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Usted no odia a otros, se odia a sí mismo

El enemigo que vemos en los demás suele encontrarse originariamente en nuestro interior. Arno Gruen, uno de los psicólogos sociales más prestigiosos de Alemania, examina la raíz de la violencia humana

Un judío humillado en Munich, en 1933. El cartel dice: 'Soy judío pero no quiero quejarme de los nazis'.
Un judío humillado en Munich, en 1933. El cartel dice: 'Soy judío pero no quiero quejarme de los nazis'. HULTON (GETTY IMAGES)

Klaus Barbie, el carnicero de la Gestapo en Lyon, quien torturó hasta la muerte al combatiente de la Resistencia francesa Jean Moulin, dijo en una entrevista con Neal Ascherson en 1983: “Cuando interrogué a Jean Moulin, tuve la sensación de que él era yo”. Es decir, lo que aquel asesino le hizo a su víctima se lo hizo en cierto modo a sí mismo.

A lo que quiero llegar es a lo siguiente: el odio a los demás siempre tiene algo que ver con el odio a uno mismo. Si queremos entender por qué las personas torturamos y humillamos a otras personas, antes tenemos que analizar lo que detestamos en nosotros mismos. Pues el enemigo que creemos ver en otras personas tiene que encontrarse originariamente en nuestro propio interior. Queremos acallar esa parte de nosotros mismos aniquilando a ese otro que nos la recuerda porque se parece a nosotros. Solo de esa forma podemos mantener alejado aquello que en nosotros mismos se ha vuelto ajeno. Solo así podemos vernos como personas dignas. Este proceso interior que intento describir es omnipresente y nos afecta de un modo u otro a cada uno de nosotros. Quisiera ilustrarlo ahora con un par de ejemplos de mi práctica profesional.

Un paciente me cuenta una vivencia de su infancia. Tenía cinco años cuando su padre se permitió gastarles una broma a dos conocidos que eran hermanos. El padre llamó a los dos hermanos (vivían en casas distintas) para comunicarles que el otro hermano había sufrido un accidente. Al parecer, le parecía gracioso imaginarse a los dos hermanos corriendo absolutamente aterrados para finalmente darse de narices el uno contra el otro a medio camino. Y eso fue exactamente lo que pasó. 

Ese hombre, a quien todo el mundo apreciaba por ser un padre bueno y cariñoso, negaba sus motivaciones sádicas. Su dedicación y su cuidado eran solo una pose con la que encubría lo que en realidad caracterizaba la relación con su hijo, a saber, la falta de sensibilidad y de empatía. Aunque de niño el paciente fue expuesto a experiencias dolorosas e hirientes como la descrita, como adulto a menudo se comportaba exactamente igual que su padre. Un día fue invitado a cenar en casa de un hombre discapacitado. Ese hombre le contó una anécdota en la que un taxista le había ofendido a causa de su desvalimiento, y le habló del sentimiento de miedo y de desamparo que había tenido (el hombre era parapléjico). En la sesión de terapia el paciente contó, lleno de orgullo, que había demostrado a su anfitrión la agresividad con que se habría impuesto él en aquella situación. Ya no tenía acceso a su propia sensibilidad ni a su miedo; por el contrario, rechazaba esos sentimientos, al igual que su padre, por considerarlos una debilidad (…).

Una estudiante de un curso sobre terapia me pregunta durante una clase: “¿Cómo puede ser que yo misma, al trabajar con asilados, tenga de pronto pensamientos racistas? Anteayer hablé con un grupo de jóvenes albanos. Algunos dijeron: ‘Quiero una plaza de aprendiz’. Entonces tuve la sensación de que eran unos extranjeros arrogantes. Ahora, con su conferencia, de repente me ha vuelto a la mente algo antiguo y olvidado: me obligaban siempre a decir querría en lugar de quiero. Por eso odié a aquellos jóvenes albanos, por algo que aprendí a odiar en mí”. 

“El combatiente”, escribe Barbara Ehrenreich en Ritos de sangre (1997), “busca al enemigo y encuentra personas que de forma determinante son reconocibles como él mismo”. En su libro El honor del guerrero (1998), Michael Ignatieff reproduce una conversación que tuvo con un guerrillero serbio en una casa de labranza en el este de Croacia: “Me atrevo a expresarle que no soy capaz de diferenciar entre un serbio y un croata, y le pregunto: ‘¿Por qué piensas que eres tan diferente?’. Él mira a su alrededor con desdén y coge un cigarrillo de su americana color caqui: ‘¿Lo ves? Esto son cigarrillos serbios. Allí enfrente (…) fuman cigarrillos croatas ’. ‘Pero ambas cosas son cigarrillos, ¿no? ’. ‘¡Los extranjeros no entendéis nada!’. Se encoge de hombros y se pone de nuevo a limpiar su metralleta Zavosto. Pero, al parecer, la pregunta le ha irritado. Pasados unos minutos, tira su arma sobre la cama que está entre nosotros y dice: ‘Quiero decirte cómo lo veo. Los de allí enfrente quieren ser señoritos. Se consideran europeos modernos. Pero te digo una cosa: todos somos mierda balcánica’. 

Ignatieff sigue diciendo: o sea, primero me da a entender que croatas y serbios no tienen nada en común. Todo es diferente, hasta los cigarrillos. Pero un minuto más tarde dice que el problema real de los croatas es que se creen “mejores que nosotros”. Al final llega a esta conclusión: en realidad todos somos lo mismo.

En su ensayo El tabú de la virginidad, escribió Freud en 1918: “Precisamente las pequeñas diferencias (entre personas) son, cuando hay otras semejanzas, el origen de los sentimientos de extrañeza y hostilidad entre ellas”. ¿Por qué, se pregunta Ignatieff, los hermanos se odian con más vehemencia que los desconocidos? ¿Por qué los hombres y las mujeres siempre destacan sus diferencias, a pesar de que su material genético es idéntico, salvo uno o dos cromosomas? Su necesidad de marcar los límites entre sí parece ser tan grande que niegan coincidencias innegables, como la capacidad intelectual, y las presentan de otra forma, pese a que está demostrado desde hace tiempo lo contrario. 

La pregunta que está detrás de todo ello es la siguiente: ¿por qué percibimos las pequeñas diferencias como una amenaza? ¿Cómo se llega a la paradoja de que vemos a otro ser como alguien extraño cuando es parecido a nosotros? Cuanto más cercanas son las relaciones entre grupos humanos, más hostiles son, previsiblemente, esos grupos unos con otros. Son los puntos en común los que hacen que las personas luchen entre sí, no las diferencias. 

Ya sean genocidios, torturas o la humillación cotidiana que sufren los niños por parte de los padres, todos estos ejemplos de violencia y odio tienen algo en común: el sentimiento de repulsión ante lo otro, lo “extraño” o “ajeno”. Quienes lo perpetran se consideran “personas”, mientras que los demás no merecen este calificativo. El otro es degradado a Unmensch, al nivel de las bestias. Es como si, mediante este proceso, uno se purificara a sí mismo. Menospreciando y atormentando a otras personas, uno se libera de la sospecha de no ser inmaculado. El hecho de ser puro o de estar manchado pasa a ser una característica que diferencia a quienes son personas de aquellos que no lo son. Así, se desplaza la percepción a lo abstracto. El otro ya no es considerado en su condición humana individual. Ahora es únicamente componente de un grupo. Sus conductas, actitudes y sentimientos concretos desaparecen del campo visual y, en cambio, su personalidad se reduce a un solo atributo: la pertenencia al grupo. Esta abstracción imposibilita ver al otro con empatía.

Arno Gruen (1923-2015) fue un destacado psicólogo y psicoanalista suizo-alemán. Este texto forma parte de ‘El extraño que llevamos dentro. El origen del odio y la violencia en las personas y las sociedades’ que Arpa publica en español el 19 de junio. Traducción de Arnau Figueras Deulofeu.

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