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Rosalía o el gran pecado español: por qué muchos no soportan su éxito

La cantante catalana no para de cosechar triunfos internacionales. Sin embargo, en España acumula enfurecidos detractores

Rosalia, el 10 de julio actuando en el madrileño festival MadCool. Tampoco los críticos se pusieron de acuerdo en este concierto: para unos "tocó el cielo" para otros fue "prefabricada". En vídeo, diferentes expertos analizan el impacto generado por Rosalía 365 días después de publicar su sencillo 'Malamente'. Foto: Getty | Vídeo: EPV

En los baños de los festivales de música nunca faltan tres cosas: sustancias, hedor y opiniones. Tras el concierto de Rosalía, los baños del pasado Primavera Sound se debatían entre las de “es una diosa” y los decepcionados: “Ha hecho lo mismo que en Coachella”, “qué poco simpática ha estado”, “a mí es que me gustaba más cuando no era un producto de marketing”. Estos chascos son tres gotas del tsunami de la opinión pública contra Rosalía, un fenómeno que ha ido creciendo de forma directamente proporcional a su éxito.

Se la ha criticado por cantar flamenco sin ser gitana, como “un disfraz” que se puede poner o quitar según le convenga (“no soporto que tengas más oportunidades que las gitanas que cantan desde niñas sobre sus raíces” tuiteó la activista Noelia Cortés), por no mencionar a “la represión que sufre el pueblo catalán” cuando ganó sus dos Grammy Latinos (el presidente de la Generalitat, Quim Torra, no la felicitó), por profanar la tradición del flamenco puro (una crítica similar a las que recibía Camarón a principios de los ochenta) o por emplear vocablos españolizados en su canción en catalán Milionària, como “cumpleanys” en vez de “aniversari” o “botellas” en vez de “ampolles”.

En las críticas a Rosalía hay mucho de reafirmación personal. Muchos “esto ya lo hacía Martirio/La Mari/Maria Isabel antes”, algún “a esta se le da bombo por posmodernismo” e incluso un puñado de “¿soy el único que no sabe quién es Rosalía?”

Ella, a sus 25 años, trata de devolver cada revés con mano izquierda: respecto a la apropiación cultural, primero se puso a la defensiva explicando su currículum académico para después admitir su privilegio y desear que su éxito dé visibilidad a artistas gitanos; sobre el procés, reconoce que “para emitir una opinión sobre un tema tan delicado me gustaría tener más conocimiento, mi opinión no tiene más importancia que la de cualquier otro”; y respecto a los españolismos ha aclarado que en el extrarradio de Barcelona (Sant Esteve Sesrovires), donde ella creció, son habituales.

Pero las polémicas en torno a Rosalía están por encima de ella e incluso engendran subpolémicas: cuando la Asociación de Gitanas Feministas por la Diversidad le acusó de “desgitanizar” una canción de Los Chunguitos, Me quedo contigo) en los Goya, muchos señalaron que criticar a Rosalía por ello y no a otros artistas que también han versionado al grupo gitano como Antonio Vega o Manu Chao era machista. Rosalía se ha convertido en el Stalingrado de la guerra cultural que, desde hace unos años, se libra a diario en las redes sociales, los bares y en las reuniones de amigos.

Los medios han contribuido a este conflicto. La grandilocuencia con la que se adjetivan las crónicas sobre Rosalía (reinventa/resucita/salva el flamenco) se nutre del tráfico infalible que garantiza la palabra Rosalía en las búsquedas de Google y de la necesidad de la prensa por crear narrativas: la cantante representa el zeitgeist actual de clase social, de género y de globalización.

Rosalía descubrió a Camarón a los 13 años, estando de parquineo; asegura que sus uñas de gel extremas “no van sobre estar guapa, también es una cuestión de poder”; y, gracias a haber crecido con Internet, sus influencias son Beyoncé, Björk y Juana la del Pipa. Rosalía es un símbolo de la generación que no busca propiedades sino experiencias y que disfruta tanto en el Palace como en el chino o, como ella presume, escuchando a Vivaldi, a Nick Cave y a Missy Elliot. Pero, involuntariamente, Rosalía también se ha convertido en un emblema de la actitud abrasiva que se ha asentado como el dialecto oficial en las redes sociales. Su endiosamiento ha generado la sensación de que no tener una opinión sobre ella sencillamente no es una opción. Las medias tintas, tampoco.

Times Square, Nueva York, uno de los lugares más famosos del mundo. Medio millón de personas pasan diariamente por aquí. Y allí se anunció el disco de Rosalía.
Times Square, Nueva York, uno de los lugares más famosos del mundo. Medio millón de personas pasan diariamente por aquí. Y allí se anunció el disco de Rosalía.

Los que aseguran odiar a Rosalía no se conforman con comentar que no les gusta su música sino que sienten el impulso de derribarla desde los cimientos, de abrirle los ojos a sus fans y de explicarles que están escuchando música mal. Esos haters consideran que ellos se han tomado la pastilla roja cultural, que comprenden cosas que la masa no percibe y su obsesión busca equilibrar la balanza de la, sin duda, desproporcionada adoración que Rosalía despierta.

Pero no es un comportamiento social nuevo: en 1998, Alessandro Lecquio exclamó en Crónicas marcianas: “¡Viva la resistencia! No he visto Titanic”. Esta estrategia ofensiva, sin embargo, a menudo requiere pasar por alto hechos objetivos como que Rosalía trabajó 18 meses componiendo, produciendo y arreglando El mal querer de forma independiente y solo después de la repercusión de Malamente y Pienso en tú mirá (ambos videoclips financiados por ella) la multinacional discográfica Sony le ofreció un contrato. También pasan por alto los anti-Rosalía algo muy obvio: cuando una canción triunfa es, sencillamente, porque le gusta a mucha gente. Y si las autoridades estadounidenses tienen que recordarle a los ciudadanos que no disparen contra el huracán Dorian, la bala perdida de los detractores de Rosalía es que su éxito internacional es una mentira inflada por los medios españoles.

La sobreexposición de Rosalía y la reverencia mesiánica con la que muchos la idolatran ha contaminado el producto musical. Mientras Malú promocionaba su último álbum, acabó harta de que le sacasen el tema: “¿Por qué todos los periodistas me están preguntando por Rosalía? ¿Qué ha hecho?"

Estos son los datos objetivos. Rosalía ha actuado en los tres grandes festivales musicales a nivel mundial: Coachella, Glastonbury y Lollapalooza (donde la revista Rolling Stone admiró que su recital acabase con mucho más público del que empezó); ha participado en la banda sonora de Juego de tronos; Malamente lleva cien millones de reproducciones en YouTube, Con altura más de 800 millones (el tercer vídeo más visto del año); ha trabajado con Pharrell Williams, Billie Eilish y Dua Lipa; Barack Obama la ha incluido en su playlist del verano; Kourtney Kardashian y Halle Berry subieron stories con su música y Madonna le pidió que actuase en su cumpleaños; el vídeo en el que Jaime Altozano analiza la composición, producción y arreglos de El mal querer ha despertado una curiosidad musical (lleva más de 4 millones de visionados) inédita entre los adolescentes; Tim Cook, presidente de Apple, se reunió con ella durante su visita a Madrid (su único otro encuentro fue con Pedro Sánchez); fue invitada a la gala del MET, ha ganado dos Grammy Latinos y dos premios MTV (mejor coreografía y mejor vídeo latino, que también recibió críticas de la comunidad hispana al ser Rosalía europea). La última noticia es un rumor de que grabará una canción con Beyoncé.

Pero sigue habiendo gente convencida de que todo se trata de una burbuja falsa. Como si se pudiera embaucar a Barack Obama, a Beyoncé o al New York Times (que la considera líder de un movimiento musical que “está empujando el pop hacia adelante de forma implacable, con Estados Unidos en su ADN, pero también en su espejo retrovisor”), a Rolling Stone, a The Guardian (que se refirió a ella como “la Rihanna del flamenco”), a Pitchfork o a Time —todos estos medios incluyeron El mal querer en su top 10 de 2018— con una campaña de marketing. Negar la repercusión internacional de Rosalía bordea el terraplanismo.

Rosalía posa (y saca la lengua) con sus dos premios MTV Video Music Awards en la ceremonia celebrada en Nueva Jersey el 26 de agosto.
Rosalía posa (y saca la lengua) con sus dos premios MTV Video Music Awards en la ceremonia celebrada en Nueva Jersey el 26 de agosto. Foto: Getty

La sobreexposición de Rosalía y la reverencia mesiánica con la que muchos la idolatran ha contaminado el producto musical. Mientras Malú promocionaba su último álbum, acabó harta de que le sacasen el tema: “¿Por qué todos los periodistas me están preguntando por Rosalía? ¿Qué ha hecho? ¿Se supone que su éxito nos tiene que molestar a las demás?” (con una actitud que, casualmente, recuerda al “¿Pero qué pasa ahora con Ciudadanos?”, de Paquita Salas). Cuando Rosalía publicó un vídeo a punto de llorar tras verse en una pantalla en Times Square, un tuit que la acusaba de falsa (“cuando tu compañía te compra una pantalla y tú finges emocionarte”) se viralizó en cuestión de horas con el silogismo de que si la publicidad es una mentira las emociones también deben de serlo. Quizá aquellos que culpan al marketing creen que a ellos les gustan los Beatles, Breaking bad o El caballero oscuro porque tienen una intuición especial para descubrir joyas secretas. Que no había una multinacional detrás “colándoselo por los ojos” como ahora ocurre con Rosalía.

En las críticas a Rosalía también hay mucho de reafirmación personal. Muchos “esto ya lo hacía Martirio/La Mari/Maria Isabel antes”, algún “a esta se le da bombo por posmodernismo” e incluso un puñado de “¿Soy el único que no sabe quién es Rosalía?” tecleados por gente que por lo visto no ha pisado una boda, una discoteca, una verbena o una tienda de ropa en 2019.

Los que aseguran odiar a Rosalía no se conforman con comentar que no les gusta su música sino que sienten el impulso de derribarla desde los cimientos, de abrirle los ojos a sus fans y de explicarles que están escuchando música mal

Lo de que la envidia es el deporte nacional es un aforismo tan asumido en la cultura española que ya resulta una simplificación. España tiene, además de envidia, cierto complejo de inferioridad cultural que la lleva a celebrar abochornada la repercusión mundial de La Macarena, el Aserejé o el Ecce Homo de Borja, pero a no creerse del todo que en Hollywood todo el mundo adore a Pedro Almodóvar desde 1988. Nadie ha atacado a Antonio Banderas, Óscar Jaenada o Jordi Mollà por trabajar en Estados Unidos como sí se ha ridiculizado a Penélope Cruz, Elsa Pataki o Paz Vega por hacer exactamente lo mismo. De Fernando Rey se aplaude que saliese en French Connection, de Sara Montiel se recuerda cómo le freía huevos con ajo a Marlon Brando.

El alcalde de Valladolid se quejó en Twitter de que Rosalía le pidiese medio millón de euros por actuar, una estrategia de revaloración elitista que nadie criticó de Los Planetas (hubo una época en la que el grupo granadino pedía mucho dinero por tocar) en su momento. La clase social de los hermanos Muñoz de Estopa fue uno de los baluartes de su éxito y no se les calificó, como ocurre con Rosalía, de “choni poligonera” o “cani de extrarradio”.

De nada parece servir la elocuencia con la que Rosalía explica que El mal querer se inspira en Flamenca, una novela occitana anónima del siglo XIII (cuyo relanzamiento por la editorial Roca con el eslogan “la novela que inspiró a Rosalía” ha sido, por supuesto, muy criticado).

La mayoría de críticos contra Rosalía se están perdiendo una fiesta a la que todo el mundo está invitado. La astuta actuación de la catalana en los premios MTV impresionó con su versatilidad (una fusión de A ningún hombre, Yo x ti tú x mí y Aute Cuture: flamenco, latino y urbano), porque hay una canción de Rosalía para cada persona. Los que reprimen su disfrute ignoran que sale más a cuenta bailar que odiar. Y, al fin y al cabo, a la gente a la que le gusta Rosalía le da igual que haya otros criticando todo lo que hace y, de hecho, la gente a la que no le gusta Rosalía (como aquellos tres decepcionados del Primavera Sound) tampoco va a querer perdérsela. Y ese éxito sí que es innegable.

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