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NAVEGAR AL DESVÍO COLUMNA i

Mediocracia y ‘corruptura’

Para hacer de España una democracia honesta, avanzada, es imprescindible acabar con la corrupción

POR EMPEZAR POR el final, en el libro de denuncia Mediocracia, con el inequívoco subtítulo de ‘Cuando los mediocres toman el poder’, el pensador Alain Deneault tiene el coraje o la osadía de repreguntar: “¿Qué se puede hacer?”.
Y contesta: “¡Sé radical!”.

Lo hace después de recordar el personaje de Le Petit Chose (La Pequeña Cosa), de Alphonse Daudet, con el que es tan fácil identificarse. La Pequeña Cosa que somos, agobiados la mayoría en el régimen 24/7 (24 horas al día y 7 días a la semana), una mercantilización que coloniza la vida y la imaginación, solemos plantear la pregunta con un tono de rendición o impotencia. Sí, el mundo va de pena. Las democracias están amenazadas por las canallocracias. Las compañías tecnológicas nos controlan hasta en la cama, en comandita con el Estado de Vigilancia, que nos hackea el pensamiento. La Tierra está entrando en situación de emergencia ecológica, pero casi nadie se atreve a frenar la locura y hacerle la eutanasia al capitalismo fósil. Por un lado, los más ricos viven en un despreocupado mundo off-shore, y por otro levantan como brutos muros de aporofobia, el peor hormigón, el apartheid del pobre.

Frente a este panorama, no es de extrañar la respuesta individualista en línea Pequeña Cosa: “Sí, pero ¿qué puedo hacer yo para cambiarlo?”. Lo que viene a ser una declaración de desesperanza, que cada vez deriva en más gente en una expectativa melancólica. Para salir de esta “mediocracia”, un lugar común es clamar por una cosecha de grandes líderes, virtuosos y lúcidos estadistas. Es una nostalgia semejante a la que explota la industria de Hollywood cuando ajusta los balances con una nueva producción de superhéroes. La melancolía democrática puede ser comprensible. Los buenos canteros mueven las piedras con la yema de los dedos. Y las mejores costureras, las que saben encontrar hilos para el zurcido invisible. Cuando surge una cuestión que parece irresoluble se echan de menos esas cualidades. Pero para mover las piedras y reparar el tejido hace falta voluntad. Embarcarse, dijo Albert Camus cuando recibió el Premio Nobel en 1957: “Embarcado me parece más correcto que comprometido”.

La mediocracia no se embarca nunca. Desembarca y se acomoda en la inmovilidad. En España, quienes finalmente capitalizan la Transición obvian que en los momentos decisivos se avanzó porque se tuvo el valor de embarcar. El caso paradigmático fue la legalización del Partido Comunista de España. Había gente que echaba fuego por la boca. Maldiciones y amenazas que perforaban las paredes. Columnistas que embestían, estilo, por cierto, que vuelve por sus fueros. Pero aquella avalancha de brutalidad no consiguió hacer zozobrar el embarque democrático de Suárez. Fue la prueba de que no era un mediocre. De que históricamente estaba por encima de la mediocracia.
Uno de los asuntos hoy equivalentes a aquel episodio necesario, y democráticamente tranquilizador, que muchos medios trataron como un seísmo de magnitud 9,5 en la escala de Richter, sería el del diálogo por Cataluña. No hacen falta hombres líderes providenciales, de esos que hablan con Dios.

En estos casos, como dice el proverbio, hay que partir del principio de que “Dios es bueno, pero el demonio no es malo”. Las embestidas serán durísimas. Hay algunos que llevan tiempo cogiendo carrerilla y no sólo se quieren llevar por delante cualquier posibilidad de diálogo, sino, de paso, todo el Estado de las autonomías. Lo que sería, de verdad, un seísmo de magnitud 10. El fin de la democracia en España. Lo que hacen falta son buenos canteros y mejores zurcidoras. Gente que sea capaz de decir: “Soy de izquierdas, pero…”, “Soy independentista, pero…”, “Soy de derechas, pero…”.

Gente no inmovilizada por la mediocracia.

En la Transición, Gregorio Peces Barba definió España con toda naturalidad como “nación de naciones”. Hoy en día la mediocracia se sulfura con esa expresión como si fuese satánica. De estudiantes, sin preguntar de qué demonio eras, aquel abogado socialista nos libró de las mazmorras de la DGS franquista. Peces Barba representaba todo aquello en lo que se puede confiar. Él también estaría de acuerdo con otro embarque imprescindible para hacer de España una democracia honesta, avanzada. Acabar con la corrupción tan propia de la mediocracia.

No hubo ruptura. Pero tiene que haber una corruptura. Romper con la corrupción. Eso es ser radical.