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Dar la batalla por Europa

La extrema derecha está construyendo una coalición de radicales para ganar el partido, pero sólo podrá modificar los límites y las reglas del campo en la medida en que el resto de jugadores se lo permitan

El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, en Roma, el pasado 5 de mayo.
El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, en Roma, el pasado 5 de mayo. AP

La UE nació con una motivación explícita: la de evitar otra guerra europea al incluir a todos los Estados del continente en una institución común. Este objetivo traía consigo una necesidad implícita: los participantes debían aceptar un mínimo común denominador ideológico. Durante décadas, aquellos que no compartían ese conjunto básico de valores escogieron las enmiendas a la totalidad. Pero después del Brexit, la estrategia de quienes no comparten las premisas de la UE ha virado de querer escapar de la institución a cambiarla desde dentro.

Algunos leerán este cambio como una victoria europeísta. Pero, ¿qué sentido tendría una UE vacía de democracia liberal, pluralismo y respecto por las libertades básicas, pero llena de nacionalismo? ¿No sería esencialmente contraria a sus principios fundacionales? ¿Qué gana un edificio con que todos quieran entrar en él si algunos lo hacen cargados de dinamita para demolerlo desde los cimientos?

Los líderes del contraproyecto, y particularmente el italiano Matteo Salvini, aspiran a presentarlo como una plataforma coherente que encaja con las opiniones de una mayoría de ciudadanos europeos. Sin embargo, el ariete de la extrema derecha es mucho más precario: se reduce a coger un asunto específico, el de la inmigración, y convencer a las suficientes personas para que guíen su voto por él. Pero no han movido con ello la posición del europeo medio sobre cuestiones migratorias, que esencialmente se mantiene donde estaba hace una década. Tampoco en lo que respecta a libertades individuales, ni en la defensa de las mismas por parte del Estado. En el plano económico, la ciudadanía demanda si acaso más redistribución, mientras el contraproyecto mantiene tensiones internas que van del proteccionismo lepeniano al ultraliberalismo austriaco.

La extrema derecha está construyendo una coalición de radicales para ganar el partido, pero solo podrá modificar los límites y las reglas del campo en la medida en que el resto de jugadores se lo permitan. La otra opción para ellos parece más fructífera: se trata de desnudar las contradicciones que el rival esconde detrás del fantasma migratorio, de comprender y hacer comprender que la virulencia aparente del ataque no esconde ninguna fortaleza estructural, que no justifica la puesta en cuestión de aquellos principios básicos sin los cuales el proyecto europeo carecería de sentido. @jorgegalindo

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