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La glotonería

Llega la hora de la ciudadanía crítica. Sin ella, no será posible que perdure la democracia

Llegada del velero 'Alex' a Lampedusa, el pasado sábado.
Llegada del velero 'Alex' a Lampedusa, el pasado sábado. AP

La democracia contiene la paradoja que la convierte en el sistema más decente para gobernar una comunidad. Es el único que se esfuerza en debilitar al poder, en lugar de lo que suele ser común en cualquier otro mecanismo de gobierno, que no es más que conceder más y mayores poderes a quien lo detenta. Por eso es un sistema crítico, que precisa de ciudadanos con capacidad y en largo plazo tan solo se sostiene con sociedades cultivadas, respetuosas y capaces. Quizá por ello la educación es el pilar más sólido, y de ahí que el atajo para dominar las democracias sea destruir la igualdad educativa y el respeto por el conocimiento. Están en ello y esa es la gran crisis democrática que se avecina. La confianza del pueblo en soluciones autoritarias se obtiene al invitarle a percibir que un poder rotundo, absoluto y paternalista puede ser más eficaz y contundente. Por ello conviene fijar la atención sobre las lecciones casi diarias que ofrece la democracia a sus ciudadanos. Es una evaluación continua, que nos fuerza a andar todo el rato preguntándonos en voz alta si aquello que presenciamos y que nos estimula responde a valores democráticos o los trasciende hasta el capricho del glotón. El último aprendizaje ha venido de Italia, una de las capitales del mundo.

Una joven capitana de barco ha obligado a contrastar las normas de decencia marinera con las supuestas atribuciones del poder político. Al recoger en alta mar a un nutrido grupo de náufragos quiso llevarlos a puerto seguro. El Gobierno italiano se opuso y finalmente la maniobra de atraque se hizo entre regates a la policía costera. Pero han sido los jueces quienes han vuelto a dar otra descripción de los valores democráticos. Por encima de los poderes que otorga el pueblo en sus votaciones mayoritarias persisten los derechos básicos. En este caso, el barco tenía prioridad frente a las políticas nacionales de rechazo a la inmigración. Es un primer recurso y puede tener más recorrido, pero el varapalo judicial ha sido notable. Por eso, el mandatario Salvini corrió a echar contra los magistrados toda la fuerza linchadora que conceden las redes sociales. Los acusó de actuar contra los intereses de la patria y movilizó al pueblo para que, sencillamente, se posicionara contra la democracia. Las instituciones garantistas presentadas como un escollo intolerable al capricho propio.

Reside ahí la paradoja del pueblo enfrentado a la democracia, que es la más ladina de las perversiones del sistema. El apoyo popular, su presunto mandato, alzado contra las normas convivenciales. Salvini, que es inteligente, juega la carta de la soberanía popular usurpada por la institución judicial. Y ahí llega la hora de la ciudadanía crítica. Sin ella, no será posible que perdure la democracia en ningún rincón. La frustración de los grupos ciudadanos que ven limitados sus deseos y reformas tiene que ser correspondida con la pedagogía más básica. Hoy se te limitan a ti los excesos, por más bien intencionado, ilusionado y decente que te consideres. Y se te limitan porque mañana, con la misma excusa, los que consideras indecentes, malvados y oportunistas podrían pisotear los derechos que te protegen. No hace falta ser un genio para entender la disputa. Pero en tiempos de mentiras y reducción de la paleta de colores al blanco y negro, no está de más recordarnos que en democracia un día podemos pertenecer al bando blanco y, al siguiente, al negro.

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