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Un extremista a cargo de la frontera de EE UU

El asesor que dicta la política migratoria de Trump dio el salto a la Casa Blanca desde la derecha marginal de Internet

Stephen Miller asiste a una reunión del gabinete, el 19 de noviembre en la Casa Blanca.
Stephen Miller asiste a una reunión del gabinete, el 19 de noviembre en la Casa Blanca. EFE

Las ideas de Stephen Miller sobre las fronteras y la cultura norteamericana ya eran como mínimo excéntricas en la política de Estados Unidos, sin necesidad de saber lo que piensa en la intimidad. La derecha consideraba a este asesor del presidente Donald Trump un “caso aparte” en el debate sobre la inmigración. Para la izquierda es un fascista de Santa Mónica. Pero ahora el país ha visto por escrito otro nivel de pensamiento, directamente nativista y supremacista, del hombre que tiene la llave de la política de inmigración en la era de Trump.

Miller escribió colaboraciones en la web extremista Breitbart durante 2015 y 2016. Este mes, la organización contra el racismo South Poverty Law Center (SPLC) se hizo con cientos de emails intercambiados entre Miller y la publicación. La exclusiva ha arrojado luz sobre las obsesiones más íntimas de este oscuro personaje de la Casa Blanca. En los correos, Miller hace suya propaganda de páginas de supremacismo blanco como American Renaissance o VDare, una web que ha inspirado tiroteos racistas de descerebrados convencidos de que la raza blanca está siendo atacada.

En un correo, le propone a Breitbart un artículo sobre El campamento de los santos, la novela que inspira a la ultraderecha nacionalista blanca global. Cuando habla de delitos, se fija en aquellos cometidos por no blancos, según el análisis de los correos de SPLC. Cuando habla de inmigración, solo parecen preocuparle los inmigrantes que no son de raza blanca. Parece compartir la obsesión de la ultraderecha con la teoría de la “sustitución de los blancos”. Miller escribió estos mensajes un año antes de las elecciones de 2016, cuyo resultado le sacaría de la derecha marginal de Internet para colocarlo en la Casa Blanca.

Cuando los políticos piden dimisiones, suelen ser de cargos electos o de rivales en las urnas. No es habitual que haya una petición pública de dimisión de un oscuro asesor cuyos poderes no están claros. Pero la historia de la presidencia de Donald Trump no se puede entender sin Stephen Miller. El 15 de noviembre, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez lanzó una petición online para que Miller dimita por ser un “supremacista blanco declarado que controla la política de inmigración de Estados Unidos, con más de 70.000 niños detenidos”. La página millermustgo.com tenía 127.000 firmas este miércoles.

Este personaje secundario de 34 años es el dueño absoluto de la política migratoria de Estados Unidos. La única voz que escucha el presidente. La furia antinmigrantes ha desafiado leyes, décadas de tradición de asilo, relaciones exteriores, doctrinas constitucionales y al propio Congreso, republicanos incluidos.

No hay un momento de revelación en la biografía de Miller. Siempre ha sido un xenófobo. Empezó a colaborar con programas de radio de la órbita de la derecha mientras estaba en el instituto en Santa Mónica (Los Ángeles). En una ciudad donde la mitad de la población es latina, Miller empezó a crear su personaje en el instituto provocando con su desprecio a los latinos. Tenía 14 años cuando le dijo a un compañero que no podía ser su amigo porque era latino. Escribió un artículo para un periódico local quejándose de que los latinos no hablaban bien inglés y que los carteles estaban en dos idiomas.

El ascenso de Miller en la derecha más reaccionaria contra la inmigración fue meteórico. En la universidad de Duke se fue haciendo una voz habitual de la radio de derecha. En esa época escribió un artículo quejándose de aquellos que ven la cultura de Estados Unidos como una amalgama de otras culturas. Al terminar la universidad, empezó a trabajar para la congresista Michelle Bachmann, de Minnesota, una de las voces fundacionales del movimiento radical republicano Tea Party en 2007. Ahí conoció al político que haría despegar su carrera, el senador por Alabama Jeff Sessions, cuyo racismo ha sido educadamente denunciado a lo largo de años.

Sessions fue el primer republicano de peso que dio su apoyo público a Donald Trump en 2016, cuando la mayoría del partido aún se tapaba la nariz. Miller, por entonces ya una voz prominente en defensa de la pureza de EEUU frente a la inmigración en la órbita de Breitbart y el ideólogo Steve Bannon, pasó a formar parte de la campaña de Trump y, posteriormente, del círculo íntimo del Despacho Oval.

Fondos para el muro con México

El momento en que se hizo evidente que Trump solo escucha la voz de Miller en inmigración fue enero de 2018. Trump provocó un cierre parcial del Gobierno por falta de presupuesto al tratar de forzar al Congreso a aprobar fondos para su muro a cambio de arreglar la situación de los dreamers (inmigrantes que llegaron siendo menores). Demócratas y republicanos presentaron varios pactos a la Casa Blanca. Finalmente, el senador republicano Lindsey Graham dijo a los periodistas: “Cada vez que hacemos una propuesta, nos la tiran miembros del equipo”. Y añadió: “Mientras Stephen Miller esté a cargo de la negociación en inmigración, no vamos a ninguna parte”, dijo Graham. El republicano, hoy uno de los principales defensores de Trump, dijo que Miller “ha sido un caso aparte durante años”.

Por entonces, legisladores y comentaristas le empezaron a llamar “presidente Miller” cuando se trataba de inmigración. No solo hizo descarrilar todos los intentos por lograr un acuerdo sobre los dreamers. Cada vez tiene más poder. “Cada día que pasa Stephen Miller en la Casa Blanca es una emergencia”, tuiteó la excandidata presidencial Hillary Clinton.

El público tiene pocas ocasiones de ver a Miller en acción. Sucede con sus apariciones en televisión, que suelen ser poco afortunadas y tienden a volverse virales. La primera vez, el 12 de febrero de 2017, apenas tres semanas después de que Trump tomara posesión, cuando apareció en el programa Face the Nation para defender el veto a inmigrantes de siete países musulmanes y soltó: “Los poderes del presidente para proteger nuestro país son esenciales y no serán cuestionados”. Aquella política se atribuye a Miller.

La afirmación autoritaria dejó a los comentaristas atónitos en un país donde el poder judicial, por mucho que le pese a Miller, sí puede detener las órdenes del Ejecutivo. Otro momento viral de Miller fue el 16 de diciembre de 2018, cuando salió en el mismo programa con más pelo en la coronilla del que tenía al entrar en política. Generó debate, pero sobre el tratamiento de pelo artificial.

La televisión no es el medio natural de Miller. Los pasillos de la Casa Blanca, sí. Ha demostrado ser un superviviente en un Gobierno donde los nombramientos no valen nada. Su intransigencia en inmigración y la exigencia de la máxima dureza en la frontera y la política de visados se ha llevado ya por delante a cuatro ministros de Interior (secretario de Seguridad Interior), según las crónicas porque no eran lo bastante duros. Da igual que el Congreso haya propuesto planes de protección a los dreamers con apoyo bipartito. Da igual lo que digan las leyes de asilo. Trump parece escuchar solo a Miller. Las consecuencias están a la vista. Desde ahora, las pruebas de su ideología, también.

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