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ANÁLISIS

Las elecciones del desencanto y el miedo

Durante años la vieja política brasileña ha visto en las elecciones de 2018 una redención; ahora, amenazan con empujar al país a lo desconocido

Una mujer sostiene una flor en una manifestación política en Rio de Janeiro
Una mujer sostiene una flor en una manifestación política en Rio de Janeiro EFE

Estas elecciones brasileñas se apuntaban como una redención de la vieja política, un paso a un nuevo ciclo de mayor democracia y participación popular. Pero aparecen, a menos de dos meses de ir a las urnas, como las del desencanto y hasta del miedo. Y de la mayor incertidumbre desde los tiempos de la dictadura.

El desencanto de los brasileños tiene números: cerca de un 60% de aquellos con derecho al voto, aún no saben si irán a las urnas o se abstendrán. Hasta los candidatos que aparecen en los sondeos con mayor consenso presentan, empezando por Luiz Inácio Lula da Silva, un rechazo del 60%. Sin él, que seguramente no podrá disputar las elecciones al estar condenado a prisión por la segunda instancia, quien lidera la carrera es un extremista de ultraderecha, excapitán del ejército, que ha elegido como vicepresidente a un general en la reserva defensor de la dictadura militar y de la tortura.

La izquierda, que tenía esperanzas, después del infierno del impeachement de Dilma y del desastre del Gobierno Temer de recuperar el poder, se encuentra incapaz de unirse, paralizada por la incógnita de Lula. Como su agrupación, el Partido de los Trabajadores, no desiste de su candidatura, ha impedido apostar por un nombre progresista de otro partido que cuente con el apoyo de los seguidores de Lula. La consigna es o él o nadie.

El centro y el centroderecha se presentan contaminados por el rechazo de la sociedad. Son los partidos zarandeados por la corrupción y blanco de las condenas del caso Petrobras y en lugar de ser esperanza de limpieza política se han convertido en incógnita y hasta fuente de desestabilización de la política.

Si las elecciones de 2018 se presentaban como esperanza de inicio de un nuevo ciclo político que recuperara la economía y abriese nuevos espacios a las reformas que ningún Gobierno ha tenido el coraje de enfrentar por impopulares, los brasileños miran ya a 2022, al darse por perdido este pleito electoral.

Más aún, sobre estas elecciones se ciernen ya los nubarrones, en caso de que a Lula se le impida particiar, de un nuevo impeachment, ya que ha sido acuñado el eslogan de “elecciones sin Lula son un fraude”, porque impedirían a un 30% de la población que declara votar en él, elegir a su candidato. De la otra orilla, resuena también el eslogan invertido: “Con Lula las elecciones son un fraude”, ya que hay una ley, llamada Ficha Limpa, que impide a los candidatos a presentarse si tienen condenas en la segunda instancia, como es el caso del expresidente.

Lo máximo que los analistas políticos se atreven a profetizar es que nunca, en los últimos 20 años, unas elecciones fueron, semanas antes de dispuarse, más inciertas y con mayor desencanto y hasta miedo. Son dos componentes que Brasil no necesita en este momento con más de 14 millones de desempleados, una economía fragilizada y el recrudecimiento de la violencia.

¿Todo perdido? No. La sociedad brasileña pese a la crisis política está viva, cuenta con una democracia amenazada pero consolidada y no ha perdido la esperanza de dar vida a un recambio que si no parece posible esta vez, sigue en germinación. Ha muerto el encanto por los políticos pero no la voluntad por una renovación que acabe con la vieja república de los privilegios y las castas, para dar luz a una nueva primavera de democracia y bienestar.