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La comedia de enredo de la investidura

Por más que la liturgia con el Rey haya puesto algo de orden, ya parece impensable un desenlace racional

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, este lunes en el Palacio de La Moncloa.
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, este lunes en el Palacio de La Moncloa. Getty Images

La comedia es tragedia más tiempo, según la espléndida definición que —si mal no recuerdo— Woody Allen hacía decir a Alan Alda en Delitos y faltas. Todo lo dramático, con el tiempo, acaba por prestarse a la mirada cómica. La investidura no escapa a la regla y a estas alturas, después de tantos días vacíos o vaciados en naderías, es muy difícil ver con seriedad las maniobras para la gobernabilidad de España en lugar de una comedia de enredo, cada vez más disparatada a medida que se aceleran los minutos finales, mientras los protagonistas van pasando por palacio para dar al Rey una versión insostenible con lo que ellos mismos hacen ante la ciudadanía.

Sánchez ha jugado precisamente con el tiempo. Fundamentalmente. No es que se despreocupara de hacer una negociación a la alemana, invitando a sus socios a una mesa en la que debatir, punto por  punto, exhaustivamente, los espacios de consenso con los que configurar una hoja de ruta de cientos de folios. Sencillamente Sánchez ha preferido que el tiempo pudriera la situación y eso le deparase un escenario propicio. Los incentivos para repetir son notorios, de ahí el aire inevitablemente hilarante con que se le oye negar que quiera elecciones, o que ya cumple todo lo que quieren sus socios potenciales. Aunque se pueda entender su motivación, la cosa es así: el único candidato con aritmética para sumar una mayoría con la que gobernar no quiere gobernar sumando una mayoría con esa aritmética. Y en nombre de la estabilidad. Todo demasiado descacharrante.

Rivera ha protagonizado el último golpe de efecto, aunque sea ese clásico golpe de efecto en la comedia que no logra engañar a nadie, salvo quizá a quien lo protagoniza. Al verse al final del proceso con una hoja de ruta abocada al abismo en las urnas, de repente se ha desdicho de toda su retórica tremendista sobre “la banda de Sánchez… el hombre que dio a Torra la llave de España” y ha hecho una oferta. Un tiempo atrás, incluso con motivo de la investidura de Navarra, hubiese tenido cierto sentido; ahora parece demasiado tarde. Es demasiado evidente que Ciudadanos ha cedido el espacio central y que la estrategia de Sánchez ha ido encaminada a ocupar este eficazmente. Una reacción tan tardía solo expresa desesperación, como le sucede a Iglesias pidiendo al Rey, desde su republicanismo, que borbonee más allá de los límites constitucionales. Claro que, como sostenía Christopher Fry, la desesperación es material de primera para la comedia.

El enredo de la situación se presta a golpes de efecto fuera de control, entrecomillados y papeles invertidos. De repente Iglesias le pide al Rey que asuma las funciones de Sánchez como negociador y, a la vez, Sánchez asume las funciones del Rey haciendo consultas. Por cualquier lado aparece Vox hablando del “tricentrito” o Rufián celebrando el éxito de España. Por más que la liturgia con el Rey haya puesto algo de orden, ya parece impensable un desenlace racional.

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