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La izquierda española mira de reojo a Portugal

La fórmula ensayada en Lisboa, con un Gobierno socialista en minoría sustentado por partidos progresistas, ha generado mejoras sociales sin descuadrar el déficit

Costa, primer ministro de Portugal, y Sánchez, presidente español, en la XXX Cumbre Hispano Portuguesa, en Valladolid en noviembre de 2018.
Costa, primer ministro de Portugal, y Sánchez, presidente español, en la XXX Cumbre Hispano Portuguesa, en Valladolid en noviembre de 2018.

El tiempo parece haberse detenido en la sede central del Partido Comunista Portugués (PCP), situada en un barrio modesto de Lisboa. El mobiliario en madera oscura, los carteles de la Revolución de los Claveles y los teléfonos de marcador de rueda retratan a un partido que lleva a gala haberse mantenido fiel a sus postulados. Y, sin embargo, este edificio, guardián de las esencias desde 1977, fue escenario de una enorme convulsión en noviembre de 2015, cuando el entonces perdedor oficial de las elecciones, el socialista António Costa, franqueó la puerta y pasó horas explorando con el líder comunista, Jerónimo de Sousa, una fórmula inédita en el país para configurar un Gobierno de izquierdas. La llamada vía portuguesa, a la que también se sumaron el resto de fuerzas progresistas del país (Bloco de Esquerda, cercano a Podemos, y Los Verdes, que concurren a las elecciones con los comunistas) se ha convertido en la mayor historia de éxito de la izquierda europea en los últimos años. Sea para alabarla o para descartarla, la izquierda española la mira de reojo como una válvula de desbloqueo en la formación de Gobierno.

La viabilidad de esa fórmula frágil —un Gobierno socialista en minoría presidido por Costa, tres breves acuerdos firmados con cada uno de los partidos a su izquierda y ninguna garantía de apoyo parlamentario al programa socialista— no fue evidente desde el principio. Pocos auguraron que el esquema aguantaría los cuatro años de legislatura, como finalmente ha ocurrido. Tan delicado era el empeño que no hay una sola foto periodística que inmortalizase el pacto. Solo unas cuantas imágenes protocolarias que muestran a Costa firmando un rudimentario documento con cada líder de izquierdas. Por separado y sin posar.

Todos los partidos se jugaban mucho en esta apuesta. El resultado es que el centro de gravedad de la política portuguesa —mucho más sosegada que la española— se ha trasladado a un Parlamento que se constituyó con una lógica diferente: la coalición de los dos partidos de derecha ganó las elecciones, con el 39% de los votos, y su candidato llegó a formar un Gobierno que fue tumbado por las fuerzas de izquierda. “El Parlamento ha adquirido una función muy importante, es mucho más democrático que el precedente porque estamos obligados a negociar”, valora Margarida Marques, eurodiputada por el Partido Socialista y secretaria de Estado en la primera mitad de la legislatura. Marques se atreve a ensalzar las ventajas de estar en minoría: “No sé si hubiéramos sido tan fuertes con mayoría absoluta. Hay leyes que son mejores así porque son más representativas”.

Lo que nadie planteó en 2015 fue un Ejecutivo de coalición, muchas veces ensayado en Portugal pero nunca con un bloque exclusivamente de izquierdas. El Bloco, que obtuvo un 10% de los votos, tiene claro por qué no aspiró a la gestión directa. “Nuestra representación no nos permitía determinar con fuerza el contenido de las políticas. Participar en un Gobierno sin esa capacidad no era serio”, argumenta José Manuel Pureza, diputado en la Asamblea portuguesa (el Parlamento) por Coimbra y vicepresidente de la Cámara. Este representante del Bloco no excluye, sin embargo, un giro tras las elecciones legislativas de octubre. “No está fuera de nuestros planes, pero cuando la posición electoral lo permita. No como subalternos”, zanja.

La posición comunista es muy diferente. La ortodoxia de sus postulados les lleva a negar incluso que estén dando apoyo parlamentario al Gobierno. “Se trataba de no desperdiciar ninguna oportunidad para conquistar derechos, como la recuperación de ingresos para los trabajadores. Pero nuestra posición nos garantiza una independencia absoluta. Y muchos de los avances han sido posibles no porque el Partido Socialista esté en el Gobierno, sino porque el PCP y Los Verdes tienen fuerza para que se cumplan”, recalca João Frazão, miembro del comité central del PCP, blandiendo documentos que apoyan sus afirmaciones.

Hay una medida emblemática que ha quedado como ejemplo claro de ese entendimiento progresista. Se trata del abaratamiento del abono transportes en Lisboa, que ahora tiene un tope de 40 euros mensuales por persona y 80 por familia. “Tal vez haya sido lo más importante para mejorar los ingresos de los trabajadores porque supone un gran ahorro”, evalúa Arménio Carlos, secretario general de la CGTP, el principal sindicato del país. Carlos, con todo, evita el triunfalismo y reclama al Gobierno más inversión pública, así como una marcha atrás en las reformas que han precarizado el mercado laboral.

Secuelas de la troika

La quincena de voces consultadas para este reportaje coinciden en el análisis esencial. Las heridas que dejó la troika en Portugal tras el rescate europeo de 2011 movilizaron enormemente a las fuerzas de izquierda para derrocar al Gobierno de centroderecha que gestionó ese difícil periodo. “Por razones políticas, por presión social, era muy difícil seguir con la política anterior”, expone Francisco Louçã, economista y miembro del equipo fundador del Bloco. “Había una necesidad muy fuerte de frenar la política de austeridad”, añade Manuel Carvalho da Silva, investigador y exdirigente de la CGTP, desde el idílico mirador de San Pedro de Alcántara, en la capital portuguesa.

Más allá de las circunstancias propicias, la personalidad de Costa contribuyó decisivamente a que fraguase el modelo. Rita Tavares, periodista y autora de un libro sobre cómo se forjó el Gobierno, apunta al conocimiento que tiene el primer ministro de las señas de identidad del Partido Comunista como clave en este proceso. “Históricamente, socialistas y comunistas nunca se entendieron, aunque sí tenían alguna experiencia de cooperación municipal. El padre de Costa era el escritor comunista Orlando da Costa. El lenguaje comunista es muy particular y él lo entiende”, argumenta la autora de Cómo Costa montó la geringonça en 54 días.

Esa palabra, geringonça, se ha convertido en la etiqueta indiscutible del modelo portugués. La derecha comenzó a llamar así al Gobierno, como una referencia —algo despectiva— a un artilugio que funciona con piezas muy diferentes. Lejos de ofenderse, el Ejecutivo adoptó el término como marca e incluso buscó traducciones más o menos afortunadas para emplearlas en sus embajadas en el exterior.

Paulo Portas, vice primer ministro con el anterior Gobierno de centroderecha, fue probablemente el principal impulsor del término al emplearlo en sede parlamentaria y popularizarlo. Portas, del partido más conservador del arco parlamentario (CDS), relativiza el éxito de esa fórmula y reivindica el papel de su familia política en la mejora económica: “Es justo decir que gran parte del trabajo estaba hecho. Pero hay que reconocer que Costa fue suficientemente listo como para no cambiar los fundamentos macroeconómicos”. Ese mantenimiento de lo esencial que le concede la derecha es, justamente, lo que le reprochan las fuerzas más a la izquierda.

Las dudas sobre este Gobierno sustentado en un cúmulo de fuerzas progresistas no se limitaron al interior de Portugal. Bruselas mostró más que escepticismo ante la solución hallada en Lisboa. “El papel de Mário Centeno como ministro de Finanzas ha sido decisivo. Su discurso era muy fiable en Bruselas. Y ha conseguido, de manera simultánea, cumplir con las reglas europeas al tiempo que ofrecía medidas del gusto del PCP y del Bloco en los presupuestos”, resume Ricardo Costa, director de información de la cadena de televisión SIC, una de las mayores del país. Los datos económicos —crecimiento cercano al 2%, paro del 6% y déficit del 0,6% del PIB, aunque con una abultada deuda del 120%— han convivido con un programa social que incluyó la revalorización de las pensiones, la subida del salario mínimo, la reversión de las privatizaciones y la restitución de las 35 horas semanales en el sector público, entre otras medidas.

Aunque sin crisis sonoras, el esquema portugués también ha atravesado algún bache. La venta del banco Banif, rescatado con dinero público, al Banco Santander irritó a los partidos a la izquierda del socialista y desestabilizó este esquema nada más echar a andar. En la recta final, Costa amenazó con dimitir si le obligaban a recuperar para los profesores todo el poder adquisitivo perdido durante casi 10 años, con el argumento de que era inasumible. Y a mediados de agosto, una huelga de transportistas ha alterado el verano sosegado que vivía hasta ese momento el Gobierno.

Es de esperar que la contienda política se vaya recrudeciendo durante las próximas semanas. Los carteles propagandísticos que adornan ya muchas calles de Lisboa evidencian que la cita electoral del 6 de octubre se acerca. Partidarios y detractores vaticinan una victoria del Partido Socialista. Pero solo el conjunto de los resultados permitirá dilucidar si la geringonça se reedita o si queda como un episodio aislado en la historia democrática portuguesa.

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