 22 centros de salud comunitarios y también del hospital —de 160 camas— del distrito”, explica el doctor Bagayoko.

Además, una gran parte de la población está desarraigada de la estructura hospitalaria que es, a menudo, el único recurso en caso de casos que se ven agravados. No es raro entonces el ver familias que se desplazan más de 100 kilómetros en ciclomotor con un niño enfermo para llegar al hospital más cercano. “Una distancia generalmente fatal cuando un niño sufre paludismo desde hace varios días y cuando su estado se degrada por momentos” subraya el doctor

En un país en el que los cuidados sanitarios son de pago y no siempre baratos, no es de extrañar que el hospital sea el último recurso utilizado por las familias mayoritariamente pobres. 56% de los habitantes del distrito viven bajo el umbral de la pobreza. El personal sanitario debe hacer frente frecuentemente a casos más graves o incluso desesperados. El acceso a los cuidados de salud de las poblaciones más desfavorecidas sigue siendo un reto mayor en el distrito.

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