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IDEAS COLUMNA i

Erosión del libre albedrío

El uso de nuestros datos y perfiles digitales para incitarnos a comprar o a votar por algo es ya parte de nuestra vida

Oficiales de la Oficina del Comisionado de Información trabajando en las instalaciones de Cambridge Analytica en el centro de Londres después de que un juez del Tribunal Superior concediera una orden de registro. 23032018
Oficiales de la Oficina del Comisionado de Información trabajando en las instalaciones de Cambridge Analytica en el centro de Londres después de que un juez del Tribunal Superior concediera una orden de registro. 23/03/2018

El libre albedrío es la potestad de las personas para elegir y tomar sus propias decisiones. Tema de filósofos, teólogos y otros donde los haya, sin una creencia general en esta condición la sociedad no funcionaría. No habría responsabilidad personal ni podría sostenerse el derecho, ni mucho menos la democracia liberal. Ni siquiera podría existir el concepto de crimen. Muchos niegan la existencia del principio. Pero suponiendo que exista —lo que es mucho suponer—, los últimos avances en inteligencia artificial, alimentada con los datos que producimos o nos extraen, junto a enseñanzas de la neurociencia, son capaces de anticipar o impulsar lo que vamos a hacer antes incluso de que lo hayamos pensado conscientemente.

Algunas tendencias en neurociencia podrían apuntar a un espejismo con el libre albedrío; otras lo mantienen. La utilización de nuestros datos y perfiles digitales para incitarnos a hacer, comprar algo o votar por una u otra opción es ya parte de nuestra vida. La publicidad, la propaganda, incluso con los nuevos y alarmantes pasos en fakes de todo tipo y cada vez más sofisticados, van en esta dirección. Cambridge Analytica se basó en estas técnicas para enviar propaganda política personalizada, Amazon con lo que nos recomienda o Facebook con lo que nos hace leer. Pero lo que ahora se plantea va más lejos: se trata de adelantarse a nuestros deseos antes de que los tengamos. El buscador de Google se autocompleta antes de que hayamos terminado de escribir lo que indagamos, a veces distrayéndonos hacia terrenos en los que no éramos conscientes que quisiéramos entrar. Cómodo, muy cómodo. Pero cuidado, pues ¿no consideraba Nietzsche que “la forma más común de estupidez humana es olvidar lo que uno está intentando hacer”?
Es lo que Shoshana Zuboff llama el poder predictivo de estas empresas de datos e inteligencia artificial, con un “superávit de comportamiento” basado en la extracción de nuestros propios datos que, procesados, nos alimentan, no ya para responder a nuestros deseos, sino para adelantarse a lo que podamos desear. Decía el hegeliano Alexandre Kojève que el deseo “es la presencia de la ausencia de una realidad”. Estamos ante un paso más, que es la fabricación de un deseo sin esa presencia. Es el estadio superior del marketing.

“Conócete a ti mismo”, decía el aforismo griego inscrito en el templo de Apolo en Delfos. ¿Pero qué pasa cuando unas máquinas acaban conociéndonos mejor que nosotros mismos y prediciendo nuestro comportamiento? La propia Zuboff, en un reciente testimonio, cita un documento filtrado de Facebook de 2018 según el cual el sistema de inteligencia artificial de la red social produce más de seis millones de predicciones por segundo, que luego se monetizan.

Jamie Susskind, en su libro sobre el futuro de la política, considera que estos avances tecnológicos harán que todo se escudriñe mucho más que antes, lo que es positivo, aunque las grandes empresas del sector se resisten a desvelar los algoritmos con los que funcionan. Estos algoritmos no sólo analizarán la realidad, sino que, a través de su capacidad para modelar nuestro comportamiento, acabarán determinándola. Las personas seremos lo que los algoritmos nos digan que hemos de ser, según este autor.

Todo ello antes de que, con la realidad virtual y la realidad aumentada, entre otras técnicas, entremos plenamente en el terreno de la “realidad mixta” que va a cambiar, como apuntan algunos expertos, la manera en que experimentamos la realidad física. En ese mundo paralelo pueden surgir normas sociales paralelas.

Ha habido intentos de negar ante los tribunales la existencia de este libre albedrío, esta voluntad libre que los anglosajones llaman free ­will. El Tribunal Supremo de EE UU en 2012, antes de este salto en la inteligencia artificial, calificó el libre albedrío como un fundamento “universal y persistente” del sistema legal y del concepto de responsabilidad individual. Como decimos, necesitamos asumir que el libre albedrío sigue siendo una realidad, porque en otro caso el andamiaje de nuestras sociedades se derrumbaría. Pero está siendo erosionado. Es descorazonador comprobar lo predecibles que somos. ¿Soluciones? Para empezar, más educación digital, más tiempo off line y aprender a desconectar.

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