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El demonio de Pascal

Una investigación de Biobank desvela un serio problema ético con las modificaciones genéticas de He Jiankui

El biofísico He Jiankui en su laboratorio.
El biofísico He Jiankui en su laboratorio. AP

Cuando el hombre quiere transformarse en ángel, dijo Pascal, se convierte en una bestia. En un demonio, debió decir, pero se cortó. Ese es el demonio de Pascal, la catástrofe que generamos al querer arreglar las cosas, con la mejor de las intenciones y la cortapisa de nuestro conocimiento siempre escaso y provisional. La tragedia griega constató de forma minuciosa y despiadada esa maldición del destino que lleva al pobre Edipo, hijo de Layo y Yocasta, a matar a su padre y casarse con su madre, en un verdadero fiestón del sadismo clásico. Seguramente ya no creemos en el destino —la ciencia nos ha disuadido—, pero el demonio de Pascal sigue vivo y en plena posesión de sus facultades mentales. Hablemos del caso de He, el último demonio de Pascal que nos ha regalado el mundo real.

El biofísico He Jiankui, de la Universidad del sur en Shenzhen (China), montó la barahúnda mundial al revelar, hace tan solo ocho meses, que había creado a las dos primeras crías humanas modificadas genéticamente. Dos niñas que nacieron bien y están saludables a su todavía cortísima edad. Hacía unos años que esa posibilidad estaba en boca de todo el mundo debido a la técnica de edición genómica CRISPR, que había puesto la alteración del ADN humano al alcance de cualquier laboratorio de genética con un presupuesto modesto y un estándar ético inmaduro.

A He le cayó la del pulpo por parte de la comunidad científica planetaria, con escasas excepciones que no han tenido mucha relevancia pública, ni tampoco la han buscado con ardor guerrero. En estas situaciones la psicología humana nos lleva a pensar que, bueno, si el chino tiene éxito mejor para todos, y si no que se estrelle él solo contra la pedregosa geología de la realidad. Así estaba el tema hasta hace unos días, cuando afloraron los resultados de un estudio con 410.000 personas que se habían apuntado al proyecto de investigación Biobank del Reino Unido.

Para apreciar la importancia de la cuestión, desocupado lector, tenemos que dedicar un párrafo a entender el gen que He modificó en las niñas. Se llama CCR5, y fabrica un receptor que habita en la superficie de los linfocitos (glóbulos blancos), nuestras células defensivas que circulan por la sangre. El receptor CCR5 es el principal puerto de entrada del virus del sida a nuestro sistema inmune. Un colaborador necesario para la destrucción de nuestras defensas. Hay gente, incluidas algunas prostitutas africanas que no enferman pese a su exposición masiva a clientes portadores, que tiene un agujero en el texto de ese gen. Si esa mutación está en las dos copias del gen (la de papá y la de mamá), la persona está protegida contra el sida de forma muy eficaz. Esa es la modificación genética que He introdujo en las dos niñas cuando apenas eran dos óvulos fecundados. Las niñas parecen estar bien de momento.

Pero la investigación con todos esos cientos de miles de voluntarios del Biobank, presentada en Nature Medicine, acaba de revelar un problema ético muy serio, incluso admitiendo las buenas intenciones del científico chino. Resulta que las personas que, de manera natural, llevan las dos copias mutantes de CCR5, las mismas que ha usado He, se mueren antes: tienen un 21% más de probabilidades de morir antes de los 76 años que los demás. Nadie sabe a qué se debe esto, pero las matemáticas están muy claras. He es la última versión del demonio de Pascal.

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