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Elogio de la brevedad

Un matemático resuelve un enigma de 30 años en solo dos páginas. Y lo hace en plena ola de calor

James Watson (izquierda) y Francis Crick, con un modelo de la estructura del ADN.
James Watson (izquierda) y Francis Crick, con un modelo de la estructura del ADN.

“Un matemático es una máquina que transforma café en teoremas”, dijo una de esas máquinas, el húngaro Alfred Rényi. Nuestra sección Café y Teoremas toma el nombre de esa salida de Alfred. El caso de Hao Huang, un matemático de la Universidad de Emory, en Atlanta, es ligeramente diferente. Hao tuvo la mala fortuna de estar en Madrid a finales de junio, durante la primera ola de calor de las dos que han abrasado Europa este verano. Mientras su mujer visitaba el Instituto de Ciencias Matemáticas (Icmat), Hao se encerró en el hotel y, a falta de algo mejor que hacer, demostró un teorema que llevaba 30 años flotando en el limbo de las conjeturas. Hao ha transformado calor en teoremas. Y lo más asombroso de todo es que lo he hecho en solo dos páginas. Lee en Materia un artículo muy didáctico de Albert Atserias, catedrático de Informática Teórica de la Politécnica de Cataluña, sobre el gran logro de Hao y sus implicaciones prácticas.

¿Cómo es que una conjetura que se había resistido a los mejores informáticos teóricos durante 30 años puede resolverse en dos páginas? Si la solución era tan concisa, ¿por qué no se le había ocurrido antes a nadie? Bien, he aquí una clave del avance del conocimiento. Durante la primera mitad del siglo XX, la actividad febril en los laboratorios de genética había generado tal desbordamiento de datos que ni el más erudito de los especialistas podía presumir de tener una idea general sobre su campo de estudio. Todo eso cambió radicalmente en 1953, cuando Watson, Crick y Franklin descubrieron la doble hélice del ADN, la explicación última de la herencia, el secreto de la vida. Watson y Crick presentaron ese hallazgo colosal en una página y media de la revista Nature. La mera geometría de la doble hélice explicaba de un plumazo medio siglo de resultados genéticos inabarcables y paradójicos, y abrió un nuevo continente de investigación y pensamiento que ha transformado por entero la biología, y en parte el mundo en que vivimos.

En los años 1880, Maxwell había hecho lo mismo con la maraña de resultados que un puñado de experimentalistas había obtenido sobre la electricidad y el magnetismo. En solo cuatro ecuaciones que se pueden escribir en una servilleta de bar doblada en cuatro, Maxwell mostró que la electricidad y el magnetismo no eran más que dos formas de mirar a un solo fenómeno, la fuerza electromagnética, una de las fuerzas fundamentales de la física, y descubrió de paso que la luz era una onda electromagnética, como las radiaciones ultravioleta e infrarroja, los rayos X, las microondas de nuestro horno y las ondas de radio que utilizamos 16 horas al día para absolutamente todo lo que hacemos.

Acabaremos recordando que la tesis doctoral de Einstein fue la más breve de la historia de su universidad, y que Borges decía: “Yo no sé por qué la gente escribe tanto”. Se me ocurren muchos más ejemplos, pero un elogio de la brevedad debe empezar por ser breve, ¿no es cierto?

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