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Los ‘panas’ que vienen

La rápida y masiva migración venezolana comienza a sacudir a algunas sociedades latinoamericanas. ¿Están preparadas para ser países de acogida?

Miles de venezolanos hacen largas filas el pasado viernes 21 de junio en el Centro Binacional de Atención Fronteriza de la ciudad fronteriza de Tumbes (Perú), para intentar ingresar al país por la frontera norte con Ecuador, a pocas horas de que entre en vigor la exigencia de visa humanitaria.
Miles de venezolanos hacen largas filas el pasado viernes 21 de junio en el Centro Binacional de Atención Fronteriza de la ciudad fronteriza de Tumbes (Perú), para intentar ingresar al país por la frontera norte con Ecuador, a pocas horas de que entre en vigor la exigencia de visa humanitaria. EFE

Al comienzo, hace unos tres años, las decenas —o tal vez cientos— de venezolanos que llegaban a Lima, o a otras ciudades del Perú, generaban curiosidad, cierto asombro y frecuentes raptos de gentileza. A los peruanos, que no somos tan tropicales como ellos, nos llamaban la atención su acento, su calidez, sus maneras decorosas y que comenzaran a vender en estas calles tan devotamente culinarias las deliciosas arepas.

Hoy esas escenas callejeras, que no sobresaltaban demasiado ni al Estado ni a los ciudadanos, se han transformado en dramáticos tumultos fronterizos, en colas interminables en las aduanas o en los sitios donde los migrantes venezolanos tienen que regularizar su situación. Hombres jóvenes, mujeres embarazadas, niños, ancianos, personas con discapacidad conforman una marea humana que busca la salvación.

Hay cerca de 600.000 venezolanos en el Perú, más de un millón en Colombia, unos 200.000 en Ecuador, alrededor de 100.000 en Brasil, tal vez 200.000 en Chile y más de 100.000 en Argentina. En relación con el conjunto de la población de estos países no constituyen una cifra aún significativa (en tierras peruanas son el 1,2% de la población económicamente activa), pero su presencia se siente, se escucha, se palpa en el día a día.

Y ha comenzado a alarmar a no pocas personas y en ciertos casos a desatar un sentimiento que, al menos en tierras peruanas, era relativamente desconocido: la xenofobia. Los hijos de este país andino, amazónico, costeño, pluricultural y amable de pronto vimos cómo nos salía de algún rincón de las entrañas una desconfianza algo parecida al desprecio. Un impulso por cargarle al extraño males que ya se conocían.

Como los robos, los asaltos, los secuestros. No los inventaron los venezolanos, por supuesto, pero bastó que algunos de ellos se vieran involucrados en estos hechos violentos para que la tentación de estigmatizarlos rondara. A pesar de que, probadamente, su incidencia en el aumento de los delitos no ha sido significativa, corre el rumor en algunos barrios —de Lima y otras ciudades— de que ellos son los culpables.

De pronto vimos cómo nos salía de algún rincón de las entrañas una desconfianza algo parecida al desprecio

O de que vinieron a agravar las cosas. Uno de los últimos episodios relacionados con este revoltijo social, algo inesperado para las sociedades latinoamericanas, ha sido la expulsión de algunos venezolanos que delinquieron a su país de origen en aviones, como ocurrió en el Perú hace algunas semanas. Simultáneamente, se ha puesto ya restricciones para la entrada de quienes huyen, como pueden, del caos bolivariano.

En el Perú ya se les pide pasaporte y visa humanitaria, aun cuando se sabe que conseguir el citado documento de viaje puede resultar más difícil que sacar a Nicolás Maduro del poder. En Ecuador, también se optó por exigirles pasaporte, pero un tribunal de Quito logró neutralizar la medida. En los países a donde llegan los venezolanos, se cavila entre abrir las puertas cuidadosamente o cerrarlas con candado.

No estamos acostumbrados a estas situaciones, triste y simplemente. Al Perú y otras repúblicas llegaron migrantes desde siempre. Para reemplazar a los esclavos afrodescendientes liberados de las haciendas llegaron chinos coolíes, en el siglo XIX, en un episodio poco feliz de nuestra naciente república. Por esa época también llegaron franceses, ingleses e italianos premunidos de mayores recursos y en clave de libertad.

Más tarde, entre los siglos XIX y XX, llegaron árabes, japoneses. Luego, españoles que huían de la sangrienta Guerra Civil, o europeos que venían para salvarse del espanto de la II Guerra Mundial. A todos ellos le debemos lo que somos, lo que comemos, algunas instituciones (los italianos fueron clave en la creación de compañías de bomberos en el Perú). No hemos sido nunca extraños al natural devenir migratorio de la especie.

Pero la actual ola migratoria tiene dos características inusuales: es abrupta y masiva. En solo un día pueden ingresar 2.000 venezolanos o más. No ocurrió como con otras migraciones —la de los cubanos a varios países o la de los peruanos y bolivianos a Chile y Argentina—, que fueron de flujo lento, progresivo. Sin mucho dolor si se quiere. No. Esta migración, además de ser más grande que las habituales, es veloz y desesperada.

De nuestros países, hace pocos años, la gente se quería ir, sobre todo a Europa o a Estados Unidos, para vivir el american dream o el sueño del progreso en el mundo desarrollado. Ahora resulta que tenemos acá a nuestros propios hermanos de la Patria Grande, huyendo de un régimen impresentable, y no sabemos bien qué hacer. Tendemos a verlos como extraños, cuando son tan parecidos a nosotros, tan latinoamericanos.

Todo país, como es obvio, tiene derecho a regular el flujo migratorio que recibe, pero a la vez debe respetar los derechos de los migrantes con celo e inteligencia. Los países de esta región lo están intentando, con más o menos fortuna, con modos distintos de los europeos probablemente; pero no hemos podido evitar que también instintos básicos salten como resortes desde sociedades que ya tenían bastantes problemas.

En el Perú ya se les pide pasaporte y visa humanitaria, aun cuando se sabe que conseguirlo es más difícil que sacar a Maduro del poder

La xenofilia, que es lo contrario de la xenofobia, no nos la enseñaron, acaso porque juzgamos que no era necesaria. La habíamos aprendido en la práctica, al querer al forastero entre abrazos y manjares, pero cuando irrumpen los venezolanos en masa aparecemos desarmados, incluso a nivel político, porque desde varios gobiernos, o grupos políticos, insistimos más en tumbar al régimen que en edificar el diálogo.

No hay democracia en Venezuela, esa es una crudísima realidad. Y el caos económico es supremo. Hasta el punto de que hoy los venezolanos encabezan la lista de solicitantes de asilo, por encima de sirios y afganos, como ha reportado ACNUR. Por lo mismo, es urgente unir las hebras de la ayuda humanitaria, la negociación política, las estrategias diplomáticas. Y sobre todo poner en el centro a las víctimas, no al deseo de poder.

Los panas (amigos, en jerga venezolana) que vienen son un desafío para las autoridades, para los ciudadanos, para la imaginación por último. Porque no puede ser que la única solución que avizoremos para ellos sea echarlos al incendio de una intervención extranjera, o a la contumaz intransigencia de un proyecto político fracasado por hipotecarse, por enésima vez, a las fauces engañosas del petróleo.

Ramiro Escobar La Cruz es periodista y profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. También colabora regularmente con Planeta Futuro

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