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DE MAR A MAR COLUMNA i

Un manifiesto retrógrado

Es un enigma cuánto tiempo resistirá la estrategia de Bolsonaro de buscar consenso alrededor de interpelaciones ultraconservadoras

Bolsonaro en la Asamblea de la ONU el pasado 24 de septiembre.
Bolsonaro en la Asamblea de la ONU el pasado 24 de septiembre. AAP

Jair Bolsonaro convirtió su primera presentación ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), el martes pasado, en una exposición sistemática del credo reaccionario con que gobierna Brasil. Entonó una exaltación del nacionalismo, como oposición a la preocupación global por el medio ambiente, que para él afecta “lo más sagrado: nuestra soberanía”. Las prevenciones ecológicas desatadas por los incendios en la Amazonia pusieron en conflicto a Bolsonaro con líderes del exterior. Fue indispensable el auxilio de su amigo Donald Trump para evitar que el G7 se pronunciara en su contra. La discusión más sonora fue con Emmanuel Macron, quien también aprovecha el conflicto ambiental para tomar distancia del acuerdo de comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, muy resistido por el sector agropecuario francés. Macron acaba de encontrar un aliado en el vecindario de Bolsonaro: el chileno Sebastián Piñera se asoció a su cruzada por el medio ambiente. En cualquier momento recibirá una respuesta altisonante en portugués.

Como de costumbre, Bolsonaro identificó globalismo con socialismo, y socialismo con corrupción y la criminalidad. Justificó su condena “en defensa de la familia y de los valores religiosos que sostienen nuestras tradiciones”. Sin embargo, donde más lejos llegó, fue en su rechazo a cualquier política de defensa de las minorías. En especial, las que garanticen la igualdad de género. La presentación fue el remate de una estrategia sistemática de la diplomacia brasileña para, a lo largo de este año, hacer retroceder la frontera que alcanzaron los derechos humanos a escala internacional.

La reunión de la Asamblea se inauguró con un dúo antiliberal: Bolsonaro y Donald Trump. El presidente de los Estados Unidos, que habló en segundo término, levantó la bandera ultraconservadora que busca para la acción política una justificación religiosa. Sostuvo que en su país creen que “cada niño nacido o no nacido es un regalo sagrado de Dios” y aseguró que “con la ayuda de Dios eliminaremos a los enemigos de la libertad y a los opresores de la dignidad”. Pero Bolsonaro fue más allá. Lamentó que “la ideología ha invadido el alma humana y la ha separado de Dios”. Y especificó: “La ideología ha invadido las escuelas de Brasil” para corromper “nuestra identidad más elemental, que es la biológica”.

Estas definiciones de Bolsonaro coronaron a escala presidencial las instrucciones que los diplomáticos brasileños recibieron del Ministerio de Relaciones Exteriores, la célebre cancillería de Itamaraty, para pronunciarse en los debates sobre derechos humanos de las ONU y la OEA. La oportunidad más sobresaliente se presentó en junio, a propósito de varias resoluciones del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Los representantes brasileños vetaron en todos los casos el uso de la palabra “género” y reclamaron que se sustituya por “igualdad del hombre y la mujer”. El respaldo a esa moción quedó limitado a Rusia, Pakistán y Arabia Saudí.

El canciller Ernesto Araújo defendió esa posición durante un seminario realizado el 10 de junio pasado. Allí relacionó lo que denomina como “ideología de género” con el “globalismo”, una corriente para la cual “Usted no tiene más nación, no tiene más familia, no tiene hombre o mujer”. Araújo expone la dimensión externa de una regresión que Bolsonaro está impulsando también en la gestión educativa y cultural. A comienzos de este mes, el presidente instruyó a su ministro de Educación, Abraham Weintraub, para que prohíba la “ideología de género” en la escuela primaria. Una semana antes, un decreto suspendió la financiación de la Agencia Nacional de Cine a series con temática LGBT. También la gestión del turismo está teñida por el mismo impulso reaccionario: “No tengo problema con el turismo sexual, como no sea homosexual”, aclaró Bolsonaro.

Estas decisiones hacen juego, en el campo diplomático, con una declaración del presidente durante su campaña proselitista. Refiriéndose al Consejo de Derecho Humanos, dijo que “es un lugar de reunión de comunistas”. La paradoja radica en que en julio pasado Brasil se postuló para seguir ocupando una banca en el Consejo para el período 2020-2022, proponiendo una plataforma de la que desaparecieron las menciones a la desigualdad, derechos LGTB, condena a la tortura y género, que son reemplazadas por la “promoción de la familia”.

Sería incorrecto dudar de la convicción con que Bolsonaro se ha comprometido con esta agenda. Pero no se entendería del todo su énfasis si no se recuerda que tiene, además, una motivación proselitista. La obsesión ultramontana facilita la adhesión electoral de las iglesias evangélicas que están muy extendidas en Brasil. También provee al gobierno brasileño de un argumento para movilizar a esa parte de la sociedad que entiende la secularización como decadencia, en un momento en que la imagen presidencial registra una caída. El instituto Datafolha consignó una disminución de la aprobación que va de 33 a 29% durante el último mes. La reprobación pasó de 33 a 39%. Existe un consenso generalizado en atribuir ese deterioro a la tenacidad de la recesión. Es un enigma cuánto tiempo resistirá la estrategia de Bolsonaro de buscar consenso alrededor de interpelaciones ultraconservadoras para compensar el malestar de una economía que se niega a reactivarse.

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