Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Balas perdidas de Nápoles, los jóvenes que luchan por el poder mafioso

camorra napoles Ver fotogalería
Una nueva generación de adolescentes lucha por apoderarse de los negocios criminales.

En las calles del centro de Nápoles, donde los turistas buscan la mejor pizzería, se libra una guerra cuyos soldados son cada vez más jóvenes. Mártires, armas, drogas y zapatillas caras. Con los viejos camorristas encarcelados o asesinados, una nueva generación de adolescentes sin miedo a la muerte lucha por apoderarse de los negocios criminales. Recorremos los escenarios de esta batalla por el poder mafioso, avivada por la exclusión y la falta de horizontes.

LA NOCHE QUE mataron a Emanuele Sibillo, los callejones del centro de Nápoles ya habían comenzado su canonización. La ciudad, acostumbrada a la cólera del Vesubio y al plomo de sus calles, se encomendó siempre a un protector. Sibillo, un chico de solo 17 años cuando tomó el mando de su barrio a hierro y fuego, fue el último de esa suerte de santos de esquina y callejón. Hijo de una familia de artesanos, sin linaje camorrístico ni padrinos de sangre, montó un ejército de adolescentes con hambre de gasolina y armas, zapatillas caras y reservados en las discotecas. Los llevó a la guerra contra el viejo orden mafioso. Devoraron como pirañas a las familias de toda la vida. Y, como cualquiera haría a su edad, lo subieron a Instagram. Pero llegó el invierno a su revolución. Murieron 60 chavales en dos años y otros 40 fueron condenados a 500 años de cárcel en un histórico proceso conocido como la Paranza dei Bambini. Sucedió mientras los turistas paseaban por el centro de esta ciudad del sur de Italia y la Camorra expandía en silencio su negocio internacional.

El padre de uno de los chicos de una banda muestra la pistola con la que duerme en la mesita de noche. ver fotogalería
El padre de uno de los chicos de una banda muestra la pistola con la que duerme en la mesita de noche.

Un pequeño altar con el busto de Sibillo y sus iniciales en los pomos recuerda, en el callejón donde todavía reside su familia, la vida y muerte de un joven criminal que terminó su carrera a los 19 años. La capilla la pagaron los comerciantes, a quienes liberó durante un tiempo de la extorsión. ES17, como le celebran todavía las pintadas en cada esquina de la zona de Tribunales y San Gaetano, resume el cambio que vivió la crónica negra de la ciudad en la última década. La desaparición de los grandes capos de la Camorra, los Giuliano, los Cutolo, los Di Lauro, Contini…, muertos o condenados a régimen de aislamiento, creó un vacío de poder por donde se colaron las bandas juveniles que nacieron siguiendo la estela de Sibillo. Lo querían todo: armas, extorsión, tráfico de drogas. Pero el fiscal general de Nápoles, Giovanni Melillo, un magistrado meticuloso con tentáculos en la calle, cree que siempre lo tendrán prestado. “Es una cuota de violencia consentida por los grandes carteles mafiosos”, señala en la planta alta de la Fiscalía con el Vesubio al fondo. “Algunos fueron reclutados y tienen hoy funciones de mano de obra. Vigilan zonas, protegen a las familias de los capos, desarrollan una función de control territorial. Pero ninguno tiene posibilidades de realizar una elección criminal autónoma”.

El multimillonario negocio de la Camorra, que factura unos 12.000 millones de euros al año entre el blanqueo de capitales, la gestión de los residuos y la distribución de cocaína, jamás cambió de manos. En la ciudad manda la unión de clanes conocida como Alianza de Secondigliano y los Mazzarella, según la Fiscalía de Nápoles. Pero el gobierno de las plazas del corazón de la ciudad pertenece a chicos de entre 17 y 25 años. O’Puorce, cadena de oro con la Virgen de Guadalupe, camiseta Ellesse, anillos y reloj de oro, tiene 23 años y nació en una familia criminal de 87 miembros. Su padre robaba bancos. Está muerto. Su tío estuvo “afiliado” [eufemismo que señala pertenencia a la Camorra] y fue un asesino a sueldo, narra en la trasera de una casa de apuestas del rione Sanità convertida en club privado de los chavales que cuentan en el barrio. “Era despiadado. Se cargó a 34 personas. Una vez se le encasquilló el arma y le reventó la cabeza a uno con la culata… Cuando era pequeño, venían a casa políticos y empresarios a presentarle los respetos. Los mismos que luego salían por la tele maldiciendo a la Camorra”, recuerda O’Puorce. “Hoy ya no hay respeto por nada. Los que mandan no tienen más de 25 años. Se creen que por ir disparando por ahí y amenazando tienen más poder. Pero mi tío siempre decía: ‘Capo no es quien dispara, sino quien se come 20 años de cárcel callado”.

Capilla de Emanuele Sibillo, primer baby boss napolitano.
Capilla de Emanuele Sibillo, primer baby boss napolitano.

O’Puorce pagó una condena de año y medio en arresto domiciliario por asalto a mano armada. Sin esa tarjeta de visita, nadie hace carrera en la calle. No lleva pistola, aunque pide a un amigo suyo que muestre una muy rudimentaria hecha con un cañón y un gatillo. No bebe. No fuma. Ni, por supuesto, se droga. “¿Crees que estoy loco? Vendo crack y cocaína. Yo corto la droga y sé perfectamente lo que lleva. Tendría que ser gilipollas para envenenarme con eso”. Su tío le dejó en herencia una zona de venta de droga en el barrio con la que saca como mínimo unos 3.000 euros al mes. “¿Pero sabes qué? Si el Estado me diese un trabajo, dejaría esto. Ahora con 600 euros cualquiera compra una pistola y monta una banda. No compensa la ansiedad de que me detengan o de que me peguen un tiro”.

O’Puorce tiene 23 años y nació en una familia criminal de 87 miembros: “Hoy ya no hay respeto por nada. Mi tío siempre decía: ‘Capo no es quien dispara, sino quien se come 20 años de cárcel callado”

Emanuele Sibillo, epítome de lo que empezó a llamarse en Italia baby boss, sigue siendo el espejo para todos ellos. Decenas de chicos, según la policía, aspiran todavía a emularle. “Era listo, tenía mucha cabeza y grandes planes”, cuenta un amigo suyo a dos calles de donde vivía. Quiso ser periodista en algún momento, pero acabó en el reformatorio y formando luego una banda de tipos con apodos como el Polpetta (albóndiga) o el Malegno (maligno). Se hizo con un arsenal y se alió con los sobrinos de los Giuliano, uno de los viejos clanes humillados, para montar una armada de desheredados. La noche que fue tiroteado por la espalda en un escúter, recuerda uno de los inspectores de la Brigada Móvil que le conocía bien, se encontraba en busca y captura. Llevaba 21 días oculto en un búnker de un barrio periférico, protegido por otra familia. Pero el poder es territorio y decidió volver para tirotear la puerta de casa de los Buonerba, que amenazaban su reinado. “Le dijimos que se pusiera el chaleco antibalas, pero no hizo caso”, recuerda un buen amigo suyo a pocos metros de la Via Oronzio Costa, “el callejón de la muerte” según las escuchas policiales, donde la noche del 5 de julio de 2015 comenzó la retransmisión del martirio.

Salvatore Bonifacio, en una sala de la cárcel de Poggioreale. Lleva más de ocho años preso por tráfico internacional de cocaína.
Salvatore Bonifacio, en una sala de la cárcel de Poggioreale. Lleva más de ocho años preso por tráfico internacional de cocaína.

El vídeo en blanco y negro de las cámaras del hospital muestra una moto que irrumpe en la sala de espera. Un grupo de adolescentes coge en volandas a Sibillo inconsciente y lo deja en las urgencias antes de esfumarse. Un dramático spot con miles de visitas en YouTube en torno al que creció una generación de delincuentes que cambiaron los cánones y los códigos impuestos durante años por la Camorra en los barrios. Barba larga, ropa oscura, tatuajes con números como los de las maras salvadoreñas, gafas de pasta negras, gatillo fácil. Las redes sociales sepultaron el tradicional silencio, sonó la música trap y la canción neomelódica de fondo en cada celebración. El fiscal Melillo los describe así: “Algunos maestros de calle [una figura creada a raíz de estos problemas para tutelar a los chicos] me dicen que asisten a transformaciones antropológicas increíbles. Muchos están más cercanos a los personajes del bar intergaláctico de Star Wars que a modelos antropológicos que conozcamos”.

El corazón de Nápoles, al sur de Italia, fue durante años la zona noble de la Camorra. Forcella, el barrio donde inició el cambio de guardia, a pocas calles de la estación de tren y lejos de suburbios como Scampia, fue el feudo de los Giuliano, una de las grandes familias en los ochenta. Contrabandistas de tabaco convertidos en monarcas del tráfico de cocaína, compañeros de farras de Diego Armando Maradona —otro de esos milagros napolitanos— gobernaron durante tres décadas en los callejones que van de la plaza de San Gaetano al mercado de la Maddalena y la plaza de Garibaldi. Un enorme mural obra del artista Jorit con la imagen de san Genaro, patrón de la ciudad a la que libró del fuego del Vesubio en 1631, preside el cruce que durante años tuvieron prohibido atravesar los clanes de un lado y otro de la Via Duomo. Así de pequeño es a veces el mundo. El rostro del santo, cuentan todos en el barrio, es en realidad el de uno de esos napolitanos: Luigi Giuliano, Lovigino, su capo más carismático. Tanto que hasta le perdonaron que acabase como colaborador de la justicia. Uno de sus sobrinos, que trabaja hoy en una charcutería y no ha querido seguir sus pasos, sonríe asintiendo cuando oye la historia del santo.

Los callejones estrechos de Forcella forman un laberinto que huele algunas mañanas a provola y ropa mojada. En un bajo a pie de calle, detrás de una puerta cubierta por un escúter desvencijado y un viejo tendedero, sobreviven Ciro, de 48 años, y Grazia, de 46, con su hijo pequeño. Son los restos de una familia triturada por la violencia callejera y la sangría de visitar a dos hijos encarcelados lejos de Nápoles. Salvatore, el mayor, cumple cadena perpetua en Turín por asociación mafiosa y homicidio. El mediano, Michele, un mito de las bandas juveniles, fue condenado a 16 años por tirotear a dos policías y fue trasladado hace poco a Spoleto (Umbría). La puerta de la casa sigue agujereada por los proyectiles de una ráfaga de ametralladora disparada cuando la familia estaba dentro durmiendo. Fue un aviso del clan Sibillo tras el rechazo de Michele a formar parte de su banda. “Tenía sus propios planes y muchas agallas; no se dejó intimidar”, recuerda la madre en el pequeño salón de la vivienda, sin poder disimular cierto orgullo.

Vista panorámica desde el puente de Sanità, uno de los barrios que han sufrido la violencia de las bandas en el corazón de Nápoles.
Vista panorámica desde el puente de Sanità, uno de los barrios que han sufrido la violencia de las bandas en el corazón de Nápoles.

Una fotografía de Michele, con el pelo hacia atrás y empuñando un fusil de asalto, preside la cocina. Ciro, desempleado, viste una camiseta negra donde se lee “I’m the boss” (Soy el jefe). Él mismo estuvo entrando y saliendo de la cárcel durante 15 años. “Armas, droga, extorsión…”, murmura Ciro con pocas ganas y en napolitano cerrado. Era otra época. Pero hoy los chicos quieren dinero, zapatillas, ropa de marca. “Es culpa mía que ellos creciesen así. Les faltó un padre”. La madre, aparcacoches callejera y empleada del hogar ocasional, no tiene claro qué pasará con Michele cuando salga. “Es joven…, a esa edad tienen la cabeza enferma todavía”, la interrumpe el padre con todo el escepticismo del mundo. Su hijo lo dejó claro en una carta desde la prisión que desveló Robinú, el fabuloso documental sobre los baby boss puesto en pie por la periodista Maddalena Oliva para Rai2. Decía así: “Sé hacer daño a la gente que quiero. Voy a hacerme mi propia paranza [banda], no voy a estar bajo nadie [en referencia a la Camorra]. Porque nadie es superior a mí”. En menos de un año estará fuera.

El clan Mazzarella —“los de siempre”, susurra el padre ajustando la puerta de la calle— vuelve a mandar en el barrio. Los comerciantes pagan religiosamente el ­pizzo [impuesto de la Camorra], la droga está en manos de una sola familia y ya no se oyen disparos de noche. El monopolio impone la calma. Siempre fue así. Pero la edad a la que reclutan a los chicos suele ser proporcional a la humanidad que se respira en sus calles. “Antes, cuando aquí mandaba la Camorra, los capos no daban trabajo a menores. Les dejaban crecer y luego la elección era suya. Ahora les hacen empezar muy jóvenes, les da igual todo”.

Un grupo de policías conocidos como Los Halcones registra a un sospechoso de tráfico de drogas en Quartieri Spagnoli.
Un grupo de policías conocidos como Los Halcones registra a un sospechoso de tráfico de drogas en Quartieri Spagnoli.

El abandono escolar, la cultura de la violencia y unos barrios convertidos en favelas europeas crearon una bomba que nadie ha conseguido desactivar pese a los esfuerzos de organizaciones como los Maestros de Calle o políticos comprometidos como Alessandra Clemente, cuya madre fue asesinada por la Camorra y que hoy ocupa la concejalía de Trabajo Público y Juventud. “Seguimos de modo particular a los menores de estas familias. Tenemos planes en los barrios, donde se potencia la oferta educativa con escuelas abiertas por la tarde, también para practicar deporte. Cursos de mecánica, cocina… Sobre todo para adolescentes menores que vienen con modelos de referencia adultos equivocados”.

Ciro, desempleado en la actualidad, estuvo entrando y saliendo de la cárcel durante 15 años: “Armas, drogas, extorsión. Es culpa mía que mis hijos creciesen así. Les faltó un padre”

En las zonas degradadas del centro de la ciudad (que no llega al millón de habitantes en su conjunto) hay un nivel de abandono escolar de hasta el 40% (solo superado en enclaves rurales de Cerdeña). En la región, el 22% vive en condiciones de pobreza relativa y 7 chicos de cada 10 no han ido nunca al teatro o han visitado una exposición. La universidad es una quimera y el 31% ni estudia ni trabaja. Los números cobran vida dando una vuelta por un barrio como Sanità (50.000 habitantes), a pocos centenares de metros de Forcella. Solo algunos, como la estrella del trap emergente Niko Depp, rostro tatuado y un largo historial en la calle, disfrutan del salvoconducto social para cruzar una violenta frontera invisible. “No quiero que los chicos piensen que al ser de Sanità no pueden pisar Forcella”, resume mientras exhala el humo de un porrazo de hierba con las azoteas del barrio de fondo. “Es como una película, se lo cuentas a Tarantino y te la hace. ¿Lo entiendes? Estos chicos sueñan poco y viven demasiado la calle”.

Tres chicos, reunidos en el barrio de Forcella en plena noche.
Tres chicos, reunidos en el barrio de Forcella en plena noche.

La plaza de la iglesia de San Vincenzo, a pocos pasos de donde nació y murió el cómico Totó, está acorazada a las once de la noche de un viernes por tres todoterrenos de la policía y dos motos con agentes armados con fusiles. Aquí asesinaron a Genny Cesarano cuando tenía 17 años, recuerda su amigo Salvatore Barbato. La noche del 5 de septiembre de 2015, una banda de jóvenes del clan Lo Russo irrumpió a bordo de varias motos y disparó al azar para marcar el territorio. Buscaban a una banda rival. “Pero le mataron a él”, recuerda su amigo. “Ese año perdimos la esperanza. Mucha gente se marchó del barrio”.

Las cosas mejoraron. Pero hace algunas semanas volvieron las balas y los apuñalamientos. A esta hora solo hay chicos jugando. Un grupo lleva 10 minutos intentando rescatar un balón atrapado en la entrada de la iglesia. Tienen de 12 a 16 años. Otros queman gasolina a golpe de acelerón sin rumbo ni casco. Son chavales. Muchos, como Patrick, que actuó en la película que Roberto Saviano escribió sobre el proceso de la Paranza dei Bambini, ni se acuerdan cuándo dejaron de ir al colegio. Llevan buenos teléfonos móviles y zapatillas caras. Aunque sea para colgarlas en Instagram. Él quiere ser pizzaiolo, dice, mientras Giovanna y Davide, dos de los tutores de calle de la Fundación San Gennaro, bromean con ellos. Son sus ángeles de la guarda. “Hablamos su lenguaje. He estado en su sitio y me respetan. Es la única manera que tenemos de buscarles otra salida”. La policía aquí siempre será el enemigo.

“Antes, cuando aquí mandaba la Camorra, los capos no daban trabajo a menores. Les dejaban crecer y luego la elección era suya. Ahora les hacen empezar muy jóvenes, les da todo igual”

En el cuarto piso de la jefatura de Nápoles, a las nueve de la noche, 13 tipos que parecen sacados de una película de Marvel esperan órdenes en un angosto despacho. Son Los Halcones, la brigada motorizada que patrulla los callejones del centro. Cicatrices, placas de hierro en los huesos, vídeos de motos y combates de MMA (artes marciales mixtas) en el móvil, tatuajes en el brazo. “Esto me lo hizo un camello con la culata de una pistola”, explica uno de ellos mientras se coloca el arma automática detrás del pantalón. Es difícil no perder el rastro de sus BMW GS 750 a través de los estrechos callejones del Quartieri Spagnoli sorteando tendederos, bolardos y escaleras. A cada rugido del motor, la gente se avisa y corre dentro de casa. En cinco minutos no queda nadie. Ellos frenan de golpe. Un camello dobla la esquina y acelera el paso. Le rodean con las motos. Lleva un teléfono irrastreable y billetes de 20 euros. Ha tirado todo antes de que lo registren. Le miran hasta las costuras del calzoncillo. “¿Ves a esos de ahí?”, explica el agente Boccadifuocco mientras baja de la moto. “Son una banda de atracadores de siempre. Entran y salen de la cárcel. ¿Qué podemos hacer nosotros?”.

Nápoles podría ser una de las últimas ciudades del siglo XIX en Europa. Impermeable a procesos de globalización, sigue rituales propios también en lo urbanístico. El centro sigue siendo una periferia urbana y social. Sus viejos habitantes, clases desfavorecidas, no han sido sustituidos por los procesos de gentrificación habituales y una severa exclusión social convive con las hordas de turistas en busca de la trattoria con la mejor pasta con patata y provola. No sucede en ningún lugar del mundo, como recuerda el magistrado Nicola Quatrano en su oficina. Leyenda de los tribunales, pilotó la instrucción del proceso de la Paranza dei Bambini. Colgó la toga harto de la indefensión de los acusados y hoy es abogado. También de camorristas. “Aquí tenemos periferias en pleno centro como Sanità, Forcella, Quartieri Spagnoli. Lo que sucede en París en la banlieue, todo aquello que la gente de bien no ve y que permite que puedan seguir matándose o delinquiendo sin problema, aquí sucede en el corazón de la ciudad. Es la principal diferencia. No crea que el resto es tan distinto”, dice Quatrano mientras desatasca su cigarrillo electrónico.

Un muchacho de Forcella con vínculos con una de las grandes familias camorristas dice haber preferido seguir otro camino alejado de la delincuencia.
Un muchacho de Forcella con vínculos con una de las grandes familias camorristas dice haber preferido seguir otro camino alejado de la delincuencia.

Este intelectual jurídico fue el primero en descifrar los códigos de las nuevas bandas que desataron el caos en la ciudad. Quatrano observó el mundo y dio con una clave inesperada. Barba larga, la seducción del martirio, madres y esposas entregadas a un destino de sufrimiento o viudedad. “No hay tanta diferencia entre este fenómeno occidental de violencia y los yihadistas europeos que se marchan a Siria. La base social es la misma: jóvenes desesperados de las periferias que intentan destacar, ser alguien. Hay diferencias religiosas, pero los símbolos son muy parecidos. Lo que une a los chicos de la Paranza dei Bambini, las bandas sudamericanas y los foreign fighters es la aspiración al martirio. Una muerte cercana que te rescata del anonimato y la miseria imprimiendo tu nombre en una historia de grandeza. Piense en Sibillo, huyó de esa oscuridad y hoy es como san Genaro en los callejones de Nápoles. Tuvo que morir joven, era el único camino. Esa es una característica que se repite en todas las periferias de un mundo que ya no sabe qué hacer con los jóvenes, que los excluye y que preferiría encerrarlos a todos y no volverlos a ver”.

El juicio a la Paranza dei Bambini se saldó con 55 condenas en primera instancia y más de 40 definitivas con un elevado número de delitos por asociación mafiosa, conocido penalmente como 416 BIS. Algunos fueron a la cárcel de menores. La mayoría pasó al presidio de Poggioreale, un viejo complejo construido en 1914 en el centro de la ciudad con un claro problema de superpoblación (alrededor del 40% de los 2.300 presos no debería estar ahí), que acoge en los últimos tiempos a reclusos cada vez más jóvenes. Don Franco, un cura algo chaparro, pelo largo, cigarro toscano medio apagado siempre en la boca y las manos en los bolsillos, es la línea más recta entre la calle y la cárcel. A veces, también su única salida. “Han crecido en realidades difíciles y han visto como modelo de éxito al boss del barrio, al pariente que cuando llegaba a casa traía regalos. El niño crece respirando un modelo de vida determinado. Muchos toman coca, beben; no están lúcidos para entender las cosas. De un árbol podrido no nacerán frutos sanos. Si la sociedad no propone otra cosa, ellos querrán obtener a través de cualquier medio lo que les viene negado”. Así se llenan las cárceles.

Altar en el barrio de Sanità de un chico que fue asesinado por una banda rival cuando tenía 21 años.
Altar en el barrio de Sanità de un chico que fue asesinado por una banda rival cuando tenía 21 años.

En la puerta de Poggioreale, decenas de madres cargan con bolsas de ropa y objetos mientras esperan la visita con sus hijos. Algunas lloran. Otras escuchan música en el móvil. Es el ritual diurno. De noche, algunas se comunican desde fuera con música o incluso con fuegos artificiales que iluminan las viejas galerías de la cárcel, dividida en una veintena de pabellones estancos y ordenados alfabéticamente con nombres de ciudades italianas. El llamado Avellino acoge a todos los afiliados a la Camorra. Aquí los dejan juntos para que no contaminen al resto, explica un funcionario fornido vestido con un mono azul que va abriendo las puertas acorazadas que separan un largo pasillo blanco. En el Florencia están los recién llegados, y el Livorno, donde termina el paseo, encierra a los que ya han cumplido una larga condena. Por aquí pasa la mayoría de miembros de las nuevas bandas. Es la hora de comer y huele a sudor, a sopa aguada y a lejía húmeda.

La cárcel democratiza todo. Pero el éxito también va por barrios en el crimen. Emanuele Arildo, de 31 años, delgado y con un tatuaje del Inter en el brazo, cumple condena por asaltar a unas prostitutas. Robó, vendió droga y trató de sacar adelante a sus cuatro hijos formando parte de una banda, cuenta en una salita con barrotes de su galería. Salvatore Bonifacio, en cambio, perteneció a otra estirpe. Atlético, de 28 años, media melena recogida en una cola, lleva siete años preso, pero recuerda bien del último día que pisó Traiano, su barrio napolitano. Eran las 4.30, acababa de llegar de fiesta y se había dado una ducha. Se tumbó en la cama boca arriba y empezó a oír el zumbido de los helicópteros en el cielo del barrio. De repente, 200 carabinieri tiraron la puerta al suelo. Le cazaron con 25 kilos de cocaína, pero la operación, en la que cayeron 24 personas —la mayoría de ellos, familiares—, terminó incautándose de varios centenares. Hace siete años que no ve a su padre, los jueces consideran que podrían intentar reorganizarse.

La familia escribe a fuego en esta parte de Nápoles el futuro de cada hijo. Y Salvatore creció en un entorno criminal dedicado a la importación de cocaína a gran escala. Inteligente y muy educado, tantos años preso le han ayudado a estructurar un discurso creíble sobre la reinserción. Se sabrá el día que salga, cuentan los educadores, y vuelva a pisar las calles de su barrio (el 68% de los presos en Italia vuelve a delinquir cuando sale en libertad). “Empecé a ver cosas desde pequeño, me encontré metido de repente en algo mucho más grande que yo. Pero me gustaba, se ganaba mucho dinero. Me parecía justo, vivía en la ilusión de que lo merecía”, recuerda en una sala anexa a su celda. “Al principio empiezas atendiendo las llamadas; luego gestionas envíos, transportas… Poco a poco, vas teniendo una posición y se lo encargas a otros. Cuando crecí empecé a ser yo el que daba las órdenes”.

Un grupo de jóvenes del barrio de Forcella, reunido en la noche napolitana bajo el mural con la imagen de san Gennaro, obra del artista Jorit.
Un grupo de jóvenes del barrio de Forcella, reunido en la noche napolitana bajo el mural con la imagen de san Gennaro, obra del artista Jorit.

Al principio había que viajar a España a tramitar los pedidos de coca, como la mayoría de traficantes italianos, recuerda Salvatore. Luego ya no hizo falta, el negocio volaba. “Cambiaba cada mes de coche, me gastaba hasta 100.000 euros en uno. No era un problema. No le daba valor a nada. Lo vendía, me compraba luego una moto… Las cosas dejan de tener valor. Yo no hice todo esto porque tuviese hambre. ¿Trabajar cuando salga? Será difícil, pero estoy dispuesto a hacer sacrificios. Tienen que ayudar a esos chicos porque no se dan cuenta de nada. Cuando naces en un contexto de este tipo y eres joven es muy complicado abandonarlo”. Más todavía tras una larga pena.

La cárcel es solo una parada más de la condena social. En la calle, la realidad, los datos de abandono escolar y de pobreza siguen siendo exactamente los mismos que cuando comenzó todo. El juez Quatrano se muestra pesimista. “Es una emergencia enorme y completamente infravalorada. Si ponemos el acento en el tema de la seguridad ciudadana, se olvida que no estamos educando a una juventud de la periferia que está convirtiéndose en algo ingobernable, indigerible. Y son muchos. Podemos mirar hacia otro lado, pero antes o después será un problema para todos”. La cárcel sepultará para muchos cualquier anhelo anterior a las armas. Puede que así olvidase Emanuele Sibillo el día que quiso ser periodista. Hace unas semanas detuvieron a 22 miembros de su viejo clan. Pasquale, su hermano, seguía gobernando desde la cárcel. “Si vienes ahora por el barrio, no encontrarás a nadie. Están todos en la jaula”, cuenta uno de sus viejos amigos al teléfono. Habían vuelto a extorsionar a los comerciantes. De la época de Emanuele solo queda el busto de yeso y su capilla en el edificio de la familia. Quizá fueran ya demasiado mayores para las calles del centro de Nápoles. 

Más información