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Los cortesanos de Trump toman el puesto de los generales

El presidente inició su mandato rodeado de militares; ahora le asesoran leales sin gran experiencia estratégica

El secretario de Defensa, Mark Esper, y el de Estado, Mike Pompeo, el miércoles en el Congreso. En vídeo, las críticas del senador Mike Lee al informe presentado al Congreso sobre el ataque a Irán. Reuters

“Créanme, yo sé más sobre el ISIS que los generales”. Frases como esta, que soltó Donald Trump durante la campaña electoral en noviembre de 2015, siguen cobrando nuevos significados cuanto más avanza su presidencia. “No deben de saber mucho, porque no están ganando”, insistió en junio de 2016. Cuando los estadounidenses le pusieron por sorpresa al frente de la Casa Blanca, Trump decidió rodearse de uniformes. Tres años después, en su primera acción bélica, no hay ningún militar reconocible detrás de la decisión de matar al general iraní Qasem Soleimani.

En su primer diseño de Gobierno había tres generales. James Mattis se hizo cargo de la cartera de Defensa, y John Kelly, de la de Seguridad Interior, para satisfacción de la cúpula militar. Con ellos, Trump buscaba una legitimidad que todo el establishment de la seguridad nacional le había negado como candidato. Michael Flynn fue nombrado consejero de Seguridad Nacional, es decir, la persona que habla de estos temas en el Despacho Oval y el filtro por el que hay que pasar para llegar al presidente. Flynn era un caso aparte, pues era un general reconvertido en lobista que participaba del mundo de las conspiraciones del que salió Trump.

El primero en caer fue Flynn, pero no por divergencias con el presidente. La Casa Blanca se deshizo del general cuando sus contactos con Rusia empezaron a ser tóxicos para la defensa de Trump en la investigación de la trama que atacó con desinformación la campaña electoral de 2016. Flynn fue sustituido por otro general, H. R. McMaster.

Durante estos tres años, esos generales y el cuerpo diplomático se han tenido que ver defendiendo acciones como insultar a México y amenazar con enviar tropas, con usar la bomba atómica en Corea del Norte para después montar una cumbre bilateral con el dictador norcoreano, retirarse del Acuerdo de París o decir que la OTAN no sirve para nada. “Por favor, ignoren al presidente” parece ser el lema de la diplomacia estadounidense en los últimos tres años. Todos han terminado yéndose al cruzar alguna línea roja.

McMaster se fue en marzo de 2018 por sus diferencias con el presidente y fue sustituido por John Bolton, antiguo embajador ante la ONU y verdadero halcón del presidente George W. Bush. Pero el desorden de Trump era demasiado hasta para Bolton, que acabó dejando el Gobierno en septiembre por su desacuerdo en el acercamiento a Corea del Norte y la presión de Trump a Ucrania. Hoy, el asesor de Seguridad Nacional es el discreto Robert C. O'Brien, que ha servido en puestos de segundo nivel en las últimas tres Administraciones.

La caída de Mattis fue en septiembre de 2018 a raíz del anuncio de Trump de que pensaba retirar a las tropas de Siria. La salida de uno de los generales más respetados de EE UU fue fea en las formas: Trump se apresuró a despedirle porque Mattis había enviado una carta pública donde le cuestionaba muy educadamente. Kelly fue reconvertido en jefe de Gabinete de la Casa Blanca al poco de iniciarse el Gobierno. Duró seis meses y fue sustituido por Mick Mulvaney, alguien que desde entonces no parece poner límites a la acción del presidente.

En medio de la primera agresión militar a otro país por orden de Trump, las únicas voces reconocibles a su alrededor son la del secretario de Estado, Mike Pompeo, y el funcionario Mark Esper, nombrado en julio secretario de Defensa. Pompeo se hizo cargo de la cartera tras la salida de Rex Tillerson, que no podía soportar la política errática del presidente. Hasta entonces había dirigido la CIA. Pompeo es un exmilitar reconvertido en congresista republicano que destaca por su inquina hacia Irán y por haber estado entre las voces más radicales del Congreso en política exterior. Parece conectar muy bien con Trump.

Por su parte, Esper se hizo cargo del Pentágono después de siete meses de interinidad tras la salida de Mattis. Esper fue nombrado previamente jefe del Ejército. Venía de ser cabildero de contratistas de Defensa. En su primera crisis, han bastado horas para que Esper ya se haya visto en la necesidad de corregir al presidente, cuando ha aclarado que EE UU no va a atacar la herencia arqueológica de Irán porque va contra las leyes internacionales.

Al tiempo que los generales han sido sustituidos por amigos y funcionarios leales, el presidente que hizo campaña prometiendo acabar con las “guerras interminables” y llevar a las tropas de vuelta a casa acaba de abrir un nuevo frente y sopesa enviar más soldados a la zona.

Hasta ahora, la acción militar de Trump en el exterior se había limitado a los conflictos heredados, es decir, Irak y Afganistán. El asesinato selectivo del general Qasem Soleimani, el número dos de facto de la República Islámica, es el primer frente bélico que abre Trump por sí mismo y que ha provocado una profunda desafección contra Estados Unidos en Irak. Tanto, que su Parlamento aprobó el pasado domingo una petición para que EE UU sacara sus tropas del país. Fue entonces cuando Trump amenazó a Bagdad con sanciones si procedían a la expulsión. Horas después, el Gobierno iraquí recibía una carta del jefe de la coalición internacional anunciando que se iba a iniciar la reducción de la presencia militar en ese país. Preguntada la Casa Blanca, dijo que la carta se había enviado por error.

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